Las camisetas hipócritas

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Hablen, gatos pops en el país de Chichalandia. A la franca, estoy empinchado, again. Los dirigentes de los clubes no saben cómo lavar (digo, las manos) para continuar con el negocio (digo, el apoyo de las cerveceras y la rala taquilla), sobre todo cuando el alcohol abarrotó de sangre —acompañada de otras vilezas—, el Monumental, oh, limpia contradicción Biznes son business, and hipocresía es industria. A estas alturas de esta eclosión, bro, todo puede pasar.

Ni con el cambio de camisetas se tapan los huecos de las dentaduras sonrientes de complicidad. ¿Alguien puede decir que los estadios del Perú no son tierra de nadie? Y los de las provincias pequeños hervideros menos seguros que la cancha de los muertos de Chorrillos, donde harto faltoso se escondía de la Policía o los fumones procreaban? ¿Cuántos tenemos que ser guapos y ángeles en zonas consideradas A-B para que una vez más se muestre la grave sociedad violenta en la que vivimos? Echarle la culpa al fútbol es facilito. A la prensa, más.

El Terrornumental
El recinto de Ate tampoco se salva. Si ocurrieron los hechos en los que se lanzó a Walter Oyarce con una crueldad fuera de toda humanidad, no es que estaban ni tan fuera de sí mismos. El estadio para muchos significa la calle oscura. Tierra de nadie. Señal de ello es que los mamados saben de memoria dónde están las cámaras (¿los fanáticos no conocen los puntos estratégicos de su fortín?) y no les importó porque saben de aliados. Y qué aliados. En la TV, como en toda plataforma. Basta de dioses de la sociedad enferma. No queremos fintas de piedras gordas. Ansiamos justicia de medio siglo a cavernícolas capaces de pensar solo en una orilla de Miami sobre sus posibilidades de quedar libres a mediano plazo o acudir al protector para compartir la sombra de un set de televisión.

Grayskull Greismco
Dudo que la cabeza brillante de Jack Levy, el dueño del hotel Los Delfines, haya tenido éxito en la defensa de los videos de seguridad de Gremco, más aun cuando quedó reciente lo de sus Vid’s acerca de su vida personal que fueron propalados alguna vez para comidilla de la prensa intimista de ascensor político periodístico (bigotudo, diría yo).

Salir a poner las manos al fuego —por la virginidad de sus videos—, enfrentándose él solo a la lógica de los modernos sistemas de seguridad audiovisual, es para la histeria colectiva de un no sé qué gato encerrado en caja fuerte del señor amarillo Burns. Qué Levy para más vulnerable con argumentos que sí son ponchados con sus ocho cámaras. Y con Carlos Carlín incluido para jugarle a la pirueta. Lo empresarial mediático lumpen es un clásico aparte a todo dar. Chalecos que cuidan dirigentes. Empresarios que llaman broadcasters para cuidar los negocios de los mismos. Y nos siguen matando abajo.

El estadio para muchos significa la calle oscura. Tierra de nadie. Señal de ello es que los mamados saben de memoria dónde están las cámaras y no les importó porque saben de aliados. En la TV, como en toda plataforma.

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Karma polizei
Seamos francos: desconfiamos de la Policía que mira los partidos y no se encarga de cuidar a la gente en los espectáculos y babea en cada tiro de esquina. De esos mismos que vieron a Oyarce en el suelo, desangrándose, viendo arriba, a los palcos, como quien se fijaba si alguien había lanzado un pedazo de bola de papel nomás. Ni se inmutaron. Quiere decir, entonces, que se ha perdido no solo el principio de autoridad dentro de los estadios mal construidos. Más grave: ni ellos mismos se la creen.

Ahora sí estoy seguro de que hay varios huevos de codorniz colgando por ahí.

Televichón
Desconfiamos de nuestra televisión: cuando hablan de la no violencia en una cruzada de paz y de repente ¡wadafak! todos se empiezan a pelear. Los conductores de nuestro zoo vía antena se incriminan uno a uno o se achoran dando el mal ejemplo dejando que los gatos ronroneen más con Al fondo hay sitio: quedó para el show y hacer unos chistes. Hay un chino al que le dijeron en twitter “Eliane Karp”, porque su cholo es sano y sagrado, refiriéndose a la entrevista en la clandestinidad que le hizo su programa al Cholo Payet); y otra conductora de espectáculos que es una madre atacando a sus colegas porque ya saben de qué pie cojea y por eso la paran en falso con amenazas de juicios. Acá viene otra cuestión que vengo analizando en el mundo de las estrellas: se veja la pantalla bobalicona con desafíos en el nombre de la justicia (usado para el show). Franco, franco, chichalandista: esto está para una monografía de Facultad de Comunicaciones o Derecho de ésas que se pegan en los postes cincuenta Luquitas la primera entrega.

Lima es testigo de cómo la violencia pandillera es cual Chacalón Jr. hubiera conquistado La Encalada: ya visten la marca de bóxers de los futbolistas que juegan en Europa pero son “gente de bien” —¿qué miercolada es eso?: los contactos de un loco que gastaba al mes setenta mil soles aproximadamente—. Los taxistas ya empiezan a hablar que la sacará barata porque tiene dinero, o se acogerá al 2x1, o que sus abogados contraatacarán: “Mi patrocinado estuvo drogado y borracho y no supo lo que hizo”. O que simplemente mueva sus influencias para meter en la cárcel a cualquiera menos al venturoso hijo de papá, con notaría como trinchera norte. ¿Tan fácil ganarán al final de cada batalla los chiquiviejos de Dadi?

Y solo un ángel tiende a desplegar esas alas de tristeza mezclada con simpatía en su ‘huida’ a todo aquel que no lo conocía. Es el asesinato de nuestro hermano menor, sobrino, hijo, aquel del palco C-128 que defendió mujeres y niños en la batalla campal que desataban unos treintones enfermos, iracundos quizá por verse traspasados por gargantas más jóvenes y atractivas al ojo de las damas presentes.

Porque la violencia vino a marcar la guadaña con tarjeta de crédito. Y es blanca por tinte de arribista y abusiva por ascendencia de palco. Barristas desclasados, ronins, buscando whisky y dinero, como ese tal Payet. Y tiene su televisión que se pone la camiseta y también da sus golpes. Y al final todo es un “clásico” entre grupos enfermos de sus propias debilidades.

Es un coctel difícil de desmembrar. Salvo si se pone todo de cabeza:

– Cerrar el campeonato descentralizado dos o tres meses.

– Mermar la publicidad de bebidas alcohólicas, por lo menos como grandes botellas llenas de paraíso a la entrada de los jugadores o en la televisión (debemos considerar atletas a los jugadores).

Sería la verdadera gran transformación para la paz en el fútbol peruano.

Y el loquito Walter, una hermosa presencia y juventud con la bandera más piola de esa tarde, fue el blanco de las frustraciones ajenas a él.

Porque el gol de la U al Alianza Lima en el último minuto, ok: fue la esnifada final de estos granujas para el crimen. El meterse valor por enrostrarle con las hebillas que ellos son la muerte.

La del deporte sano, el clásico, los cánticos sin insultos.

Descansa en paz, ángel. Y que se coman las bolas del infierno canero los feligreses de Misterio.
 

*El autor es también conocido como @malapalabrero.

Excelente prosa. Exitos!

Excelente prosa.
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