Alan, Lula y una O que no es la de Ollanta
“Los amigos de mis amigos son mis amigos”, decía una canción pop que a los ejecutivos de la constructora Odebrecht les gustaría escuchar de los labios de Ollanta Humala. Acabó el Gobierno del amigo Alan García —a quien acaban de agradecerle, con una estatua en el Morro Solar, los contratos ganados por más de US$2.500 millones— y comenzó el de Humala, con quien quisieran llevarse igual de bien o mejor. Para lograrlo parecen contar con otro amigo, el ex presidente Lula, a quien el nacionalista ha tomado como modelo. Cuidado que viene el lobby feroz.
Ése no fue un saludo protocolar. No fue el típico abrazo de medio lado que se suelen dar los dignatarios ante los flashes. Lula tomó a Ollanta Humala con los dos brazos —esos brazos de obrero metalúrgico de Pernambuco— y lo estrechó contra su pecho, sonriendo. Humala también se veía feliz. Brasil fue el primer país que visitó en su gira como presidente electo, y el encuentro con Lula pretendía transmitir un mensaje a todos aquellos que temían que, tras su triunfo, el nacionalista volviera a instalar la foto de Hugo Chávez en la mesa de noche. No. El modelo es Brasil, quiso decirnos Humala con las postales de Sao Paulo; el modelo es el exitoso Lula.
En el Perú la imagen se tomó muy bien. El problema es que, probablemente, en algunas oficinas de Brasil se tomó mejor. Y que algunas empresas brasileñas a las que Lula defiende, como la constructora Norberto Odebrecht, sientan que esa amistad les va a resultar rentable, y ya estén frotándose las manos por adelantado. Ése es un riesgo que el nuevo presidente no puede soslayar.
Cobrador de lujo
A mediados de junio, pocos días antes de su encuentro con Humala, Lula viajó a Venezuela invitado por la corporación Odebrecht para dictar un ciclo de conferencias. Los mismísimos Emilio y Marcelo Odebrecht llegaron a Caracas en los días previos para organizar todo y oficiar de acompañantes. Se arregló una reunión con Hugo Chávez. Por entonces, el Gobierno venezolano adeudaba cerca de US$1.000 millones a la constructora y ésta ya no sabía qué hacer para conminarlo a pagar. La prensa, citando fuentes diplomáticas, informó que Lula llegaba a cobrar la deuda de los Odebrecht. Un día antes de que el ex presidente aterrizara en Caracas en un jet privado de la multinacional, Chávez pagó. Los voceros de la compañía aseguraron que la visita y la cancelación de la deuda no tenían nada que ver y que se trataba de una agradable coincidencia. “Lula, un lobista que vale 1 billón”, fue uno de los titulares que dejó el episodio.
Antes de ir a Venezuela, Lula estuvo en Cuba inspeccionando, junto a Raúl Castro, las obras de construcción del puerto de Mariel. En mayo viajó a Panamá para inaugurar, junto al presidente Ricardo Martinelli, un paseo costero en la capital. En ambos casos se trató de obras construidas por Odebrecht. La compañía trasladó a Lula, costeó su estadía y coordinó su agenda de reuniones. En los actos oficiales lo presentaba como su “invitado de honor”.
No es la primera vez que Lula saca la cara por los intereses de la constructora. En el 2008 fue público el intenso lobby que desplegó para evitar que Rafael Correa la expulsara de Ecuador debido a las irregularidades detectadas en las concesiones que había ganado y, sobre todo, a las graves fallas en la construcción de la Central Hidroeléctrica San Francisco. Sin embargo, en aquella ocasión Lula era jefe de Estado y como tal cumplía con defender los intereses del empresariado brasileño en el extranjero. Ahora viaja por el mundo contratado directamente por la compañía. A inicios de julio estuvo en Angola para ofrecer una conferencia organizada por Odebrecht, que opera en el país desde 1984. Según algunos medios brasileños, la empresa le paga nada menos que US$200.000 por discurso.
Contratos millonarios
Por supuesto, las buenas relaciones entre Odebrecht y los presidentes no se limitan a Brasil. En el Perú ha quedado demostrado que la empresa le tiene un cariño especial a Alan García, pues así no más nadie regala US$833 mil para que se construya un monumento, el llamado Cristo del Pacífico, cuyo objetivo es satisfacer las enfermizas ansias de trascendencia del mandatario. Algo tendrá que ver el hecho de que durante el Gobierno aprista Odebrecht se ha consolidado como la más grande constructora del país, y con muy amplia ventaja sobre el resto de sus competidores.
Entre el 2007 y el 2011, Odebrecht ha facturado al Estado por lo menos S/.5.670 millones (el equivalente, números más, números menos, a la suma de los presupuestos de los sectores Salud y Agricultura para este año). La mayor parte de la plata ha procedido de las concesiones de las Interoceánicas Sur y Norte, en las que la multinacional brasileña es la gran contratista. Solo con las obras en los tramos 2 y 3 de la Interoceánica Sur (a través del consorcio CONIRSA) ha facturado S/.3.123 millones. Por las obras en la IIRSA Norte ha cobrado S/.1.329 millones. Y por las obras en el Tren Eléctrico de Lima ha girado hasta el momento S/.1.217 millones, todo según el portal de Transparencia Económica del Ministerio de Economía y Finanzas.
Estas millonarias concesiones no han estado libres de cuestionamientos. En el caso de la Interoceánica Sur, por ejemplo, el Informe Final de la Comisión Serna concluyó que la obra no solo fue subvaluada —debido, entre otras cosas, a que no pasó por el SNIP—, sino que en el camino se modificó varias veces el contrato en beneficio de la constructora, trasladando el riesgo de la inversión al Estado. Recuérdese también que la concesión parecía tener dueño desde el principio: se anunció en enero del 2005 y el plazo de presentación de las propuestas —que implicaban complicados y costosos estudios de ingeniería— se cerraba en abril. Como era de esperar, solo se presentaron Odebrecht (en asociación con Graña y Montero y JJ Camet) y las brasileñas Camargo Correa, Andrade Gutiérrez y Queiroz Galvao (reunidas en consorcio). Los dos consorcios se repartieron los tres tramos de una obra por la que el Estado tendrá que pagar en total, según los últimos cálculos, US$1.623 millones.
Contratos ganados por Odebrecht en el Gobierno aprista
El proyecto de irrigación de Olmos, ya con García, en el 2010, fue otra concesión en la que se pudo ver el poder de la compañía a la hora de conseguir contratos. Había todo un sector en el Ejecutivo, encabezado por la entonces ministra de Economía, Mercedes Aráoz, que apostaba por someter la concesión a concurso público. Pero el premier Javier Velásquez Quesquén, y detrás de él García, apostaron por darle a Odebrecht el proyecto a través de la modalidad de Iniciativa Privada. Una obra de más de US$185 millones entregada a dedo, por generosidad del Gobierno aprista. Ninguna otra compañía privada ha gozado de tales privilegios concedidos por el Estado.
Finalmente, en el caso del Tren Eléctrico se acaba de destapar una olla de grillos en la que las competidoras de Odebrecht parecen haberse cansado de ser las eternas segundonas en el banquete de las concesiones. Ahora, Andrade Gutiérrez, Camargo Correa y Queiroz Galvado denuncian que se cometieron una serie de irregularidades en la adjudicación del segundo tramo de la obra y exigen al Ministerio de Transportes que la anule. Una señal de que no están dispuestas a que las cosas sigan igual con el nuevo gobierno.
El vínculo con Palacio
Solo en el Gobierno de García, Odebrecht ha ganado contratos que suman más de US$2.500 millones (el último de ellos es el de la hidroeléctrica de Chaglla, por US$1.200 millones, sobre el que nadie aún ha echado un vistazo). Las relaciones entre sus ejecutivos y el Presidente son buenas, muy buenas: García y Jorge Barata, el gerente general de Odebrecht-Perú, se han tomado más de un trago de cachaza juntos. Y eso no es todo.
Fuentes consultadas para este informe señalan que Barata es muy amigo de José Antonio Nava, el hijo mayor de Luis Nava Guibert, ex secretario de la Presidencia de Palacio de Gobierno, ministro de la Producción y, sobre todos los demás cargos, mano derecha del mandatario y hombre de su más extrema confianza. También es un hecho que, hasta hace unos años, Odebrecht tenía un consorcio con la constructora UPACA, de Luis Felipe Piccini, el gran amigo y socio de Nava hijo (el Consorcio Odebrecht-UPACA, que hasta el 2008 figuraba en el directorio de constructoras del Ministerio de Vivienda). En un reportaje de Daniel Yovera publicado en Perú.21, Henry Brachowicz, ex gerente general de Comunicore, aseguró incluso que Nava tenía una empresa con su amigo Piccini que le prestaba servicios a Odebrecht en la Interoceánica Sur. El hijo mayor del Ministro negó en ese momento tal afirmación. Sin embargo, los indicios de la relación entre la empresa y los Nava están allí.
“Odebrecht es una empresa que mueve instrumentos técnicos y financieros pero también políticos”, afirma el congresista Víctor Andrés García Belaunde. “Desde el primer gobierno de Alan García tuvo presencia a través de una serie de obras. Y en este segundo gobierno ha tenido muchas ventajas. Yo diría que es una compañía filoaprista”, sostiene.
El hermano mayor
En teoría, los privilegios y gollerías de los que ha gozado Odebrecht en este gobierno no tendrían por qué repetirse en el que comienza. Pero hay que andar con cuidado. Lula ha sido el gran impulsor del acuerdo de integración energética entre el Perú y Brasil que firmaron ambos gobiernos en junio del año pasado. Folha de Sao Paulo publicó por esos días que, aunque no estaba señalado en el documento, el acuerdo implicaba la construcción de cinco centrales hidroeléctricas en el lado peruano de la frontera: Inambari, Sumabeni, Paquitzapango y otras dos que se construirían en el río Tambo. Según el rotativo, el Gobierno brasileño creó un consorcio que reúne a Odebrecht, Eletrobras, Andrade Gutiérrez y OAS, junto con la peruana Engevix GTZ, para que se hagan cargo de la construcción de las plantas, con una inversión de US$25.000 millones. Recientemente el proyecto en Inambari ha entrado en stand by, con la cancelación de la concesión temporal, pero el interés de las compañías brasileñas y de su Gobierno no ha desaparecido.
¿Dará Ollanta Humala marcha atrás al acuerdo promovido por su amigo Lula? Difícil saberlo. La claridad que tenga para enmarcar las relaciones bilaterales y la actitud con la que enfrente las posibles presiones del ex presidente y los lobbies a favor de las constructoras brasileñas serán fundamentales. Una encuesta de Ipsos Apoyo ha señalado que la mayoría de peruanos está de acuerdo con que el nuevo presidente siga el camino trazado por Lula en Brasil. Pero nadie quiere favoritismos, contratos a dedo y donaciones sospechosas.





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