Independencia sí, Revolución no
Con el ánimo de despertar un debate que atraiga el interés sobre el próximo bicentenario de la Independencia, quisiera discutir algunos planteamientos del artículo que mi colega Juan Luis Orrego publicó en la Revista Ideele recientemente.
De modo sucinto, él propone que la independencia fue un mal negocio para el Perú, porque la conmoción política que significó trajo abajo el proceso de crecimiento económico que se venía dando, así como desarticuló el mercado sudamericano que la economía peruana había venido abasteciendo.
Sin duda, los hechos que reseña son casi todos ciertos: la minería de metales preciosos declinó después de 1821, como casi todas las actividades productivas y comerciales, y en vez de los mercaderes peninsulares y los virreyes se instalaron los comerciantes ingleses y unos gobiernos corruptos que hicieron extrañar a muchos el tiempo de la dominación ibérica.
Primero, hay una cuestión de cronología que discutir: la crisis de la producción minera y del comercio, que parecieran ser los elementos gravitantes del conjunto de la economía del virreinato peruano en esa época, no “comenzó a desplomarse por la revolución independentista”, como plantea el artículo. Esta decadencia comenzó antes, aproximadamente hacia 1800; vale decir, una década antes de que comenzaran los desórdenes políticos y militares que culminaron finalmente en la independencia de los dominios hispanoamericanos. Los trabajos de Alfonso Quiroz, John Fisher, Kendall Brown, John TePaske y los míos han precisado que el largo ciclo de crecimiento económico iniciado hacia mediados del siglo XVIII terminó hacia el cambio de centuria.
No son claras las razones de este bache; se proponen causas como la excesiva presión fiscal impuesta por la Corona española, que requisó el ahorro y desalentó los esfuerzos de los empresarios, o la falta de capitales que impulsasen el cambio técnico que necesitaban las minas y la producción agropecuaria. No había bancos en la época, y el dominio español impedía la llegada de inversión de otras naciones. El hecho es que la guerra de independencia comenzó sobre una economía ya decadente, sin haber sido ella la causa de su decadencia. Sin duda, sí contribuyó a desmoronar lo que tras diez años de estancamiento había quedado debilitado.
Segundo, y, creo, lo más importante: toda revolución política genera en el corto plazo efectos económicos adversos. Los inversionistas se asustan, los empresarios enfrentan todo tipo de dificultades y los trabajadores resultan reclutados por las luchas sociales o militares, con lo que se desvían los recursos de la producción. Los ejércitos de la coyuntura de la Independencia de uno y otro lado fueron, como afirma Orrego, fuerzas depredadoras que arrasaron con las mulas, provisiones, pólvora y bastimentos de las haciendas, pueblos y asientos mineros por donde pasaban. Pero estos efectos negativos suelen ser compensados en el largo plazo con el cambio político que la revolución trae consigo, de modo que el balance económico que al final dejan las revoluciones en la historia (no todas, por cierto) ha sido positivo.
La guerra de independencia comenzó sobre una economía ya decadente, sin haber sido ella la causa de su decadencia. Sin duda, sí contribuyó a desmoronar lo que tras diez años de estancamiento había quedado debilitado.
La propiedad de la tierra, de las minas, de los negocios y del capital suele cambiar de manos. La idea es que dejen de ser de la clase rentista o de la élite más tradicional y pasen a las de una nueva, más emprendedora y preparada para encarar las reformas que permitan un nuevo impulso y crecimiento de la producción.
La tragedia de la independencia en el Perú es que este cambio político no sucedió. Las haciendas, los esclavos y las minas cambiaron de manos, pero no de espíritu ni de hábitos. Salieron de las manos de comerciantes y empresarios “chapetones” y fidelistas, para entregarse a las de generales y caudillos criollos y mestizos (que, en varios casos, eran “patriotas a la derniere”), sin que se alterase la estructura social del país. Éstos ocuparon el lugar de aquéllos, sin que su preparación o su motivación ofreciesen un mejor desempeño económico. La esclavitud se mantuvo por treinta años más, los latifundios y las minas no cambiaron su método de producción, y si no fuera por el hallazgo del guano, probablemente la República se hubiese desintegrado en un Perú del norte y uno del sur.
No es que la Independencia haya sido un error, como podría colegir alguien del artículo de Orrego, sino que su complemento necesario para que cobrase un significado económico positivo, la revolución social, no ocurrió. Tal vez el fracaso de esta revolución tenga que ver con lo que Heraclio Bonilla y Karen Spalding llamaron hace cuarenta años “la independencia concedida”. No hubo en el Perú una élite nacional con la autoridad moral y la capacidad económica y organizativa para encabezar la ruptura con el poder colonial y fundar la nueva nación, de modo que la separación del imperio español tuvo que ocurrir, en el caso del Perú, en paquete con todo el continente. Pero como decían Flores-Galindo, los estudios de Carmen McEvoy y Cecilia Méndez (en el título de uno de cuyos trabajos me inspiro para titular este comentario) y otros colegas vienen refrendando, en la propia coyuntura de la guerra de independencia —que fue bastante larga— hubo oportunidad para que brotasen nuevas ideas políticas y alianzas sociales que habrían permitido que ese pecado de origen quedase al final como una anécdota.
Otra habría sido la solución a la chilena: romper con España pero dejando a todos los españoles dentro; vale decir, sin expulsar a la élite económica ni requisar sus negocios. Sin duda, el resultado económico hubiera sido mejor que el que tuvimos. Al final el Perú, como colectividad, tomó la peor de las soluciones: cargar con los costos de la conmoción política sin cobrar sus beneficios.
Ahondar en el estudio de la guerra misma, en todas sus dimensiones, contribuirá seguramente a entender por qué el cambio social, que en un momento pareció inminente y hasta radical, no se produjo, o se enrumbó por caminos que no favorecieron la integración social y el mejoramiento de la economía.
De momento cabe agradecer a Juan Luis Orrego por haber propuesto un texto provocador y reflexivo.
*El autor es profesor del Departamento de Economía de la PUCP.




ni una cosa ni otra
Que yo sepa los criollos de la colonia querían ser tan españoles como los españoles para poder así ser funcionarios. Es decir, no querían ser ni argentinos, ni peruanos, ni chilenos. Apoyados por los ingleses (cuando Napoleón invade España y para que los franceses no se queden con las colonias), los criollos, al ver a sus virreyes desautorizados, empiezan a movilizarse desde una década antes. Si lo demás se reduce a historia económica conocida o no, no se entiende que el próximo año nos volvamos a encontrar todos en Cadiz.
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