Verde era su ojo

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 Verde su ojo, verde su cara. Una y otra vez.

Mujer cusqueña

 

¿Dónde está la justicia? En el Perú de los últimos años, esta pregunta se ha convertido en una letanía casi cotidiana. Y para las víctimas de violencia intrafamiliar —una de cada tres peruanas— es un grito lastimero que no tiene cuándo acabar. Miles son las mujeres que no acceden a la justicia en igualdad de condiciones, por ser éste un sistema plagado de ineficiencias y permeado por el machismo, los prejuicios y la discriminación.

No es poco común que los magistrados se resistan, por ejemplo, a calificar la violencia intrafamiliar como un delito serio, o que los policías interroguen a las mujeres como si éstas fueran las causantes de los golpes, justificando las razones de la agresión. La vestimenta de una mujer, recordémoslo, sigue siendo un factor de “incitación” a la violación sexual.

“Estos prejuicios se reflejan muy claramente cuando una mujer denuncia la agresión y quien la atiende la cuestiona en lugar de escucharla. Le pregunta: ‘¿Por qué? ¿Y qué hiciste para que te tratara así?’. Y le dice: ‘Si te ha pegado, por algo será. Cumple con lo que dice tu esposo’”, describe Claudia Rosas, abogada del Movimiento Manuela Ramos (MMR).

Pese a esta terrible situación que vive la mujer en el Perú, hay experiencias e iniciativas que despiertan esperanzas. Hace 12 años, pobladoras de las zonas urbano-marginales y de las comunidades rurales del Cusco decidieron convertir su indignación en acción. Formadas y empoderadas como defensoras comunitarias por el Instituto de Defensa Legal (IDL) y el Centro Bartolomé de Las Casas (CBC), decenas de mujeres aprendieron a identificar situaciones de violencia intrafamiliar y a brindar apoyo emocional, así como orientación jurídica y acompañamiento a las víctimas.

“Violencia es violencia, no importa quién sea la víctima, ni dónde ocurra. Y nunca es justificable. Lo he aprendido y ahora me toca compartir este conocimiento con mi comunidad”, señala Guadalupe Cuba, una defensora comunitaria del asentamiento humano Viva el Perú.

Sembrando las semillas del cambio

Cusco, corazón palpitante del antiguo imperio inca, despierta la fascinación de sus visitantes, pero la mayoría es ciega a la pobreza y a la violencia que yace bajo la máscara de “capital de la cultura” que ostenta esta ciudad andina.

Se trata de una región donde la pobreza y la violencia se imponen sobre la salud, la educación y el desarrollo. Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), 69% de las mujeres del Cusco han sufrido violencia física o sexual, o ambas, y el 23% de las adolescentes de 15 años o menos han sido víctimas de violencia sexual.

Fue como respuesta a estas deplorables estadísticas, y porque el acceso a la justicia en las comunidades rurales e indígenas del Cusco es sinónimo de retórica mas no de práctica, que el IDL decidió implementar el proyecto en la región. En 1999, el primer grupo de defensoras comunitarias completó exitosamente su capacitación y decenas de líderes comunales, operadores de justicia y otros oficiales públicos acudieron a talleres diseñados para fomentar el diálogo y generar respaldo a la iniciativa.

“Acudimos a una serie de talleres y luego nos reunimos, redactamos un código de ética así como una lista de objetivos; nombramos una lideresa y finalmente empezamos la búsqueda de un local. Fue muy emocionante”, recuerda la defensora comunitaria Gladys Allasí, quien ha vivido en carne propia los estragos de la violencia intrafamiliar.

“He cambiado bastante como persona. Conozco mis derechos y sé que merezco vivir una vida sin violencia. Mi esposo, que en el pasado me ha maltratado, también ha cambiado. Hemos emprendido un nuevo capítulo en nuestras vidas, y saber que un cambio es posible es lo que me motiva”, añade Allasí.

El proyecto, que aspira a frenar la cadena de reproducción intergeneracional de la violencia en la región, opera con una metodología innovadora pero simple: “Trabajar desde la comunidad y para la comunidad”. Potencia e involucra a sus miembros, construyendo soluciones a través de su activa y horizontal participación ciudadana.

“Me siento respetada y empoderada. Por primera vez en mi vida, siento que soy protagonista, una agente de cambio”, dijo la defensora comunitaria Guadalupe Cuba, una determinada madre soltera de aproximadamente 50 años.

Desde 1999, los equipos de defensoras comunitarias pasaron de 8 a 65, y la cantidad de integrantes aumentó de 40 a 450. Capacitadas sobre temas como el ciclo de la violencia intrafamiliar, estas voluntarias han brindado apoyo, respeto y orientación a más de 36.000 víctimas, principalmente niñas y mujeres quechuahablantes de entre 12 y 59 años de edad, de pocos recursos económicos y con bajo nivel de instrucción.

En el año 2002 se conformó la red Coordinadora Departamental de Defensorías Comunitarias de Cusco (CODECC), como actor social de defensa de los derechos y liderazgo crítico de nivel regional. Esta organización autónoma les ofrece un espacio de intercambio y aprendizaje, permite fortalecer un espíritu de solidaridad entre los equipos, transferir conocimientos acumulados y, sobre todo, constituye un seguro en el cual las defensoras pueden recibir soporte emocional y hablar del impacto que tiene sobre ellas la violencia diaria.

Justicia, justicia… cuello de botella

“Llevo la historia de cada víctima en mi corazón y en mi alma. Recuerdo cada detalle, cada lágrima, cada golpe. He sido víctima de violencia intrafamiliar y sé cómo se siente, cómo duele. Debo admitir que, por todos los obstáculos legales y financieros que existen y porque son tantos los agresores que quedan impunes, he pensado en tomar la justicia en mis propias manos”, dijo la defensora comunitaria Gladys Allasí.

El sistema judicial del Perú está muy por detrás de otras instituciones sociales en lo que concierne a la corrección de sus profundos sesgos sexistas, culturales y racistas.

“Muchas decisiones están influenciadas por la ignorancia, el miedo o el ‘qué dirán’. La pobreza también influye.

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“Estimo que solo 5% de los operadores de justicia, los médicos legistas y los policías, entre otros, realmente entienden lo que significa ‘violencia de género’. El ex presidente regional de Cusco, Hugo Gonzales Sayán, me dijo un día que ‘las mujeres solo sirven para estar en horizontal’, es decir, en la cama’. Si la máxima autoridad de una región se expresa de tal forma de las mujeres, ¿qué podemos esperar?”, dijo la antropóloga Andrea Roca, quien trabaja de la mano con los equipos de defensoras comunitarias del Cusco.

El acceso a la justicia también se dificulta por barreras económicas, lingüísticas, culturales y de género, que se intensifican en la medida en que hay pobreza y diferencias étnicas, así como geográficas: el aislamiento, las inclemencias del tiempo y la falta de transporte adecuado, especialmente en la selva y las tierras altas de los Andes peruanos.

“¿Por qué crees que la mayoría de las mujeres acuden a nosotras? Porque las escuchamos y entendemos lo que significan las palabras ‘compasión’ y ‘sufrir’. Y porque hablamos quechua, el idioma de nuestra comunidad, abrimos corazones y inspiramos confianza”, señala la defensora comunitaria Guadalupe Cuba, cuyo idioma nativo es el quechua.

“También trabajamos con hombres y otros aliados. A veces es más fácil para los hombres hablar con otros hombres acerca de la violencia. Son parte del problema, pero también de la solución”, añade.

La corrupción, las demoras, la complejidad de los procedimientos judiciales y el trato desconsiderado por parte de los operadores de la justicia hacia las mujeres también son factores que traban el acceso a la justicia.

Según un estudio realizado por el Banco Mundial, más de la mitad de los casos de violencia intrafamiliar que se presentan ante la justicia nunca obtienen un fallo, mientras que muchos más ni siquiera llegan a tribunales. En el 2006, la Dirección Regional de Salud del Cusco (DIRESA) registró 15 mil atenciones de mujeres víctimas de violencia. Sin embargo, la Corte Superior del Cusco solo registró 3.961 procesos.

Debido a las deficiencias del Estado, pobladores de las zonas rurales y periurbanas han recurrido a sistemas de justicia comunitarios e informales, como las rondas campesinas o los jueces de paz. Si se los compara con el sistema judicial formal, a menudo hostil, lento e ineficiente, éstas son consideradas como de fácil acceso, rápidas y eficientes. Pero las rondas, por estar basadas en el derecho consuetudinario o ancestral, tienden a favorecer la conciliación y el restablecimiento de las relaciones comunitarias a expensas de grupos más vulnerables, como las mujeres.

En algunos casos el machismo está tan profundamente arraigado que incluso las mujeres justifican la violencia. “Cuanto más te pega, más te quiere” es un dicho muy popular en el Perú para justificar el maltrato, como también es un mito difundido que los esposos o novios no violan a sus parejas.

“Muchas decisiones están influenciadas por la ignorancia, el miedo o el ‘qué dirán’. La pobreza también influye. Por esta razón, lamentablemente, muchos agresores logran convencer a los padres de silenciar el abuso, incluyendo la violación sexual. Ofrecen dinero, ganado o proponen matrimonio”, explica la defensora comunitaria Gladys Allasí.

Aquí para quedarse

Las defensoras comunitarias del Cusco ejercen la difícil tarea de vigilancia ciudadana de policías y otros funcionarios públicos, y son pruebas de que las mujeres de las comunidades rurales también pueden desempeñar un rol fuera de su hogar. Pero al hacerlo desafían el orden social establecido, por lo que generan reacciones adversas.

“Al comienzo las autoridades se burlaban de nosotras: ‘¿Qué van a saber ustedes, campesinas ignorantes?’”, relata Gregoria Guzmán, quien fue la primera mujer presidenta de su comunidad.

El hecho de conciliar activismo con responsabilidades familiares no es una tarea fácil. Pero las defensoras comunitarias del Cusco lo han logrado porque lo que las motiva es su convicción, solidaridad y compasión, más que el dinero u otros bienes materiales.

Siendo la sostenibilidad el objetivo principal de la CODECC, se puso en marcha un innovador programa de capacitación para que la experiencia y el conocimiento acumulados puedan transmitirse a las generaciones más jóvenes. Y como el 2011 señalará el fin de la ayuda financiera del IDL-CBC al proyecto, debido al retiro de algunas agencias de asistencia internacional del Perú, la organización ha experimentado con la recolección de fondos a pequeña escala y presentado su proyecto al Presupuesto Participativo de la Municipalidad del Cusco.

“Mujeres y hombres tradicionalmente marginados y olvidados han tomado medidas para erradicar la violencia en sus comunidades, lo que ha permitido al sistema de justicia operar en zonas muy alejadas y que de otro modo quedarían fuera de su alcance. Este hecho, sin embargo, no exime al Estado de sus obligaciones en materia de prevención y remediación de las violaciones de los derechos humanos de las mujeres. El reconocimiento de la labor de las defensoras mediante un apoyo financiero es imprescindible. De lo contrario el Estado señala, claramente, que categoriza a estas personas como simples proveedores de un servicio a ciudadanos de segunda categoría”, señala Christine Benoît, la abogada que lidera el proyecto del IDL-CBC desde hace unos seis años.

Según Benoît, las defensoras comunitarias no solo deberían recibir un reconocimiento económico, sino que el Estado debería invertir en mejores equipos de trabajo —por ejemplo, en computadoras para registrar las demandas y los casos seguidos.

Hasta entonces, señalan las determinadas defensoras, la lucha seguirá. Porque están persuadidas, e indudablemente así lo es, de que trabajan en beneficio de sus comunidades, no solo para el presente sino para las generaciones futuras.

“He sido defensora comunitaria durante más de 10 años, y no siempre ha sido fácil. A mí me han insultado y amenazado, y he tenido que lidiar con autoridades insensibles. Pero no abandonaré nunca. Porque ser defensora es una experiencia reparadora. Yo perdí a mi hermana por culpa de la violencia intrafamiliar. Y aunque nunca olvidaré ni perdonaré lo que ocurrió, hallé solaz en la posibilidad de ayudar a otras personas. Como le dije a mi hijo: ‘Estoy sembrando las semillas del cambio, y algún día tú cosecharás lo que yo sembré”, resumió Guadalupe Cuba.

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