Mi promoción Ollanta
Para juzgar a un personaje público basta con evaluar su gestión; para conocer verdaderamente a una persona, en cambio, es necesario observarla de cerca. Éste es un testimonio íntimo sobre Ollanta Humala Tasso, de ahora en adelante Presidente del Perú.
Transcurría el segundo día de incorporación de los nuevos cadetes a la Escuela Militar de Chorrillos “Coronel Francisco Bolognesi”. Sentados muy alineaditos en el patio del pabellón “H”, aguardaban que su capitán de año culminara de pasar lista. “Cadete Ollanta Humala Tasso”, nombró el capitán mientras su mirada recorría las cabecitas rapadas en busca del novato con tan típico y desacostumbrado nombre. “Presente, mi capitán”, ya puesto de pie contestó. “¡Ollanta! Su padre debe de tener algo contra usted al haberle dado tal nombre”, el capitán bromeó amenamente y sus discípulos respondieron con sonrisas. “Estoy muy orgulloso de mi nombre, mi capitán. Corresponde al de un príncipe de la mitología incaica y significa ‘el que todo lo ve’”, contestó el cadete con firmeza. “¡Cadete, hágase cincuenta ranas por contrariar a su superior!”.
Así sucedieron los siguientes cuatro años de estudio del cadete Ollanta Humala Tasso, entre continuas visitas a la biblioteca y convenciendo a los detractores de su nombre, ya que cada año fueron menos. Nadie apreciaba que éste es lo más oriundo y auténtico del Perú. O que el diseño de los muros de la Escuela que los albergaba se inspirara en las cercanas ruinas incaicas de Pachacámac.
Siempre fuimos bien recibidos en casa de los Humala Tasso. Al pie de la Vía de Evitamiento, en el cómodo distrito de Surco, casi en la media entre el Colegio de la Inmaculada y la Normal de Mujeres. Era cómoda, abrigada. Doña Elena Tasso nos recibía con cariño y familiaridad, e invitaba a su cocina y comedor de diario para brindar un pancito y queso serrano, y el chocolate casi hirviendo. Satisfecha al mirar rostros radiantes y agradecidos, concluía con un par de buenos consejos y una sonrisa y se retiraba rapidito, sin hacer ruido.
Rara vez aparecía don Isaac Humala. Saludaba con cortesía, se servía un café y retornaba al voluntario destierro en la biblioteca familiar. Fue una aventura el día que conocimos el territorio del patriarca. Un cuarto entero tapizado de anaqueles topados con libros de historia, geografía, sociología, derecho y literatura. Al centro un escritorio de roble con patas de león y tres sillones de cuero negro para acomodar al lector.
En los cursos básicos y de perfeccionamiento del oficial, Ollanta normalmente sorprendía a la platea con las intervenciones sui géneris en clase, referidas a la alienación de la doctrina militar a realidades foráneas, al papel que jugó la Fuerza Armada a favor de la oligarquía en largos periodos históricos, a la función del Ejército en el desarrollo social, a nuestras raíces andinas y tawantinsuyanas; pero sobre todo, acusaba siempre a la injusticia. Con estas inquisiciones puso en aprietos a más de un profesor.
Por eso, no nos sorprende que en la ceremonia de entrega de credenciales como Presidente Constitucional electo del Perú, del pasado 23 de junio del 2011, evoque al universal César Vallejo cuando anunció al Perú y el mundo: “Juntos, / En un amanecer eterno,/ Desayunados todos”.
Dolido testigo de las tropelías y asesinatos entre peruanos generalmente humildes que nutren la vertiente de la tropa del Ejército peruano y las milicias de Sendero Luminoso y el Movimiento Revolucionario Túpac Amaru. La llamaba una guerra fratricida y la peor de los tiempos modernos. A esa angustiante realidad se sumó el régimen nefasto del ingeniero Alberto Fujimori, que destrozó instituciones, creó escuadrones de la muerte y se deleitó con los jueces sin rostro.
Locumba
La imagen de generales, almirantes, brigadieres del aire, coroneles y capitanes de navío firmando el Acta de Sujeción a la dictadura eterna de Montesinos y Fujimori despertó la dignidad del buen soldado para gritar ¡Basta ya! desde el Grupo de Artillería Antiaérea 501, con base en el “Fuerte Arica” en Locumba, en el sur del país, un 29 de octubre del 2000. Así, sin hacer caso a la muerte que siempre acecha rebeliones, trepó los Andes y rememoró las marchas serranas del jamás rendido Brujo de los Andes, mariscal Andrés Avelino Cáceres.
Al poco tiempo, el 17 de noviembre, Fujimori huyó del país y se derrumbó el Gobierno que compartía con Montesinos.
El antiguo régimen mantenía su sombra sobre las instituciones armadas en los mismos hombres que rubricaron la ignominia. Pero en vez de aprender, sin vergüenza, señalaban con el dedo acusador al “insubordinado”, al detractor del régimen de tantas fechorías. El mundo al revés.
El teniente coronel Ollanta Moisés Humala Tasso gestionaba audiencias con ministros de Estado, con comandantes generales. La exigencia era sencilla: pasar a la situación de retiro a todos los pactantes. Era una piedra en la bota.
El teniente coronel Ollanta Moisés Humala Tasso gestionaba audiencias con ministros de Estado, con comandantes generales. La exigencia era sencilla: pasar a la situación de retiro a todos los pactantes. Era una piedra en la bota.
En el 2003 prefirieron enviarlo al otro lado del gran charco, a París. Él rehusaba el cargo de Agregado Militar en la Ciudad de la Luz, preocupado por la situación del país y de sus no pocos simpatizantes y amigos. Visitó hogares preguntando pareceres, percibiendo el sentir de los creyentes. Quizá de todos escuchó un sí solidario y de esperanza.
Junto a Nadine Heredia y la primogénita Illari, con algunos presentes bajo el brazo, en particular el libro Pachacútec, enrumbó a la vieja Europa para beber las experiencias de aquella sociedad de bienestar y de socialismo democrático.
El hilo sentimental que lo une con la patria lo mantuvo informado de los sucesos: “Qué tan difíciles se ponen las cosas en nuestra querida patria, ¿no?”, decía al enterarse del secuestro por parte de remanentes de Sendero Luminoso de trabajadores del proyecto Camisea en la serranía del país. O cuando opinaba acerca de la debilidad de las instituciones del Estado, causa de la percepción de ingobernabilidad en que se hundía el Perú.
Seúl
Transcurrió poco más de un año y le llegó un nuevo nombramiento de Agregado Militar en Seúl, Corea del Sur. Seguramente la comunidad de Inteligencia dictaminó este destino ante la importante red de amistad y contactos políticos y académicos desarrollados en Francia. Sus amigos lo animamos con el pretexto de ser un puesto de mayor responsabilidad y exigencia, porque era la apertura de una nueva agregaduría militar en un país tan rico en historia y cultura oriental. Sabíamos de la existencia de vínculos entre ambos ejércitos, al haber enviado varios oficiales surcoreanos a estudiar en la Escuela Superior de Guerra del Perú.
Sin embargo, él siempre tenía en cuenta que todo cambio es positivo, porque enriquece la cultura y visión del mundo, mejor aun cuando ya no es desde la esfera de Occidente sino más bien desde el Oriente, donde se están desarrollando fuerzas y potencialidades que Occidente observa con admiración y reserva.
A Seúl se sumó al equipo Humala Heredia Nayra, la recién nacida.
Adahuaylas
El destino ya había trazado dos eventos concurrentes: la cordial invitación, decidida por el Alto Mando del Ejército, de pase al retiro del teniente coronel Ollanta Moisés Humala Tasso, Agregado Militar en la República de Corea, enviada por fax hacia los límites del Atlántico o del Pacífico según queramos verlo; y el levantamiento de su hermano Antauro en Andahuaylas contra el gobierno de Alejandro Toledo. El primero lo aceptó con dignidad. También pensaba que para cualquier oficial de pensamiento crítico era difícil mantenerse en el redil. En el segundo, el panorama real no se transmitía muy claro con la llamada internacional de algún teléfono celular desde el lugar de los hechos. Ollanta nos llamaba a uno y a otro preguntando por la magnitud y arraigo de la rebelión, así como sus efectos inmediatos. Apenas se informó sobre la sangre derramada entre peruanos, rechazó en el acto el aventurerismo de su hermano e hizo un llamado a los reservistas para que depongan las armas y así devuelvan la calma y sensatez al país.
Estos dos hechos eran los síntomas de la grave enfermedad que carcome los tejidos institucionales y sociales de la patria: corrupción y desigualdad. Por eso cuando Ollanta retornó al Perú se vio de pronto en la cresta de las olas publicitadas por las encuestas de opinión. La realidad le exigió forjar un movimiento político y participar en el proceso electoral del año 2006. “Todos contra Ollanta” fue la consigna. En un verdadero sistema democrático hasta sería legítimo. Pero cuando en ese “Todos…” están inmersos los servicios de inteligencia y las fuerzas armadas del Estado, no tiene otra denominación más que “fraude”. No era extraño que nuevamente los cuarteles sean depositarios de órdenes escritas prohibiendo cualquier tipo de contacto con el ex militar, compañero de promoción, amigo, camarada de armas, compadre o padrino; y de órdenes de apresto contra el probable ataque de las huestes humalistas, para crear miedo y terror en la ciudadanía.
El revés no lo amilanó. Avanzó decidido al encuentro con la historia. Es proclamado Presidente Constitucional del Perú el 28 de julio del 2011. Y todos desayunados, miraremos juntos el amanecer eterno.




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