Sinopsis de un largometraje

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A la hora del análisis político del nuevo gabinete en el nuevo gobierno, me parece que llevo ventaja, pues ya he visto al inminente premier, Salomón —Siomi— Lerner, en ejercicio del poder.

Es verdad que, bien visto, el poder de un prefecto estudiantil en el colegio San Andrés el año 1961 era más bien limitado. Pero para los alumnos de segundo B de secundaria, la autoridad de ese prefecto (uno de los alumnos del quinto y último año que eran elegidos por los directivos del colegio para reforzar la disciplina) podía llegar a tener las potenciales desmesuras de un Calígula en construcción.

El San Andrés era un colegio armado sobre el modelo de las Public Schools británicas pero con un irremediable ingrediente presbiteriano escocés. El tipo de educación que daba era considerada una excelente formadora de temple y carácter de acuerdo con el modelo inglés en versión Edimburgo.

Los castigos físicos se consideraban parte de esa formación. Se suponía que la versión nacional del stiff upper lip se conseguiría soportando estoicamente una variedad de golpes de los adultos como respuesta a alguna de las salvajadas más bien veniales que una cincuentena de adolescentes oprimidos y con precoz hambre sexual éramos capaces de perpetrar. Entiendo que hoy el San Andrés es un colegio mixto. En buena hora. En mi tiempo éramos todos pequeños hombres alborotados por el incipiente imperio de la testosterona. Un enjambre de inquietas anarquías sometidas por aquel tipo de dictadura que era presentado como la mejor pedagogía.

Las cosas no iban con sutilezas. Para garantizar el orden y el silencio que nos permitiera memorizar, por ejemplo, todas las capitales de provincia del Perú o las preposiciones (hasta ahora las recuerdo en el mismo orden que las aprendí) había varios estilos de contrainsurgencia expeditiva, todos los cuales terminaban en alguna forma de impacto. Había un profesor que era la cachetada más rápida del Oeste. Otro tenía una palmeta de diseño profesional y eficacia similar. Había otro más al que apodábamos Rosita, que mandaba a los alumnos a buscar al bedel, el inspector de disciplina, que rondaba por patios y pasadizos con un garrote disfrazado de regla, con la misión de encontrar algún motivo para estrellarla contra las piernas o posaderas de los alumnos. Cada golpe sufrido, se infería, era otro escalón ascendido en el camino hacia la clase dirigente recia y viril que construiría la gran nación del futuro.

Desde la perspectiva actual debo decir, sin embargo, que el efecto de la llegada del bedel a un salón era casi mágico. El más estridente alboroto se convertía en silencio instantáneo en una fracción de segundo. Y ahí quedaba el solo repentino de algún desafortunado que no había estado mirando la puerta y que se daba cuenta a mitad de la oración de su destino inminente. Segundos después, el golpe de la regla contra la carne sonaba como un camaretazo y mientras la víctima regresaba conteniendo las lágrimas a su carpeta, el resto nos concentrábamos aterrorizados en nuestros cuadernos (Condesuyos capital Chuquibamba, Caylloma capital Chivay, Pallasca capital Cabana… ¿qué hora es?).

Pero teníamos algunos profesores que queríamos y que eran desafectos a practicar percusión con los alumnos. Uno de ellos, que nos enseñaba Historia Natural, logró en una ocasión la mayor concentración intelectual colectiva que yo haya visto en todos mis años de estudiante. Lo convencimos de que nos explicara cómo era el, para nosotros, misterio más importante: el sexo femenino. Pusimos vigías por turnos en la puerta para que no nos sorprendieran los escoceses y, tiza blanca sobre pizarra negra, el profesor dibujó una vulva inolvidable ante el auditorio adolescente más absorto del universo.

Además de las cachetadas, las palmetas y los reglazos, teníamos a los prefectos. En nuestro caso, Siomi Lerner. Tenía entonces 15 años, es decir, 50 menos que ahora, pero ya todos llevábamos marcados los rudimentos de nuestro estilo. Siomi, entonces como ahora, tenía registros contradictorios. Alguna vez represivo, y de repente luego cordial y hasta solidario.

Él organizó, por ejemplo, una cena de homenaje, pagada con un heroico pandero de propinas, de los agradecidos muchachos al profesor de Historia Natural. Fue en el chifa Tonquinsen de la calle Capón, que, creo, todavía funciona. En algún lado debe de estar la foto que nos tomamos en el chifa: los adolescentes junto al maestro que, para utilizar la palabra de la ceremonia del Nobel, había trazado la hasta entonces desconocida cartografía del lugar más imaginado para toda una promoción de futuros exploradores. ¿Quién dice que los muchachos no tienen gratitud? Ahí estamos en la foto, en el apartado del chifa, los alumnos felices, el profesor y Siomi, el prefecto de la clase, hace 50 años, cuando sí sabíamos qué cosas eran realmente importantes.

(No quiero, de paso, ser injusto con el San Andrés. Ése era el espíritu de los tiempos y había colegios de regímenes disciplinarios mucho peores, sin el contrapeso intelectual que tenía el San Andrés, donde la inteligencia y la capacidad de discutir y debatir eran lo único que te podía salvar de las percusiones. Era además un colegio tremendamente inclusivo, para utilizar la palabreja actual, y nunca he visto una lista que incluyera tantas procedencias dentro de un solo salón de clases. Todas las sangres, de todos los confines: Rabinovich, Soulopulos, Nakayama, Chang, Schmidt, Will, Chuquiure, Scaccabarozzi… hasta había uno que otro Arana, Agüero, Rodríguez. Ese año se graduó Siomi Lerner, en la misma promoción que Pepe Alalú, el pacifista que sería luego teniente alcalde de Jerusalén. Y al final del año siguiente a mí me separaron del colegio por ser más rebelde de lo que ellos podían manejar; y eso me llevó a terminar la secundaria en la gloria de un colegio vespertino, rodeado por adultos y adultas y con todo el día libre para aprender de a verdad… pero ésa es otra historia.)

Siomi, entonces como ahora, tenía registros contradictorios. Alguna vez represivo, y de repente luego cordial y hasta solidario.

Fast Forward con breve pausa. En 1968 nos encontramos en Israel un grupo de estudiantes peruanos entre la multitud de jóvenes de todo el mundo que confluyeron en esa nación entonces socialista en el momento más optimista de su Historia. En el mismo cuarto del ulpán (escuela de hebreo) Metzada en Beer Sheva estuvimos Roberto Lerner, Eleazar Trilesinsky, Siomi Lerner y yo. Como ya no necesitábamos, o creíamos no necesitar, los dibujos en la pizarra, las discusiones políticas y hasta las filosóficas fueron particularmente intensas y en más de un caso dejaron huellas hasta el día de hoy.

Y ahora sí, fast forward a velocidad de tren bala. Tanto que los años de Velasco, Tantaleán, Epchap, los independientes por Alan y hasta la gruesa figura de Galsky pasan como esos paisajes borrosos que apenas se empiezan a ver ya quedaron detrás. Estamos en los últimos años del régimen de Fujimori (aunque nadie lo sabe, por supuesto), Siomi Lerner, ahora empresario y banquero, ayuda al Foro Democrático, y luego lo hará, y muy bien, con Transparencia. Eso nos acerca después de algunos años, y conversamos cada vez que llego, por ratos breves, de Panamá, donde vivo y peleo en esos años.

Ya han sacado a Baruj Ivcher de Frecuencia Latina. Es un paréntesis extraño en la vida de Ivcher, en el que lucha por causas justas. Los Winter, que obedecen a Fujimori y Montesinos, quieren sacarlo del canal, y le piden a Siomi Lerner que se integre al Directorio.

Lo discutimos una vez, en una larga caminata por San Antonio. Traté de convencerlo de que no acepte, y aunque quedó en pensarlo, al final participó en ese Directorio. Por poco tiempo, pero participó.

Luego, hay que decirlo, compuso muy bien la figura. Tuvo excelente desempeño en Transparencia en las elecciones del dos mil. No solo eso: ayudó discreta pero eficazmente en algunas de las cosas que hicieron posible la Marcha de los Cuatro Suyos. Ahí se inició una relación cercana con Toledo.

Otro fast forward, corto esta vez. Ya han caído Fujimori y Montesinos. Valentín Paniagua es presidente y un pequeño grupo de personas llegamos desde diferentes partes al aeropuerto de Miami para encontrar ahí a Alejandro Toledo, que prepara el lanzamiento de lo que será su triunfal campaña.

En el lobby, cerca del bar de sushi, nos encontramos Adam Pollak, Baruj Ivcher, Siomi Lerner y yo. Saludos cordiales con Pollak y con Ivcher y busco que éste salude a Siomi. Ivcher se niega, con gesto fruncido y el tono de voz que puede escucharse con facilidad hasta Jacksonville. En medio de la parrafada uno escucha palabras como ‘directorio’, ‘los Winter’, ‘traición’. Es un momento desagradable y se hace necesario cortarlo.

Poco después, Toledo ha triunfado y Siomi Lerner mantiene estrecha cercanía con él. En un momento, Toledo lo nombra Embajador en Israel. Siomi se prepara para el viaje, pero Ivcher hace saber que Frecuencia Latina se opondrá, aullará, ululará en contra de ese nombramiento y que el ataque será generalizado. Toledo se asusta y retira la designación.

Le encarga luego dirigir Cofide, pero el audio grabado de una conversación de Siomi con Moisés Wolfenson fulmina su capacidad de tener un cargo público. Siomi sale y se distancia de Toledo.

Ivcher entre tanto le cobra al Estado 20 millones de soles por sus supuestos sufrimientos en su lucha contra la última parte del gobierno de Fujimori (una cantidad doblemente obscena si se la compara con lo que han recibido las víctimas de la guerra interna) y terminará al cabo de unos años cerrando un círculo patético, convertido de nuevo en un fujimorista.

Siomi Lerner, en esas circunstancias, queda como encargado de las relaciones humanas (entiéndase públicas) de la comunidad judía. Durante la campaña presidencial del 2006, Lerner contacta a Humala para expresarle la preocupación por expresiones de éste que son percibidas como antisemitas. Humala lo busca, hablan, hay un click resonante y Siomi emerge de la reunión convertido en asesor de Humala.

La oposición dentro de la comunidad judía es fuerte y Siomi debe dejar el cargo de encargado de las relaciones humanas y afrontar un cierto ostracismo.

Yo, que era codirector de La República entonces, critiqué con fuerza la actitud de Siomi (y la de algunos otros, de paso). Cada uno afrontó sus propias consecuencias y se produjo un distanciamiento hasta el día de hoy.

¿Siomi premier? Imaginen la foto del chifa Tonquinsen, los años de Epchap, y luego los de Transparencia, de pesqueras, bancos, Foro Democrático, Cofide, Helisur, los cinco años con Ollanta Humala y varias redes, más bien diversas, de amigos y conocidos. Añadan a eso una gran capacidad de diálogo, conversación y un grado de convocatoria matizado por sorprendentes patinadas (Directorio de los Winter, conversación con Wolfenson) que lo pueden sacar bruscamente del juego, por lo menos por un tiempo. Esos eventos en apariencia contradictorios expresan quizá una sobreextensión de redes, contactos y hasta niveles de acción que en ciertos momentos se cruzan, saltan a la luz y entran en conflicto.

¿Esta travesía por un Sinaí más bien light por cinco años habrá servido de autoeducación y, también, de autocrítica? ¿Emerge un Siomi mejor integrado, sin grandes contradicciones que salten a la luz? No lo sé, porque no lo he visto mucho tiempo. Ojalá que sí. Es la mayor oportunidad que tendrá en su vida para hacer una gestión buena y perdurable. Tiene orgullo y eso, en esta circunstancia, es bueno. Y si los contrastes y las derrotas enseñan, tal como sostienen los maestros estrategas, entonces Siomi habrá tenido varios posgrados de los cuales extraer las pocas pero cruciales lecciones que cuentan finalmente en esta vida.

Como Sanandresino Promocion

Como Sanandresino Promocion 1983 mis sinceros deseos al premier Salomon Lerner para que sus decisones se llenen de justicia social

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