Contra la lógica del mal menor

Juan Carlos Ubilluz Doctor en Literatura
Ideele Revista Nº 260
(Foto: Andina)

Los voceros del Frente Amplio han manifestado de distintas maneras que lo peor que puede pasarle al país es la llegada de Keiko Fujimori al poder. También han dicho que esto no significa un apoyo a Pedro Pablo Kuczynski pues este candidato no ha deslindado con el fujimorismo. La verdad es que todo esto es tan divertido como cuando en la segunda vuelta del 2011 Rocío Silva Santiesteban (de la Coordinadora de Derechos Humanos) sostuvo que la exitosa marcha contra Keiko no implicaba un apoyo a Ollanta Humala puesto que dejaba abierta la opción a votar por Humala o votar en blanco. Es como si el Frente Amplio no quisiese optar entre dos alternativas: la lógica del mal menor (PPK es malo pero no tanto como Keiko) y el rechazo a esta lógica (los dos candidatos son tan malos que lo mejor es no escoger). Pero es evidente para cualquiera que está metido hasta el cuello en la primera.

Más allá de lo que este apoyo significa en términos electorales (probablemente no mucho dada la poca capacidad de endosar el voto), quiero argumentar en estas líneas que en esta coyuntura lo peor, el mal mayor, es dejarse arrastrar por la lógica del mal menor.

La mala estrategia del mal menor
Como se sabe, la marcha del “No a Keiko” del 2011 ayudó a inclinar la balanza electoral hacia Humala. Este no se articuló con el siguiente razonamiento: sobre Humala se tienen sospechas de socialismo, de autoritarismo y de violaciones a los derechos humanos, pero de los Fujimori se tienen pruebas de autoritarismo, de corrupción y de violaciones a los derechos. Seamos sinceros: para el votante neutro indeciso (para el votante, es decir, de derecha), la anterior dicotomía se redujo a lo siguiente: de Humala se sospecha el socialismo, pero de los Fujimori se tienen evidencias flagrantes de los peores crímenes de Estado. Y la balanza solo se inclinó hacia Humala cuando este empezó a dar pruebas no de que era inocente de violar los derechos humanos bajo el seudónimo Capitán Carlos sino de que mantendría el sistema económico. De allí la firma de la Hoja de Ruta, donde se comprometió a no tocar las AFP y “mantener el crecimiento económico, con estabilidad macroeconómica”. Y de allí la inclusión a la campaña de notables neoliberales como los Vargas Llosa.

Para los escépticos, estos gestos electorales mostraban que Humala era un lobo con piel de oveja. Pero la verdad acabó siendo que fue una oveja disfrazada de lobo. Digo “acabó siendo” porque no creo que Humala haya sido un mentiroso sino que se dejó involucrar en ese proceso que he llamado en otra parte la buena educación gubernamental. Se dejo incluir, es decir, en el proceso mediante el cual los representantes experimentados de la derecha (el empresariado, los políticos neoliberales y los grandes medios de comunicación) le enseñan a una izquierda inexperta la única manera de hacer las cosas cuando se llega al poder. Ponerse en la posición de aprendiz ayudó a Humala a ganar las elecciones, pero a la vez concluyó con la Gran Transformación en el tacho. Y no hay que olvidar que el primer paso en todo este proceso de la buena educación gubernamental fue aceptar posicionarse como el mal menor.

Volvamos ahora a la elección del 2016, donde una vez más se dio el riesgo de la llegada al poder de un candidato antisistema así como una nueva marcha antifujimorista con lema repetido: “No a Keiko”. Esta vez, sin embargo, la marcha no ayudó a la outsider de izquierda; es más, le hizo daño. Pues al propalar el miedo al fujimorismo, se propiciaron dos tipos de razonamiento. El primero pertenece al elector que vagamente desea un país más justo e igualitario pero que teme las autocracias cleptómanas: “Lo peor que le puede pasar al país es la llegada al poder del fujimorismo. Todas las encuestas sostienen que mientras que Verónika Mendoza no le puede ganar a Keiko Fujimori en la segunda vuelta, Pedro Pablo Kuczinski sí. Ergo, votaré por PPK”. Lo anterior puede sostenerse con una ligera variación: “Lo peor que le puede pasar al país es la llegada al poder del fujimorismo. Todas las encuestas sostienen que mientras que Alfredo Barrenechea no le puede ganar a Keiko Fujimori en la segunda vuelta, Pedro Pablo Kuczynski sí. Ergo, votaré por PPK”.Y el segundo razonamiento pertenece al votante de las clases medias altas y altas con cierta (mala) consciencia social que pensaba votar por Barrenechea: “Yo confío en Alfredo, sería un excelente gobernante, pero no quiero hallarme en una situación en la que tenga que optar por una roja o la hija de un dictador. Ergo votaré por PPK (para tener la posibilidad de optar por un lobbista y la hija de un dictador)”.

Obsérvese, sin embargo, cómo este último razonamiento no es solo producto del miedo a Keiko sino también a Verónika Mendoza. Estamos hablando ahora del temor generado por los medios a que esta última convirtiese a Perú en Venezuela. Irónicamente, un miedo “progresista” (el antifujimorismo) y un miedo “conservador” (el antichavismo) se reunieron en un mismo razonamiento que anulaba el voto esperanzado (Mendoza, Barrenechea) y favorecía al menos malo (PPK). ¿Por qué pasó PPK a la segunda vuelta? Porque todos los caminos del mal menor condujeron a él. Por supuesto, hay todavía otros razonamientos que no puedo reproducir aquí; algunos más ridículos que otros, pero todos con los ojos en las encuestas. Aunque, claro, la razón más visible y cotejable de por qué Verónika Mendoza quedó fuera del balotaje es que los electores de Cajamarca no tenían los ojos en las encuestas y votaron por Gregorio Santos a pesar de que no tenia ninguna opción de ganar.

Ahora bien, el Frente Amplio no organizó la marcha del “No a Keiko”, simplemente la apoyó porque iba en el sentido del eje ético de su programa: transparencia, lucha contra la corrupción, indemnización a las víctimas del conflicto armado y de las esterilizaciones forzadas, etc.. Además, su propuesta política excedía este eje en el sentido de que abogaba por un cambio de modelo económico. Aquí debe reconocerse que el Frente Amplio tuvo la fortaleza de no moderar su posición contra el neoliberalismo. Y que a diferencia de Susana Villarán, supo resistir el llamado a convertirse en una “izquierda moderna”, lo cual quiere decir una izquierda descafeinada1. Prueba de ello es que en el mitin de cierre de campaña, Verónika Mendoza habló sin tapujos de un cambio de constitución. A lo que voy es que el Frente Amplio apostó valientemente por afirmar ciertos principios políticos, pero que no pudo evitar que se instalara en el ambiente electoral la lógica del mal menor.

Si se ha de buscar culpables de la “mala estrategia”, estos serían las fuerzas progresistas que organizaron la marcha del “No a Keiko” o que compartían su espíritu. Me refiero a aquellos que identifican el cambio no con la afirmación de una idea política sino con el intento de moralizar las acciones del Estado. A fin de cuentas, el pensamiento de que la ética regulatoria vale más que la política emancipatoria fue el viento contemporáneo que dio todas sus alas a Julio Guzmán y luego, en menor medida, a Verónika Mendoza. Por desgracia fue un viento inconstante. En el caso de Guzmán, los defensores de la ética no demostraron demasiado tesón para defender a su candidato contra el procedimiento burocrático. Y en el de Mendoza, muchos la abandonaron por PPK cuando vieron en el horizonte la llegada de “lo peor”.

La segunda vuelta no trae consigo una mejor atmósfera: pues sin ninguna conversación previa con PPK, el Frente Amplio le ha dado su apoyo implícito. Lo cual genera una serie de preguntas: ¿por qué ahora, por qué tan pronto? ¿No podía intentarse negociar el apoyo a PPK a cambio de algunos puntos del programa del Frente Amplio? ¿No era esta la oportunidad de tratar de imponerle a la derecha algo del programa de la izquierda? Entonces, ¿por qué el apuro? Si las elecciones se deciden dos semanas o incluso una semana antes de ir a las urnas, ¿por qué no intentar primero hacer valer algo del programa político antes de tomar la decisión ética?

La respuesta es evidente: atizado por el riesgo inminente de “lo peor”, el viento de la ética sopla con mayor fuerza e impone desde el saque la lógica del menos malo. De manera que el Frente Amplio no puede tomarse siquiera unas semanitas para jugar al póquer con PPK.

De la excepción a la regla excepcionalmente aplicada
Dicho esto, ¿qué significa exactamente optar por el mal menor? Significa lo siguiente: “Keiko y PPK son lo mismo en términos de política económica, pero si bien sobre PPK tenemos sospechas de que podría ser autoritario, corrupto y genocida, de los Fujimori tenemos pruebas. Y para gente así no hay lugar en nuestra democracia”. Sin embargo, hay que preguntarse, ¿es esto cierto?, ¿realmente no hay lugar?, ¿por qué se considera al fujimorismo tan exterior a nuestra historia republicana?, ¿por qué pensar en la década de los noventa como la excepción a la regla democrática?

Se me dirá que Fujimori fue el autor del famoso autogolpe del 5 de abril que puso fin al proceso de democratización que se inició con la Constitución de 1979. Esto es cierto, pero también lo es que el autogolpe tuvo un respaldo popular casi unánime y que luego ganó limpiamente las elecciones de 1995 y que en el 2000 no estuvo lejos de ganar; de hecho, obtuvo un porcentaje de votos mayor al de Keiko en la primera vuelta de ese año. El fujimorismo no es un fenómeno ajeno a la democracia electoral: dados los resultados electorales en los últimos veinticinco años, nuestra democracia es la casa del fujimorismo. Se me dirá, quizás, que Fujimori ejerció cruentamente la violencia de estado, pero cualquier persona que ha leído el Informe de la Comisión de la Verdad y de la Reconciliación sabe que fue un bebé de pecho comparado a los genocidios de los gobiernos de Alan García y de Fernando Belaunde Terry, de quien no se deja repetir de manera delirante que fue un caballero. La ignominiosa frase de Jorge Trelles: “Nosotros matamos menos”, no debería llenar de vergüenza al fujimorismo sino al mismo orden democrático. Se me dirá entonces que el gobierno de Fujimori fue el más corrupto de nuestra historia. Y aquí concedo que solo se puede replicar a medias (o a cuartos). Si bien la corrupción ha sido la norma en el Perú, el fujimorismo fue una eficiente máquina para robar que descolló sobre cualquier otro gobierno republicano. Se me dirá finalmente que Alberto Fujimori puso la cereza en el pastel cuando decidió fugarse al Japón en un momento crítico de nuestra historia. Sin duda no fue muy elegante, pero no se compara a cuando el presidente Manuel Ignacio Prado se fugó del país en plena guerra con Chile.

Hay que reconocerlo: el fujimorismo no es la excepción a la regla democrática. Es más bien la regla (implícita) aplicada de manera excepcional. En el Perú siempre ha habido autoritarismo, corrupción y genocidio, pero el gobierno de Fujimori fue el clímax de todo aquello.

Aquí me debo corregir; no borro la frase anterior para que se vea lo fácil que es caer en mitologías. Como yo mismo lo sugiero arriba, el fujimorismo es la apoteosis de la corrupción en el Perú, pero de ningún modo del genocidio y del autoritarismo. Quizás sería mejor decir que es un suntuoso abanico de todos los males que han operado en nuestra historia democrática. Para ser más preciso, el fujimorismo es el suplemento obsceno de la democracia peruana en el contexto de la globalización. Entiendo por suplemento obsceno una ley nocturna, transgresiva, que sostiene el orden diurno, plenamente legal. Así, por ejemplo, el gamonalismo fue durante gran parte del siglo XX el suplemento de la república aristocrática. De hecho, la gran hacienda fue una suerte de campo de concentración para los indios que ayudó a que nuestra república liberal siguiese favoreciendo a unas pocas buenas familias peruanas. Y para volver alfujimorismo, este periodo obscenamente transgresivo fue el lubricante que facilitó la penetración del capital extranjero.

Si se ha de buscar culpables estos serían las fuerzas progresistas que organizaron la marcha del No a Keiko o que compartían su espíritu. Me refiero a aquellos que identifican el cambio no con la afirmación de una idea política sino con el intento de moralizar las acciones del Estado. (Foto: Getty Images).

De igual manera, el fujimorismo es el fundador evanescente de la democracia contemporánea. Sin el autogolpe del 5 de abril ni la Constitución del 93, nuestra democracia no estaría tan claramente orientada a satisfacer los intereses del gran empresariado. Pero ahora, después de más de una década de ver que la democracia puede manejarse dentro del capitalismo sin fraudes ni autogolpes, es decir, después de comprobar la viabilidad de nuestra democracia administrada, los hombres de negocios sienten que ya no necesitan a su fundador suplementario y apuestan por alguien que reconocen como uno de los suyos, PPK. A partir de ello, se instala retroactivamente en el espectro político una derecha anti-democrática y otra democrática, una nocturna y otra diurna. La nocturna hizo el golpe de estado el 5 de abril y la diurna respeta la ley y las instituciones. Pero la verdad es que la una no puede existir sin la otra. Si ha de mantenerse en el poder, la derecha diurna precisa de su suplemento nocturno, el cual ha seguido funcionando mucho después de la dupla Fujimori-Montesinos. Es sin duda este suplemento el que permea nuestra forma democrática para concretar el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica, privilegiar los intereses de las empresas mineras sobre los reclamos medioambientales de las comunidades indígenas, resolver la protesta social mediante la criminalización por decreto y la declaración del estado de emergencia, y producir entre los años 2006 y 2015 alrededor de 264 muertos y 4476 heridos en los conflictos sociales2. Pero, además, cuando la derecha diurna se ve confrontada a “la amenaza roja”, no duda en convocar abiertamente a su suplemento. Así lo hizo PPK en la segunda vuelta del 2011, cuando recordó emocionado que Alberto Fujimori acabó con el terrorismo y la hiperinflación mientras la masa fujimorista gritaba PPKeiko3. Y si esto puede parecer el producto de la emoción del momento, no vendría mal revisar cómo, en una entrevista de ese mismo año, PPK sostuvo que Fujimori no fue un dictador sino que se vio obligado a ser “duro”4.

Hay, por supuesto, diferencias entre el fujimorismo y los gobiernos que vinieron después. La principal es que durante aquel el suplemento obsceno quiso salir del sótano, echarse sobre la arena y exhibir sus genitales al sol. Recuérdese cómo Fujimori presentó a Vladimiro Montesinos en televisión luego de la operación Chavín de Huántar. El fujimontecinismo fue, así, una indagación siniestra sobre cuán prescindible es la apariencia de legalidad. Fue un laboratorio social en el que se probaba cuánto podía soportar el público la verdad obscena de la democracia peruana. Y lo que pretende la derecha eligiendo a PPK es que la verdad regrese al sótano. Sin saberlo, la izquierda participa en esta tarea de maquillaje estatal. Cuando se rasga las vestiduras con frases como: “No podemos elegir a la hija de un dictador”, no dice más que: “No podemos permitir que el suplemento obsceno funcione sin su apariencia democrática” o “No podemos permitir que se nos muestre eso que debería operar escondido”. No debería sorprender, desde hace tiempo la izquierda viene demostrado su buena disposición a hacer el trabajo de la derecha.

Del simulacro a la idea política
Regresemos a la segunda vuelta. A fin de que la hija del dictador no llegue al poder, las fuerzas progresistas han convocado a una nueva marcha para el 31 de mayo. Aunque, en realidad, el objetivo es más modesto. Dado que el fujimorismo es ya la primera fuerza política del país y pronto tendrá más de la mitad de los curules en el congreso, tan solo se persigue impedir que un mismo partido tenga el control del ejecutivo y del legislativo. En otras palabras, se busca asegurar el balance de los poderes del Estado, impedir que el fujimorismo tenga el poder absoluto. ¿Y cuál es ese contrapoder en el que se confía para frenar a los herederos de Alberto Fujimori? PPK.

Lamentablemente para las fuerzas progresistas, el desastre ya ha ocurrido y, pase lo que pase en la segunda vuelta, el Ejecutivo y el Legislativo trabajarán juntos para favorecer legal e ilegalmente al gran capital, sin detenerse a considerar la precarización del trabajo, los daños ecológicos, la corrupción de funcionarios públicos, etc. Hay que decirlo claramente: de una u otra manera se nos viene la noche.

En este contexto la nueva marcha del “No a Keiko” no puede ser más que un simulacro de política. Por el término “simulacro” no me refiero a una imagen falsa o a un espectáculo que distorsiona la realidad. Siguiendo a Jean Baudrillard, me refiero a una simulación que enmascara una ausencia5. Más precisamente, la marcha anti-fujimorista es un espectacular rito de indignación que disimula la ausencia de una alternativa política seria. Esto no quita que muy probablemente la marcha vaya a ser un éxito. Miles de jóvenes saldrán a las calles a gritar consignas como “Fujimori nunca más” o “Detengamos a la mafia”. Los colectivos de artistas encontrarán maneras muy creativas para expresar su rechazo a los crímenes del fujimontecinismo. Los políticos marcharán también y harán lo posible para capturar con la palabra justa la marea de descontento. Y la mayor parte de los medios de comunicación alabarán el ethos democrático de la ciudadanía. Pero es aquí donde uno debe sospechar la simulación. Porque si los medios pueden alabar así a las fuerzas progresistas, es porque la marcha no trae consigo nada peligroso. En el 2011, los medios sospechaban que la idea política escondida detrás de la marcha era La Gran Transformación. Pero esta vez lo único que esconde es la ausencia de una idea.

En realidad, la única salida honesta a este atolladero es la negación de la negación, es decir, la negación de esa cómoda negación al fujimorismo basada en las lógicas del simulacro y del mal menor. Esto significa que, ante la pregunta: “¿Quién es peor: PPK o Keiko?”, hay que atreverse a responder: “Los dos son peores”. No se trata de nihilismo. Se trata de reconocer que el rito de indignación ética no basta contra Fuerza Popular. No basta para detenerlo en las elecciones ni como el suplemento obsceno que dirige nuestra democracia administrada. Tan solo basta para que las fuerzas progresistas puedan convertir su impotencia en sentimiento de pureza democrática. 

Una vez reconocido el vacío de la posición estrictamente negativa, se puede comenzar a pensar por qué votan por Keiko los sectores más pobres de la población. Porque si se me dice que lo hacen debido a su ignorancia o a la repartición de víveres, me produce la misma sensación que cuando escuché a PPK comentar que los pobladores andinos quieren modificar los contratos con las empresas extractivas porque “la altura impide que el oxígeno llegue al cerebro”. Quizás, entonces, haya que invertir el lente y pensar por qué las fuerzas progresistas del “No a Keiko” tienen más en común con los sectores A y B que con los D y E de la población. Quizás haga falta pensar en serio por qué estas fuerzas son tan poco populares y por qué, quizás, no son tan progresistas como lo imaginan.

Y después de este esfuerzo de humildad, solo después, se puede comenzar a trabajar con las fuerzas organizadas de la población para forjar un proyecto político verdaderamente popular. Algunos de los partidos que conforman el Frente Amplio ya han avanzado en esta labor. Si el Frente ha de refundarse, el objetivo debería ser el de potenciarlo. La codiciada unidad de izquierda no es más que un tema secundario que atañe a los autodenominados representantes del pueblo. Lo principal en esta coyuntura es descender de las altas esferas representativas para disputar al fujimorismo el respaldo de la población. En este sentido, los veinte congresistas electos solo serán importantes si funcionan como caja de resonancia de esta ardua lucha.

El Frente Amplio es la posibilidad de la posibilidad. Es la posibilidad de que en cinco o diez años tengamos la posibilidad de votar por un fuerte movimiento popular y nacional. Si la posibilidad no se realiza, nos veremos discutiendo sobre si la unidad de izquierda debe incluir a Susana Villarán o sobre si la nueva marcha antifujimorista debería variar la consigna de las anteriores o repetirla con una ligera modificación: “No a Kenji”.


1Sobre la trampa de la “izquierda moderna”, leer el excelente artículo de Stephan Gruber “Desde la izquierda”. http://esahora.pe/author/stephan-gruber/
2Fuente Defensoría del Pueblo.
3Ver las declaraciones de PPK en el mitin de cierre de campaña de Keiko Fujimori en el 2011 en: https://www.youtube.com/watch?v=rXo-vHDCQnI .
4Ver la entrevista a PPK en el programa Agenda Económica en:https://www.youtube.com/watch?v=2cJImWiaTKM .
5Consúltese Jean Baudrillard, Cultura y simulacro. Barcelona: Kairos, 2014. P. 18.

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PARECE QUE EL ARTÍCULO NO

PARECE QUE EL ARTÍCULO NO CONTEMPLÓ LA VARIABLE DE LA PRESENCIA DEL NARCOTRÁFICO EN LAS GESTIONES FUJIMORISTAS. SERÍA BUENO QUE EL AUTOR EFECTÚE UN ANÁLISIS DE ESA COMPONENTE CUYA IMPORTANCIA NO ES DESDEÑABLE YA QUE PARECE QUE SOMOS LOS MAYORES PRODUTORES DE COCAINA.

Sesudo análisis. La pregunta

Sesudo análisis. La pregunta que me hago es: ¿Desde qué alturas y con qué enfoque analiza la realidad don Juan Carlos?. He leído todo, todito el documento; y el académico, con todo respeto a lo académico y a los/as académicos, es solo eso, un sesudo análisis académico. Pienso que la realidad que nos está cacheteando y que no dá para más es la del grave, gravísimo y profundo resquebrajamiento de la estructura ética y moral de nuestra sociedad. Y aquí, todos somos responsables, incluyendo al analista. ¿Cómo superar esto?. Esto no lo arregla ni K, ni PPK, Esto es tarea de todos, pero obvio, se necesita educación y HHs.

De acuerdo con Diego García

De acuerdo con Diego García Sayán, KF y PPK no son la misma cosa. Encarnar los planes malvados de una dictadura corrupta y populista es diferente a no haber sido parte de ese régimen. Abusar del poder para el manejo arbitrario y corrupto de la caja fiscal es diferente al manejo austero y responsable desde el 2001. Por consiguiente, en la segunda vuelta se necesita contrapeso de poder y tolerancia. KF representa el MAL MAYOR, PPK el mal menor. Por consiguiente, quienes están llamando a no acudir a votar o votar en blanco o viciado están trabajando para que gane el mal mayor. Solo hay dos opciones, votemos por el mal menor.

Este articulo, es pura

Este articulo, es pura apologia al Fujimorismo, y se desenmascara cuando concluye que:¨ la salida al atolladero es la negacion de la negacion al fujimorismo¨. Es decir, concluyo yo, la afirmacion del Fujimorismo, por que toda negacion de la negacion es afirmacion.

Entrevista