Testimonio Carlos Iván

Pensé que me iba a resultar fácil hablar de Carlos Iván Degregori, que las palabras fluirían con facilidad, pero no es así. Y no porque no haya qué decir, sino porque no sé por dónde empezar.

Conocí a Carlos Iván hace más de diez años. Yo había ingresado a San Marcos en 1999, tiempo de grandes cambios en la Escuela de Antropología de la UNMSM. Venía de estudiar otra carrera y sabía poco o nada de la Antropología y sus intelectuales. Cuando vi a Carlos Iván por primera vez, recuerdo haberle preguntado a un amigo si conocía al profesor Degregori. Claro, mi amigo me dirigió una mirada llena de censura, y repreguntó: ¿Acaso no sabes quién es Carlos Iván Degregori? Yo, muy suelta de huesos, le dije que no, sin imaginar que a lo largo de esos cinco años en San Marcos llegaría a conocerlo, respetarlo y quererlo.

Si hay algo curioso es que él nunca llegó a enseñarme. Las clases que pude escuchar de él fueron clases a las que yo ingresaba sin estar matriculada; por suerte era posible, como lo era también ver a estudiantes de la PUCP asistir libremente a las clases de Carlos Iván y a las de otros profesores como Fernando Fuenzalida.

Carlos Iván era un maravilloso orador; tanto, que a veces era posible oír aplausos al final de su clase. Pero no solo hablaba bien: también era extraordinario con el manejo de las metáforas y con las bromas, sobre todo, porque hacía fácil lo difícil. Jamás tuvo una prosa pomposa. Era extraordinario ver cómo podía establecer vínculos con gente tan distinta, pues era muy consciente de que se dirigía a un público muy diverso, de que le hablaba a gente de edades y culturas diferentes. Siempre fue muy inclusivo en su narrativa: hablaba siempre de ellos y ellas. Otro rasgo único en Carlos Iván era ese gusto por el cine, la literatura y la música. Utilizaba magistralmente fragmentos de obras literarias y música en sus clases, por lo que no era extraño oírlo citar a Ribeyro o a Palma y más adelante estrofas de la Sarita, Chacalón o Los Chapis. Podía hablarnos de Ingmar Bergman para luego recordar los 80, El laberinto del fauno de Guillermo del Toro o El secreto de sus ojos de Juan José Campanella.

Su registro literario, musical y cinéfilo era muy variado. Nunca se encasilló en género alguno. Compartía películas, libros y música, pero, al mismo tiempo, pedía que lo pusieran al día en todo. Fue así como se aproximó a Almudena Grandes, a sugerencia de un ex alumno y amigo, quien le recomendó leer El corazón helado, para, con esa lectura, acercarse a esas otras narrativas acerca de la memoria. Fue así que pudo ver Rang de Basanti de Rakeysh Omprakash Mehra y conocer un poco más de la India y su realidad.

Su derrotero era diverso: siempre estaba atento a los comentarios de otras personas acerca de películas, literatura y música. Recuerdo muy claramente un día en que me dijo: “Qué roche, Rosa: mis alumnos me vieron salir del concierto de la Sarita. ¿Qué pensaran?”. Yo me reí y le dije que debería preocuparse por el día en que las cosas buenas de la vida dejaran de interesarle, a lo que él respondió: “La Sarita es buena y punto”.

Carlos Iván era un ser humano de virtudes y defectos. Recuerdo haberlo molestado mucho con su impuntualidad: le decía que él tenía un manejo mítico del tiempo. Me miraba de soslayo, como censurando mi comentario. Sin embargo, una de mis mayores críticas hacia él tenía que ver con su dificultad para decir “no”, defecto que finalmente era también una virtud. Carlos Iván casi nunca rechazaba leer trabajos y tesis de sus alumnos, ni participar en conversatorios, foros, clases y cuanto evento lo invitaban. Por momentos me daba la impresión de que no dejaba tiempo para sí mismo.

Su gran pasión fue siempre enseñar. Era también un hombre de retos, y el trabajo en la CVR fue eso, un reto, además de un aprendizaje: como él mismo me dijo alguna vez, “nunca dejamos de aprender”. A eso dedicó su vida: al aprendizaje y a la docencia. Una frase que repetía muy a menudo en sus últimos días era: “Aprendiendo a vivir se nos va la vida”.

Hay mucho más por decir, pero no es fácil hacerlo. Solo me queda agradecerle a Carlos Iván por haber sido quien fue: un ser humano maravilloso, que enfrentó con vitalidad y optimismo los dilemas de su tiempo. Lo plagiaré y diré “gracias totales, Cid”, pues fue también eso lo que él me solicitó transmitirle a sus queridos amigos; sus palabras exactas fueron: “Antes que nada, gracias; no digo totales porque Soda Stereo me robó la miel de decir totales…”. Así de lúcido estuvo a lo largo de todo este tiempo, así de entrañables fueron sus palabras. Se sabía querido, pero nunca imaginó cuánto. En una carta escribió:

“Cada llamada, cada gesto amistoso, me siento acompañado y protegido por una red de afectos que se va tejiendo como por debajo de un equilibrista que avanza por la cuerda floja. Por eso hoy agradezco […] a todos ustedes, por su afecto y su solidaridad. Y porque compartimos ideales por los cuales quisiera seguir trabajando. Parafraseando a un admirado amigo: la opción preferencial por los oprimidos, discriminados, excluidos por razón de su pobreza, su clase, su género, su raza, su cultura, su orientación sexual, su religión, su lengua, su lugar de nacimiento y toda clase de otras minucias que tantas veces convertimos en murallas para evitar reconocer lo obvio: que todos somos seres humanos con iguales derechos y deberes”.

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