Alberto Fuguet, de lo mediático al nicho independiente

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En el último Festival de Cine de Lima, el periodista, escritor y cineasta chileno presentó su última película. Canceló entrevistas, se desconectó en la librería El Virrey, llegó tarde y sin Pablo Cerda al conversatorio en el CCPUCP. Si algo ha aprendido, confiesa, es a no pedirle permiso a nadie.

Alberto Fuguet (Santiago, 1974) tiene una historia bastante rara: fue famoso antes de existir. Él lo ha señalado anteriormente. Primero fue Alekán y luego Fuguet, por ejemplo. Con Alekán, un personaje que contaba sus divagaciones existenciales de clase media en una columna semanal en el diario El Mercurio, se hizo presente en las letras chilenas. A principios de los noventa, ya como Fuguet, a raíz del libro de cuentos Sobredosis (1990) y su primera novela, Mala onda (1991), fue duramente criticado por la derecha y la izquierda de Chile, ya que ambos trabajos reflejaban a una clase media burguesa de Chile quebrada por dentro en una Latinoamérica globalizada y urbana. Más mediático aun fue al publicar la antología de cuentos Mc Ondo junto al escritor boliviano Edmundo Paz Soldán. El prólogo, una búsqueda de valorización de la Latinoamérica moderna frente a la creada por el realismo mágico de García Márquez, fue tildado de extranjerizante, decadente, americanizado, yanqui, burgués.

Ahora, con alrededor de 13 libros publicados entre novelas, antologías, ensayos e investigaciones y 3 películas rodadas, con su apellido conjugando más con lo independiente que con lo mediático, llegó a Lima una vez más. No a la FIL como escritor, sino como director al Festival de Cine, a presentar su tercer trabajo filmográfico: Música campesina.

“Creo que cada día soy menos famoso. Estoy entrando a un nicho, me he ido achicando, en términos de lectores y de nombre público. Fui mainstream y ya no lo soy. Y no por eso soy alternativo. Yo nunca quise llegar a lugares donde llegué, y además terminé metido en la nueva narrativa, de la que nunca me sentí parte. Si hubiera querido ser popular hubiera tenido una banda de rock, pero me dediqué a escribir. Y después quise dirigir películas, pero las cosas que yo hago no son ‘el chacotero sentimental’”, confesó hace poco en una entrevista a propósito de su libro Aeropuertos (2010).
 
Música campesina, la historia de Alejandro Tazo, un chileno que viaja a Nashville, Estados Unidos, siguiendo un amor y que termina en una encrucijada de identidad producto del choque de culturas en la ciudad-pueblo, arrastra la atmósfera de su obra en general: la abulia adolescente, el choque de culturas y la crisis de identidad.

Sus trabajos (libros y películas) observan la soledad de los personajes, reflexionan en los diálogos y expresan las inquietudes en monólogos intensos de lenguaje claro y sencillo. “No hago películas, hago personajes”, aclaró en el conversatorio realizado en el CCPUCP. “He aprendido en la literatura, y sobre todo en el cine clásico americano, que los personajes secundarios tienen que tener algo extra, que tienen que tener un pasado. Siempre he pensado que todos los personajes de mis películas o libros podrían ser también protagonistas. Creo en el diálogo, en el mundo interior de los personajes, y creo en el guión.”

“Creo que cada día soy menos famoso. Estoy entrando a un nicho, me he ido achicando, en términos de lectores y de nombre público. Fui mainstream y ya no lo soy. Si hubiera querido ser popular hubiera tenido una banda de rock, pero me dediqué a escribir".

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Si algo ha cambiado es la mirada del choque cultural Estados Unidos-Latinoamérica. Si antes se trataba de remarcar al sur del continente invadido de las marcas y costumbres globales, ahora se trata más bien de la tradición latina inserta en la cotidianidad americana. Ejemplo de ello son la novela (investigación) Missing (2009), que cuenta la conversión de su tío Carlos en un inmigrante perdido en la inmensidad de Norteamérica; la antología de cuentos Se habla español (2010), realizada otra vez junto a Edmundo Paz Soldán, en la que el prólogo es una síntesis de los guiños que se han dado entre ambas culturas a través de la literatura a lo largo de la historia (revierten la mirada de Mc Ondo); y ahora Música campesina (2011).

“Yo me siento también un cronista, y creo que ese tema hoy es más fácil de entender y se está viviendo en carne propia en mucha gente. Esto de que el imperio se está cayendo es algo que ha ido mutando, y yo también me hago cargo de lo que pasa en la calle. Es lo contemporáneo, así como Europa se está africanizando y arabizando. No le tengo miedo a lo híbrido, a la mezcla; creo que el mundo va a estar mejor cuanto más mezclado esté. Siempre he sentido que EUA es un país latinoamericano, es un país que no paga la deuda, que elige presidentes malos, que está ligado a las aristocracias, la corrupción. Tenemos muchas en común”.

Pero no todo lo que se mantiene o cambia es lo que se ve. Detrás de la pantalla, en la producción de las películas, Fuguet ha realizado otro tipo de obras. En mayo del 2009 lanzó en la red Cinépata, sitio madre de la productora de cine-garage del mismo nombre que encabeza él mismo, donde se puede tener acceso de manera gratuita a trabajos filmográficos independientes y de bajo presupuesto que sería imposible que lleguen a las salas de cine.

“Cinépata cree en Creative Commons, en el cine barato e independiente, pero no por eso pobre en ideas y dependiente de las modas. Cinépata cree en el cine que quiere a sus personajes, y cree que la emoción es acaso el ingrediente clave y que en todos los países hispanos hay creadores y espectadores potenciales [a los] que no les basta —que ya no pueden— depender de la cartelera local para tener una sana alimentación cinéfila”, se lee en el manifiesto del espacio.

Música campesina, por ejemplo, fue rodada en 6 días con 15 horas diarias de grabación y una cámara fotográfica Panasonic Lumix gh1 puesta en modo video. Si la grabación de la primera película, Se arrienda, fue “traumática” para el chileno, ya que necesitó de una inversión de cerca de un millón de dólares, esta tercera se ha hecho con tan solo 25 mil dólares. Y la calidad y profesionalidad de sus tres trabajos es inversamente proporcional a su inversión.

“Yo descubrí a través de una serie de tropezones y fracasos que todo fue horrible: conseguir dinero, productores o postular a fondos, que me parece es lo peor; prefiero ir al doctor todos los días. […] Ahora uno puede saltarse los productores, el autoritarismo”, señaló en el conversatorio.

La película participó en el Festival pero no en la competencia, debido a que no cuenta con el formato de 36 milímetros. Y eso no le quita el sueño: si no se puede, pues no se puede. “Así como cuando uno escribe, por más que sea tremendamente horroroso escribir, uno escribe y a veces le sale y no tienes que pedirle permiso a nadie. Y eso es lo que estoy haciendo. No tener que pedirle permiso a nadie y tratar de seguir haciendo películas.”

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