Entre la razón y los afectos
La principal contradicción del Gobierno de Ollanta Humala se da al interior del propio mandatario, entre su razón y sus afectos. Racionalmente sabe que tiene que mantener o aun mejorar las condiciones para que la inversión privada siga expandiéndose a tasas altas, pero sus afectos —como reconoció el Premier— están con la Constitución del 79, con la “recuperación” de los recursos naturales, la línea aérea de bandera y cosas por el estilo.
Esa lucha interna la ha resuelto, hasta ahora, designando, en términos generales, a “liberales” para el manejo económico (BCR y MEF) y a izquierdistas en algunos programas y servicios sociales y en la Unidad de Conflictos Sociales de la Presidencia del Consejo de Ministros. Un Gabinete de todas las ideologías funciona cuando los liberales y los izquierdistas se distribuyen funciones complementarias. Pero se traba si izquierdistas o mercantilistas toman carteras vinculadas a la producción, porque la inversión se frena o se orienta a sectores protegidos a costa del resto.
Eso es lo que podría ocurrir al haber designado a un ex dirigente de la CGTP como viceministro de Trabajo o a personas percibidas como antimineras en viceministerios de la cartera de Ambiente. De hecho, la única medida importante tomada hasta ahora por el Gobierno, el incremento de la remuneración mínima vital de 600 soles a 675 soles, para subirla a 750 soles el próximo año, es excluyente. Un golpe duro a las micro- y pequeñas empresas, que son las que emplean a la gran mayoría de trabajadores del país. La mayor parte de ellas no podrá asimilar la medida, y entonces se verá obligada a despedir a quienes estuvieren en planilla, o a informalizarlos, es decir, a despojarlos de sus derechos laborales. Y, por supuesto, a abandonar cualquier proyecto de poner en planilla a los trabajadores informalmente contratados.
Con esto se cierra la puerta a la solución de la principal y más grande exclusión que hay en el Perú, que es la que separa a los formales de los informales (la gran mayoría). Peor aun si —como se ha propuesto— se aprueba la Ley General de Trabajo, que no hace sino consagrar la rigidez del mercado laboral y el elevado costo de la formalidad; es decir, los privilegios de una minoría, de una oligarquía laboral.
Con esto, de paso, se cercena la más importante evolución social de las últimas dos décadas: la formación de una nueva clase media emergente, pues la informalidad pone límites a la acumulación personal y supone una ciudadanía civil recortada, sin derechos ni obligaciones. Y ya sabemos que una clase media de ciudadanos plenos es la base de cualquier democracia. Si abortamos su desarrollo, congelamos el gran proyecto democrático nacional.
O lo hacemos retroceder, pues la gran tentación será aplicar el diseño original del plan de Gana Perú: un impuesto fuerte a las sobreganancias mineras para financiar programas sociales asistencialistas o populistas, al estilo venezolano. Ya hemos visto al Presidente dictando órdenes a los ministros usando el pronombre “me” (“me reorganizan el ministerio”, etcétera), como si el Estado fuera él. De ahí a montar una gran parafernalia populista, apoyado por el Ejército, no hay mucho trecho. Si cometemos el grave delito histórico de convertir a la emergente clase media en una masa dependiente de las dádivas del Estado, habremos no solo corrompido la voluntad individual de progreso sino también creado las bases sociales para la dictadura distributiva. Pues sin clase media contribuyente y fiscalizadora no hay democracia.
Ya sabemos que una clase media de ciudadanos plenos es la base de cualquier democracia. Si abortamos su desarrollo, congelamos el gran proyecto democrático nacional.
Así, las empresas y los trabajadores arrojados a la informalidad o condenados a permanecer en ella serán recibidos por el Estado con programas sociales de diversa índole, y se sentirán agradecidos a quien los excluyó de un trabajo digno o de una posibilidad de desarrollo autónomo. Por último, el Banco de la Nación les dará crédito, pese a tratarse de una actividad que los privados realizan hoy de manera óptima.
Parece, sin embargo, que no será totalmente así, pues el Presidente ha encargado acertadamente a un economista —Kurt Burneo— el manejo de los programas sociales en un nuevo ministerio, con la idea de que haya un manejo técnico y no político, y no puramente asistencialista. Ojalá, porque los programas que servirían para lograr una verdadera inclusión, que es productiva más que social, no son los prometidos en la campaña electoral, sino aquéllos que difunden tecnología para aumentar la productividad de la economía campesina y aquéllos, como ha señalado Luis Carranza, que atacan las causas de la desnutrición, como el Programa Articulado Nutricional. Y, por supuesto, mejorar la calidad de la educación y la salud públicas, algo que requiere una profunda reforma de la gestión, sobre todo en los gobiernos subnacionales, algo de lo que no se habla.
Pero el daño a la formalización está hecho. Lo único que podría contrapesar la expulsión a la informalidad sería un crecimiento de la economía muy alto, lo que se complica no solo por la ambivalencia política del régimen sino además por la situación externa. Solo quedaría esperar que el impuesto a las sobreganancias sea racional y más bien mejore nuestra competitividad. En el Perú el impuesto a la renta es 30%, en Chile 17%, y un 18% adicional si se reparten dividendos. Por eso tenemos tanta inversión chilena acá y en otros países, porque reinvierten y nunca llegan a pagar ese 18% adicional. Ésa es una política tributaria con sentido geopolítico, nacionalista. La carga tributaria minera en el Perú, en cambio, es, desde ya, mayor que en Chile.
En lugar de sobregravar, habría que crear mejores condiciones que en Chile para la inversión minera, pues si se produjera la inversión proyectada de 50 mil millones de dólares en los próximos 10 años, unos 5 mil millones por año, eso redundaría en un crecimiento anual de 4%, solo por ese efecto, lo que provocaría, además, un gran desarrollo de la industria metalmecánica y otros sectores.
En cambio, sí ayudaría mucho la idea del presidente Humala de llevar personalmente el Estado a las zonas mineras y alejadas, para reducir la conflictividad. De hecho, la práctica presidencial de viajar con ministros al interior del país para impulsar programas y resolver problemas fortalecería la gobernabilidad y pacificaría el país. Es algo que los dos presidentes anteriores olvidaron, y pagaron en las encuestas. Pero entonces no tendría sentido que haga simultáneamente agitación antiminera como hizo en Orcopampa al acusar a la empresa minera, delante de su propietario, de insensible.
El presidente Humala tiene que resolver su conflicto interno entre la razón y la ideología. Terminar de entender que la mejor manera de lograr los objetivos de inclusión social no es la confrontación con la minería o con las empresas gasíferas, ni aliándose con la CGTP, sino precisamente con la inversión, a fin de crecer a las mayores tasas posibles, sin lo cual no hay redistribución. Tiene sentido, por ejemplo, en esa línea, que se esté proponiendo una política mucho más amplia de asociaciones público-privadas para la construcción de obra pública, algo que debería extenderse a los servicios.
Y concentrar su afirmación del Estado en el reforzamiento de su papel regulador —no productor ni empresario—, pues el verdadero nacionalismo no consiste en el incremento del poder empresarial del Estado, sino en el aumento del poder económico del Perú.





No cree en la burguesía nacional
Dicen que entrelineas se puede leer mejor el pensamiento de las personas y algo que deja evidente Altahaus es que este país no debe esperanzarse en que las grandes burguesías, o grandes capitalistas extranjeros y nacionales, puedan sacar del subdesarrollo a este país (la clase dominante antes que clase dirigente). La razón más obvia, cuando dice que las clases medias emergentes a través de la pequeña y mediana empresa deben emplear a la gran población excluida del mercado y sacarlos de la pobreza. Ni los grandes empresarios ni el Estado bajo su control tienen ese deber, no hay compromiso por desarrollar el país solo sacar ganancias, si pueden aportar algo será por rebote de sus negocios y no porque así lo deseen. ¿Por qué no aplicar ese mismo razonamiento en beneficio de los grupos emergentes y excluidos? Si ese es su pensamiento entonces confirma que hoy es más necesario que nunca plantear programas que vinculen los intereses de las clases medias emergentes, las poblaciones trabajadoras del campo y la ciudad y toda la gama de excluidos con un Estado más democráticamente representativo, capaces de levantar el peso del desarrollo del país que Altahus les atribuye como responsabilidad histórica, aún a costa de afectar esos grandes intereses.
CUAL DEBE SER ENTONCES EL SUELDO MINIMO?
Quiero hacer de abogado del diablo. Si una medida -unos dicen populista y otros necesaria- como la de aumentar el sueldo minimo a 750 soles puede generar problemas como los que usted señala, la pregunta es ¿Cual es el sueldo minimo justo que debe obtener un trabajador? o ¿debe haber sueldo minimo?
Ah¡¡don Jaime. ¿En qué
Ah¡¡don Jaime. ¿En qué mundo vive?. Sin duda en el de su autosuficiencia. Todo su verborrea para seguir defendiendo un modelo de desarrollo que no dá para más. Seguro que si hubiera ganado su sobrina Keyko o su pata PPk cuy estaría felíz. ¿Dirá lo mismo de la administración Obama o de la crisis generalizada en Europa?. ¿Quiénes son los responsables?. Sería bueno que don Jaime nos explicara qué entiende por aquello de "su conflicto interno entre razón e ideología".¿No será que él sí que lo tiene, y más que un conflicto es una mazamorra interna?. Lo único claro que queda es que este Sr.seguirá respirando por la herida, ya que ninguo de sus dos candidatos (los peores por cierto)ganó.
Enviar un comentario nuevo