La estocada maestra

Ideele Revista Nº

Hace veinte años y pocas semanas, el 4 de junio de 1990, un grupo apretujado de periodistas recorrió el jardín, los cuartos, la estrecha escalera y los pasadizos de una casa en Monterrico, plena de secretos recién abiertos, de desnudada clandestinidad.

Dentro, había el silencio y los murmullos de un museo que estrena una exhibición sorprendente, de aquellas que cambian la visión de una era nebulosa y muestran los objetos que aclaran y documentan lo que antes solo se entrevió.

Fuera, en el jardín, el ambiente era diferente. Había el aire de satisfacción mal contenida, con un toque de tristeza, que dan los triunfos inesperados y tardíos. El entonces ministro del Interior, Agustín Mantilla, declaró que estábamos en lo que había sido el cuartel general de Sendero Luminoso. Se trataba nada menos que del sistema nervioso central del senderismo, dijo el jefe policial, general Fernando Reyes Roca. Y Fernando Yovera, treinta kilos más joven, que era el encargado de prensa del Ministerio, no quiso resistir la tentación del chascarrillo: era una pena, dijo, pero ahora sí los senderólogos quedaban desempleados.

Nos habían convocado para una conferencia de prensa en la avenida España y de ahí, con los aires de misterio que a veces se afecta en tours a Disneyworld, nos subieron a autobuses y llevaron a la casa de Monterrico.
El lugar no resultó ser finalmente ni el cuartel general ni el sistema nervioso central de Sendero, pero sí algo casi tan importante: su dirección administrativa, archivo y repositorio. Cada cuarto rebosaba con objetos y documentos que revelaban aspectos previamente desconocidos de Sendero Luminoso, desde la metodología insurreccional hasta el folclore y la artesanía del maoísmo hiperventilado. 

Pero lo que muchos vimos, fue que por primera vez en los entonces diez años de insurrección, Sendero había sufrido mucho más que un golpe contundente; la captura de la casa de Monterrico era un revés estratégico que, por poco que se aprovechara bien, podría cambiar en forma decisiva las suertes de la guerra interna que hasta entonces perdían el Estado y la sociedad peruana.

Ya se sabía en esas fechas quién se iba a hacer cargo del Gobierno. Alberto Fujimori había aplastado a Mario Vargas Llosa en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, para satisfacción, que el tiempo demostraría cretina, de las izquierdas; y alarma de las derechas, que poco a poco devendría gozosa plenitud.

Especular sobre ucronías no tiene sentido práctico. Pero creo que si no hubiera habido el tipo de transición de mando que ocurrió —con extensas purgas de lo mejor que tenía entonces la Policía y subordinación de todo el aparato de seguridad a la consolidación de Montesinos en el poder—, la iniciativa ganada por aquel grupo hasta entonces desconocido del GEIN, bajo la protección y liderazgo que, en forma decisiva, confirieron Reyes Roca y Mantilla durante esos meses, hubiera acortado los plazos y probablemente la captura de Guzmán, en lugar de en septiembre de 1992, se hubiera producido hacia fines de 1990 o en la primera parte de 1991.

Algo aparte, en medio de un grupo de detectives veteranos de la Dircote, se encontraba la persona a la que Reyes Roca atribuyó sin dudar el mérito de ese fascinante hallazgo de arqueología policial: el entonces mayor Benedicto Jiménez.

La guerra interna no terminó con esa hazaña, y aquella incierta categoría de analistas agrupados bajo el neologismo de senderólogos continuó elaborando sus diagnósticos contradictorios algunos años más, especialmente para los corresponsales y reporteros que precisaban alguna cita presuntamente experta a partir del cuarto o quinto párrafo de sus despachos.

El cambio de liderazgo de la nación, entre tanto, iba a tener un efecto también remecedor, pero en forma que entonces (con la probable excepción de Vladimiro Montesinos) nadie imaginó.

Pero era ya tarde, en más de un sentido. Pese al avance persistente de Sendero (cuando se declaró, por primera vez, el Estado de Emergencia, en octubre de 1981, apenas un 2% del territorio nacional fue afectado por él; mientras que en 1990, más del 50% del país se encontraba bajo declaratoria de Emergencia), la mayor parte de la población en Lima sentía en 1990 que la devastación producida por el colapso económico —la desbocada inflación en 1990 era de alrededor de 40% al mes— era peor que la violencia senderista: el 81% sostenía en las encuestas de entonces que la inflación era el peor problema del país, contra 55% que pensaba que era “el terrorismo”.

Pero aunque la hiperinflación asolaba ingresos y competía en el sabotaje a estructuras e instituciones con los dinamiteros senderistas, el crecimiento de la violencia insurreccional era continuo. Mientras que en 1988, 5 personas murieron cada día como resultado de acciones senderistas o contrainsurgentes, 9 murieron diariamente en 1989 y 10 en la primera parte de 1990.

Sendero había crecido muy rápidamente y tenía problemas reales de comando y control, complicados por la salud de Abimael Guzmán, cuyo padecimiento de policitemia le impedía mantenerse en la sierra, mientras que la psoriasis exigía remedios y tratamientos difíciles de mantener en las rudas condiciones de la selva. Hasta entonces, la ceguera de los organismos de investigación e inteligencia le habían hecho fácil la clandestinidad en Lima; pero el golpe del GEIN a la casa de Monterrico había cambiado por completo esa situación.

El cambio de liderazgo de la nación, entre tanto, iba a tener un efecto también remecedor, pero en forma que entonces (con la probable excepción de Vladimiro Montesinos) nadie imaginó.

Durante la campaña presidencial, cuando tuve que redactar análisis para la prensa extranjera sobre lo que estaba en juego en el país, escribí que los votantes tendrían que elegir entre el cirujano y el acupunturista.El Perú era una nación herida y enferma. Nadie dudaba respecto de la necesidad imperiosa de una terapia de emergencia. Y Vargas Llosa describía con descarnada honestidad el tipo de cirugía heroica que iba a realizar para devolver la estabilidad y crecimiento al Perú después de larga y dolorosa convalecencia. Fujimori, en cambio, prometía los indoloros milagros curativos de la acupuntura. Todos sabían que no había anestesia.Fujimori despertó al comienzo muchas esperanzas, con la indulgencia que propician los triunfos electorales. Es verdad que cuando se disfrazaba de tal, se veía un samurái medio bamba; que el caso de Pampa Bonita no demostraba precisamente honestidad y que hasta sus intoxicaciones con bacalao eran fingidas, pero aun así mantuvo una gran expectativa mientras la gente esperaba una taumaturgia de acupunturista prodigioso.

Lo que le dio a la gente, como se sabe, fue un quirófano machetero, al lado del cual las medidas que enunció Vargas Llosa camino a la derrota eran meras sesiones de shiatzu. Pero a esas alturas la gente estaba ya tan desesperada que no tuvo fuerzas para siquiera exigir, como Condorito, una explicación.

Fueron tiempos de oscuridad, destrucción y peste. La recesión económica era tan profunda, que el producto bruto interno per cápita descendió hasta el nivel de 1955. Es decir, los peruanos no avanzaron hacia sus nietos sino hacia sus abuelos. Llegó el cólera y se expandió por el país, mientras Fujimori le hacía la desautorización del cebiche a su Ministro de Salud. Diarreas explosivas, vómitos de exorcista, junto con apagones, explosiones, agua racionada y otra que salía por las cañerías con sospechosas características de desagüe: eran los males que llamaban al milagro.

Los canales de televisión, especialmente el que tenía a aquel locutor de voz fúnebre al que llamaban el Obispo, empezaron a descubrir vírgenes que lloran, sobre todo una en Carmen de la Legua. Los milagros fueron del tipo ordinario de prodigios: tullidos que arrojaron las muletas, mudos que hallaron el discurso y “ciegos que encontraron el color”.

Poco después llegó a Lima el curandero espiritista Joao Texeira, quien supuestamente operaba con cuchillo de cocina y suturaba con hilo de costurera. Aquí avanzó en técnica y farmacopea: ofreció convertir las botellas de agua mineral en el remedio indicado para cada mal de cada paciente en la muchedumbre de dolientes.

Cuando lo trajeron a Lima, confluyó prontamente una multitud al coliseo deportivo donde iba supuestamente a curar. Todos los males, las llagas, las deformidades y las agonías se aglomeraron y acamparon en busca del milagro.

Texeira estuvo apenas un día y medio administrando magia, con pobres resultados. Luego se escabulló, apareció al lado de Fujimori, a quien hizo mover un dedo lesionado y se fue con la promesa de volver como invitado oficial del presidente que, como escribí entonces, había llegado “a la presidencia por las mismas razones que hicieron llorar a las vírgenes y curar a Texeira”.

Ése era el Perú de hace veinte años. A las desgracias de la guerra interna se sumaban las del pésimo gobierno.

Ignorada durante muchos años, pese a la recurrencia insistente de apagones y a los eventuales atentados, la insurrección senderista se cerraba sobre la capital. Pero también conquistaba, asolándolas, zonas nuevas en el país.
A fines de 1990 viajé a la región del Ene, donde los asháninkas de Cutivireni, guiados por el sacerdote franciscano Mariano Gagnon, resistieron con las armas el avance senderista sin poder evitar que la misión fuera arrasada. Perseguidos hasta el reducto montañoso de Tzibokiroato, los asháninkas resistieron pese a que con el paso del tiempo decaía su esperanza, hasta que —en lo que fue una de las olvidadas hazañas de gran heroísmo en la guerra interna— Gagnon y algunos colaboradores tomaron la decisión desesperada de intentar un rescate aéreo. Los asháninkas convirtieron un campo ladeado en la cima de la montaña en algo que llamaron pista de aterrizaje. Yo la sobrevolé y pensé que lo único que podría ocurrir ahí era un accidente antes que un aterrizaje.

Sin embargo, el piloto Armando Velarde realizó más de veinte vuelos de evacuación de los refugiados en apenas tres días, ayudado por los pilotos de Alas de Esperanza (que hicieron más de 10 vuelos por su cuenta). Entre Tzibokiroato y Kiriyeti, al otro lado de los Andes, las pequeñas aeronaves y sus magníficos pilotos hicieron un puente aéreo que salvó a 169 asháninkas de la muerte inminente y les permitió iniciar una vida nueva en territorio matsigüenga.

Compilar los hechos de esos años es narrar lo extraordinario como si fuera cotidiano. Y lo fue. Sin la espectacularidad de un puente aéreo, decenas de distritos y comarcas vivieron, protagonizaron y sufrieron angustiosas gestas de lucha y sobrevivencia. Algunos, como los Decas del VRAE, prevalecieron y lograron vencer, por lo menos en esos años. Otros murieron, luego de resistir hasta el fin.

Pese a las campañas de amnesia de la canalla fascistoide que quisiera borrar la historia, oscurecer el pasado para que algunos corruptos y asesinos logren la impunidad a costa de condenar a los héroes al olvido, hay nombres que han quedado. Son apenas una fracción de los que debieran ser recordados, pero por ahora su memoria representa a los que por olvido las perdieron. Aquí en Lima vimos el sacrificio de María Elena Moyano y el de Pascuala Rosado. En Huancasancos, en una terrible emboscada senderista en 1992, murieron el capitán EP Luis Garrido, el subprefecto Joaquín Núñez, el fiscal Dionicio Huamaní, el juez de paz Ernesto de la Cruz, el gerente de la microrregión Jesús Figueroa, el chofer Sufranio Sumario. Y junto con ellos, diez soldados de escolta y además quien era entonces el alcalde provincial, Ananías Sumari.

Maestro de escuela, Ananías Sumari tomó todos los riesgos en enfrentar a Sendero en el eje de Lucanamarca, Huancasancos y Sacsamarca, y luego, como escribí en su obituario, “de reintegrar Huancasancos al Perú. Hacerlo le costó transitar desarmado los peligros físicos de las carreteras solitarias… —donde varios murieron interceptados por senderistas— y enloquecer en los meandros kafkianos de la burocracia estatal.… cuando en noviembre de 1983, quisieron realizar elecciones municipales para renovar autoridades asesinadas o fugadas, ni el comando político-militar de Ayacucho, ni el JNE lo permitieron. Ellos hicieron su elección, pese a todo. Y luego batallaron, hasta lograrlo, por convertir a Huancasancos en provincia”.

Esos líderes fueron la resistencia, la mejor fuerza democrática cuyo mérito Fujimori y Montesinos sabotearon e intentaron usurpar. Pese a su esfuerzo denodado, Sendero avanzó, y recibió la ayuda del golpe de Estado del 5 de abril de 1992. Entre abril y septiembre de ese año, Sendero logró efectuar paros armados en Lima en los que ni siquiera el Ejército salió de sus cuarteles. Entre tanto, pese a los éxitos continuos del GEIN, Fujimori y Montesinos invirtieron mayores esperanzas en el Grupo Colina.

Hasta que en septiembre de 1992, la estocada maestra del GEIN capturó a la abeja reina de Sendero y con ello cambió abrupta y dramáticamente el curso, el resultado de la guerra de un momento al otro.
Pero ése no fue un camino de un solo paso. Había empezado más de dos años atrás, hace veinte hoy día, en aquella primera intervención a la casa de Monterrico. Y a partir de ella, con la metodología precisa, la austera moral, los valores democráticos y el liderazgo ilustrado de sus jefes, el GEIN construyó, pese a estar acosado por psicosociales, supercherías, envidias y corrupciones, el camino a la victoria. Montesinos y Fujimori se la confiscaron de inmediato, como trataron de hacerlo otros después. Al final, por cierto, fracasaron.

Aunque ahora, veinte años después, la canalla intente volver al poder que en parte ya detenta. En nuestro país, la realidad lo indica, los héroes que no mueren, se desgastan o se olvidan. Los villanos, en cambio, siguen operativos.

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