No tenemos corona

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 La libertad de expresión es pilar fundamental de un Estado democrático, y por eso debe preservarse y defenderse en cualquier circunstancia. Como punto de partida, es preciso comprender su integralidad y no limitarla a la posibilidad y ejercicio exclusivo de quienes participamos de los medios de comunicación, que, como señala la Declaración de Principios de la Libertad de Expresión: “[…] tienen derecho a realizar su labor en forma independiente. Presiones directas o indirectas dirigidas a silenciar la labor informativa de los comunicadores sociales son incompatibles con este principio”.

Siendo ésa la premisa básica, vayamos a los matices, que por momentos son diferencias sustanciales. La libertad de prensa y de expresión no deben ser, en modo alguno, el pretexto para evitar y soslayar los graves problemas y las flagrantes incompatibilidades que en el periodismo, los medios y entre los propietarios se presentan de manera reiterada y cada vez más profunda. La consecuencia inmediata se evidencia en los bajos índices de aceptación que hoy tienen muchos de ellos. En nuestro país, tan proclive al olvido, dos momentos podrían dotar de elementos suficientes para, desde el ángulo que se elija, ver lo mal que se anda: la época del fujimorismo y las dos últimas campañas electorales.

Hay que reconocer que éste no es un tema que entusiasme en el gremio, porque los antecedentes, los indecentes reacomodos o la vigencia de algunos connotados miembros no solo podrían exponerlos y ruborizarlos, sino que las actualizaciones pueden terminar siendo aun más patéticas. A manera de motivación, algunas situaciones y preguntas que en este ánimo deberíamos responder.

En la época en la que Fujimori y Montesinos compraban a los dueños de los canales de televisión para que las líneas editoriales se acondicionaran al “baile del Chino”. Fueron muchos los periodistas que no resistieron la tentación de asociar su imagen y su nombre a ese afán, ya que más rentable era aparecer en la lista de aprecios y privilegios de los siameses más corruptos de nuestra historia. Eso significaba mejores ingresos, mejor trato, primicias y, dependiendo del comportamiento, hasta del descubrimiento de talentos nada periodísticos. Hoy estos mismos silentes y gélidos personajes pretenden (con una locuacidad que nunca tuvieron) dar clases de moral y comportamiento en los medios de comunicación, como si nada hubiera pasado, y los medios de comunicación, algunos expropiados por esa mafia, hoy los hacen parte de su custodia personal. Piensa en grande.

Durante los últimos años se han venido desarrollando, sobre todo en la prensa escrita, espacios de opinión que ayudan diariamente a comprender la realidad y nutrirse de puntos de vista a veces especializados. Este sano propósito ha sido en algunos medios totalmente distorsionado y se ha constituido en instrumento de (gestión) de intereses y de presión para conseguir objetivos que no difunden o expresan abiertamente. Reunir a un grupo de amigos, incluyendo en algún caso a la cónyuge, que además están vinculados empresarialmente, que trabajan en grandes corporaciones o las sirven entusiastamente (empresas mineras, eléctricas, petroleras, AFP, etcétera) y esconderlo jactándose de una independencia que no tienen, es algo que se debe por lo menos discutir.

Una variante de lo anterior es lo que con acierto Juan Carlos Tafur llama “la prensa con RUC”, que pretende esconder su manera irremediablemente sumisa de relacionarse con sus patrones de turno (no me refiero a los morales, que se mueven en una escala distinta, sino a los que generan utilidades en la quincena). Pero esa actitud tiene un componente externo relevante y es que, por consecuencia, los mandatarios de sus empleadores se favorecen de las campañas de desprestigio que emprenden, de las demoliciones que intentan y de las agresiones que promueven. Con eso se autodefinen como influyentes.

Y sí que los son. Todas sus apuestas de los dos últimos años han llevado al triunfo al adversario del momento. Hoy, quien requiere de éxito en estos avatares está a la espera de ser el elegido. Esta derrota casi consuetudinaria no los detiene, sino que los hace cada vez más panfletarios y rabiosos. Como es evidente, esta es una cadena productiva bastante rentable, para disfrazar con ideología lo que en realidad es negocio corriente. Miren cuánta publicidad ha puesto el gobierno saliente en esos medios. Ojo. Para que este sistema funcione bien, (i) hay que intuir bien si los que mandan están contentos; (ii) si el olfato dice que hay molestias, la rectificación es lo que corresponde (así la estabilidad laboral está garantizada).

La concentración de la propiedad de los medios. Aquí ya llegamos siendo minoría. ¿Es algo que debe preocupar? Los más condensados y acostumbrados saltan hasta el techo y se niegan a cualquier reparo al respecto. La Relatoría para la Libertad de Expresión de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos dice sin ambages en su informe anual 2010 que los gobiernos democráticos deben: “Adoptar una legislación que asegure criterios transparentes, públicos y equitativos para la asignación de frecuencias radioeléctricas y del nuevo dividendo digital. Esta legislación debe tomar en cuenta la situación de concentración en la propiedad de los medios de comunicación, y asignar la administración del espectro radioeléctrico a un órgano independiente, sometido al debido proceso y al control judicial”. Y hasta donde se conoce, chavistas no son.

Pero dice más: deben:

[…] adoptar medidas legislativas y de otra índole que sean necesarias para garantizar el pluralismo [en la información], incluyendo leyes antimonopólicas. Al respecto, el punto 12 de la “Declaración de Principios sobre Libertad de Expresión” precisa que “[l]os monopolios u oligopolios en la propiedad y control de los medios de comunicación deben estar sujetos a leyes antimonopólicas por cuanto conspiran contra la democracia al restringir la pluralidad y diversidad que asegura el pleno ejercicio del derecho de información de los ciudadanos. En ningún caso estas leyes deben ser exclusivas para los medios de comunicación. Las asignaciones de radio y televisión deben considerar criterios democráticos que garanticen una igualdad de oportunidades para todos los individuos en el acceso a los mismos.

Tampoco es para espantarse.

Una última, pero no menos importante anotación. No es posible que la escasez de ideas (que ni Google puede salvar) o el delirio lleven al insulto, a la agresión, a la discriminación y al llamado a la violencia. Apelar a ese primitivismo e ignorancia es una muestra alarmante de que algunos medios de comunicación han perdido el respeto por sus propios lectores. Esto es tan inaceptable como real, y lo seguirá siendo mientras el gato siga de despensero. Los gremios que reúnen a los principales medios escritos y que se fundaron bajo la premisa de la autorregulación, terminan en una complicidad sin nombre.

Hay varios temas pendientes que no podemos dejar de ver. Lo conveniente es no evadir. Aquí tal vez lo que más convenga sea recurrir el argot popular. Los periodistas no tenemos corona. Y entre gitanos no nos vamos a leer las manos.

  

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