La Luna de miel está en el centro de la Tierra

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A dos meses de asumir el mando, la sensación general es que Humala lo está haciendo bien. El “muy bien” habría venido luego de la faena en Washington, pero ahí confirmó que el ping pong (al menos el verbal) no es su fuerte, y que tiene varias cosas que pulir en sus visitas al extranjero. Considerando que lo que hace o dice el Presidente fuera no tiene fuerte impacto en el sentir popular, se puede asumir que las cosas van caminando porque el frente interno va caminando.

Estoy entre los que creímos, en algún momento, que era ilusorio pensar en una la luna de miel. Las reacciones iniciales de la prensa ultramontana, los errores vinculados a su hermano, la incertidumbre con relación al gabinete y el rumor, malamente alimentado, de que la economía se paraba en seco, fueron elementos que llevaron a pensar que Humala podía gobernar con una prensa y un clima de opinión fuertemente contrarios. No fue así. Estos dos meses me recuerdan lo que muchas veces hemos visto al momento de indagar en los perfiles esperados de un Presidente —en general, de un político—: la demanda de que sea honesto.

Muchas de las personas que votaron por Humala lo hicieron por eso, por atribuirle una honestidad que no percibieron con claridad en el movimiento naranja. Una suerte de reacción de cansancio frente a un gobierno que hablaba (y mucho) de sus obras pero que comunicaba corrupción por todos lados. Finalmente, como decía el buen Watzlawick, todo comunica. El punto es que cuando se le pide a la gente que explique qué entiende por honestidad, no solo aparecen imágenes o palabras vinculadas al comportamiento probo. Algo que se asocia, con tanto o mayor énfasis, es la idea de que cumpla con lo prometido, porque si no, es un mentiroso, una persona poco confiable, alguien que no es honesto porque engañó con falsas promesas.

La confianza es un sentimiento delicado y frágil, en cualquier sociedad, en todo ser humano. Más aun en una comunidad donde la desesperanza ahoga la imagen que de la política tienen los votantes. Esta última elección ha sido la confirmación de una tendencia que ya veíamos: que la gente termina votando por el que percibe menos amenazante, con la esperanza cautelosa de encontrar respuesta a sus cuitas: justicia (una palabra que alude a muchas otras), oportunidades, soluciones.

El Gobierno ha cometido diversos desaciertos y debe hacer frente ya a temas urgentes e importantes (la reforma del Estado, particularmente), pero ha tenido la sensibilidad de implementar acciones rápidas ahí donde había fuerte expectativa y, sobre todo, promesas de campaña. La negociación con los mineros, los avances con el gas, la implementación de programas sociales, al aumento del básico, entre otros, han sido telegramas directos a la vena del ciudadano que han logrado el efecto de generar una sensación de que se está avanzando en el sentido correcto; que el Gobierno, que Humala, no será perfecto, cometerá errores, pero es honesto. Por eso, la luna de miel no es regalo de nadie.

La confianza es un sentimiento delicado y frágil, en cualquier sociedad, en todo ser humano. Más aun en una comunidad donde la desesperanza ahoga la imagen que de la política tienen los votantes.

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Con los pies en la tierra y con un equipo adecuado, han dado cortos pasos que han ido respondiendo al encargo del electorado. Se dice que la ‘Generación Y’, aquéllos que tienen hoy entre 17 y 29 años y que son un 34% del electorado, son personas con una serie de ideales pero que buscan que éstos estén vinculados a temas concretos, viables, inmediatos; nada de grandes utopías. Se podría decir que el Gobierno está tocando en clave de Y. Las medidas implementadas no serán soluciones estructurales, que falta hacen, pero van construyendo un vínculo —frágil, pero vínculo al fin—.

En ese proceso hay por lo menos cuatro personas que parecen claves: Salomón Lerner liderando diversas negociaciones, desde su rol de primer ministro; Miguel Castilla en Economía, dando tranquilidad a los inversionistas pero a la vez rayando la cancha de un proyecto de crecimiento con inclusión; Daniel Abugattas, que viene actuando como escudero político (rol de algún modo compartido con Rafael Roncagliolo); y, por supuesto, así, a secas, Nadine.

La chica de la sonrisa simpática no solo aporta ideas y asesora al Presidente, sino que contribuye a dar una imagen de pareja presidencial, responsable con sus hijos, que no hemos tenido en los últimos veinte años con tres presidentes con serios problemas matrimoniales o con compañeras más que díscolas. Todo este proceso está impulsado por el norte del crecimiento económico con inclusión social, del que tanto se ha hablado, pero creo que hay otra idea fuerza de la cual se habla menos: la búsqueda de un ejercicio del poder que se ubique en el centro del escenario. Centro-izquierda, pero centro al fin. La centro-derecha anda desubicada y callada, lamentablemente, dejando un amplio espacio a diversos medios y grupos bastante más a la derecha que se van aglutinando cada vez más, definiendo mejor. Gobernando desde el centro y pisando firme en temas concretos, el Gobierno viene construyendo un capital político que necesita para abordar los temas mayores donde la polémica y el desgaste serán mayores.

La campaña electoral del fujimorismo estuvo, en buena parte, centrada en generar temor con relación a un gobierno de Humala. La del comandante, si bien en su electorado había un sentimiento antifujimorista (principalmente por los diversos problemas de corrupción), apostó por generar esperanza. Hoy, como Gobierno, en ese terreno se mueve. Si bien la economía es importante, vemos que la gente valora la moral en el ejercicio de la administración. Parafraseando a Clinton, habría que decir: es la moral, estúpido.

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