La izquierda (re)unida
Susana Villarán se ha convertido en un fenómeno renovador de la política peruana, particularmente para la izquierda. Esto es así tal vez más por lo que ella representa que por lo que realmente pueda hacer desde el Municipio. Con ello no pretendo desmerecer sus propuestas programáticas ni su capacidad técnica: sin duda, Fuerza Social hará una buena gestión pública, que, además, tendrá mayor énfasis social que la de Castañeda. Sin embargo, la mayor transformación tendrá lugar en el imaginario colectivo, pues se habrá legitimado un discurso diferente que parecía proscrito en Lima. Se ha abierto una grieta en el monopolio total que la derecha mantenía sobre la capital.
En la Lima de nuestros tiempos, una autoridad electa que utilice el concepto “derechos humanos” ya significaría una revolución. Una gestión capaz de incorporar las recomendaciones de la Comisión de la Verdad y Reconciliación en su discurso y en su práctica significaría ya el anuncio de nuevos tiempos. Un municipio metropolitano que cumpla la ley y convoque al Presupuesto Participativo, que capacite a los líderes sociales y promueva la planificación concertada de la ciudad... ése sí que sería un verdadero “cambio radical”.
Participación, transparencia, derechos, justicia, inclusión: ésa es la agenda que inquieta a una derecha acostumbrada a gobernar con estilos autoritarios y corruptos, estableciendo relaciones clientelistas con los ciudadanos y administrando un modelo injusto y excluyente. En la medida en que esa agenda alternativa está siendo legitimada por una intención de voto inédita en la Lima de los últimos 20 años, ya se ha producido una transformación importante. En tanto la confluencia de izquierda llegue al municipio e implemente políticas coherentes con esa agenda y que, además, produzcan resultados visibles, se abrirá la posibilidad de romper la hegemonía y los sentidos comunes mayoritarios en nuestra ciudad. Aparecerá la posibilidad de acabar con el “así es la política” y el “no podemos hacer nada”.
La ultraderecha apostó por una campaña absurda que buscaba colocar a Susana Villarán muchísimo más a la izquierda de lo que aparece en el mundo real. Si Lima está dispuesta a votar por Susana a pesar de la millonaria campaña antiizquierdista, significa que hoy menos personas le tienen miedo a la palabra “izquierda” y que los fantasmas del pasado están empezando a ser superados. Eso no puede ser sino positivo para el país, para su democracia y, obviamente, para su izquierda. Como dice una imagen que ha estado circulando por Internet: “La izquierda existe. Acostúmbrense”.
El fenómeno Susana Villarán significa el inicio de una transformación importante y positiva en el imaginario colectivo de la capital y, en esa medida, en el mapa político del país.
Significa también el inicio de una transformación no menos importante en la misma izquierda. Esta segunda transformación tiene un nombre: unidad. Me sumo al análisis de Nelson Manrique en un artículo reciente: con estos resultados se demuestra que a la izquierda unida le va bien, y a la izquierda desunida le va pésimo. ¿Cómo así la izquierda pasó de los desastrosos resultados presidenciales a estos auspiciosos resultados municipales? ¿Cómo así Fuerza Social subió del 2% al 13% antes de la tacha a Kouri?
Una parte importante de ese crecimiento es voto propio, voto por Susana Villarán. Pero otra, también importante, obedece a que se trata de una candidatura en la que confluyen tendencias distintas. En Lima existe un voto izquierdista para el cual las izquierdas desunidas no resultan muy atractivas: unos parecen demasiado radicales, otros demasiado moderados, y, en general, se presentan como proyectos inviables en los que prevalecen egos e intereses personales. Pero cuando la izquierda es capaz de confluir alrededor de un programa, la cosa cambia.
Ése fue un factor que ayudó a que Susana Villarán superara la liga del 5%, donde se ubican los candidatos con voto propio pero sin presencia en los medios. Una vez que se logró colocar en un expectante tercer lugar, su programa, su simpatía y sus méritos propios, sumados a la guerra sucia contra ella, permitieron el crecimiento acelerado posterior a la tacha a Kouri.
La lección es, entonces, la unidad. Una unidad que ha implicado madurez. Una izquierda unida fructifica cuando los actores que participan de ella son lo suficientemente maduros para dejar de lado sus severas diferencias ideológicas y cooperar en torno a un programa concreto. Sinceramente, hace un año hubiera considerado imposible que el MNI, Tierra y Libertad, Lima para Todos y Fuerza Social confluyeran en cualquier proyecto común. La confluencia me sorprendió muchísimo y muy gratamente.
Esta madurez habla muy bien de los partidos involucrados. Habla muy bien de Susana, a quien yo creía muchísimo más a la derecha y de quien pensé que no hubiera querido tener ningún tipo de relación con un frente como el MNI, donde participa el PC del P. Y habla asimismo muy bien del MNI, de quienes yo creía que no hubieran tenido ningún interés de participar en un espacio tan centrista y en el que no tendrían hegemonía.
Para la izquierda, para Lima y para el país, Susana Villarán es una buena noticia. Sin embargo, resulta necesario problematizar este optimismo. La unidad no es un valor neutro: su valor tiene que ver con las transformaciones reales que la correlación de fuerzas al interior de dicha unidad pueda permitir. Como he señalado, en nuestra capital un discurso a favor de los derechos humanos y de la participación ciudadana es ya una transformación revolucionaria.
Sin embargo, espero que los participantes en esta confluencia no pierdan de vista otro elemento clave dentro de una perspectiva de izquierda: la transformación de la economía. Transformar la economía no consiste en ampliar y mejorar programas sociales compensatorios: éstos solo sirven en la medida en que el modelo económico produce exclusión. Una izquierda que no apueste por superar el neoliberalismo, que no luche por ampliar los derechos laborales, por promover la economía comunitaria, cooperativa y solidaria, y por defender la producción nacional, sería casi una izquierda sin alma, limitada a defender los mínimos comunes de la democracia en vez de enfocarse en profundizarla.
Me preocupa que Susana Villarán haga tanto énfasis en el ejemplo de Bachelet en Chile, un socialismo que no fue siquiera capaz de dejar atrás la Constitución de Pinochet, un socialismo con las manos tan atadas que se contentó con administrar “bien” el sistema heredado. Me preocupa que, por deslindar con Chávez, no se anime ni siquiera a mencionar a Evo Morales o a Rafael Correa, dos notorios líderes de la izquierda latinoamericana que han apostado por transformaciones más profundas y con los que se puede discrepar, pero a los que no se puede invisibilizar.




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