Homenaje: Marcos Gheiler

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Muchos seguiremos sintiendo la presencia de Marcos Gheiler pese a su repentina muerte. Fundador del Centro de Desarrollo Humano y Creatividad, cuyo objetivo es formar docentes capaces de orientar a los alumnos en su crecimiento y desarrollo psicológico. Un apasionado por su familia, amigos, el psicoanálisis, la docencia, la historia judía, el violín, los cactus y los jardines hechos por él mismo. Siempre vital, lleno de proyectos. Una vida plena de sentido, que dejó con valentía y dignidad, sin ocultar su pena.

Reproducimos algunos de los textos que escribió para ideele.
 
Queridos logros personales…
Estoy en una tarea no tan secreta: romper un mito, o tal vez un deseo muy generalizado entre los psicoanalistas: que un acto analítico pueda ocurrir solamente en el consultorio. Comparto con Max Hernández la idea de que “el mundo sería mejor si una mitad escuchara analíticamente a la otra mitad”.
Aspiro a que esto ocurra en el aula, a que los educadores desarrollen una mentalidad analítica que garantice un pequeño paso hacia un mundo menos malo. A que se les brinde, en su formación, los elementos —y las facilidades— para desarrollar una capacidad analítica de entendimiento, no solo del mundo psíquico de sus alumnos, sino también del valor de la subjetividad en las relaciones humanas. Conocerse más a sí mismo y, desde allí, poder ser más tolerante respecto de las limitaciones de sus pupilos, aunque no por eso menos exigente, ni con ellos ni consigo.
Que la idea de Freud acerca de un educador analizante ocupe algún día el lugar central de estudio que merece, y que los grandes teóricos del psicoanálisis profundicen en ello y lo enseñen. Que no nos quedemos, como ocurre por algún extraño motivo todavía no suficientemente entendido, centrados en nuestros pacientes, que es, creo, una manera de quedar centrado en uno mismo; ni atrapados en un rechazo a la educación, cuyas expresiones más inmediatas son por todos conocidas; pero aquellas otras, las más fatales para la sociedad, son menos visibles. En este sentido, mi mayor satisfacción es que me haya tocado en suerte el haber sido partícipe y testigo de excepción de cambios y transformaciones fundamentales en los maestros (ideele n.° 161, marzo del 2004).
Si en mis manos estuviera hacer obra
¿Un palacio para mí?
Un hombre de conocimiento
sabe que nada importa, pero cuando
toma algo en sus manos lo hace como si
fuera lo más importante de la vida.
Carlos Castañeda: Las enseñanzas de don Juan
Una fotografía debe ser suficientemente borrosa para brindar una percepción de movimiento, pero no tanto como para que la borrosidad se observe como tal. De la misma manera, hay que estar suficientemente loco para estar cuerdo de verdad. ¿Será que algo igual ocurre con el poder? No dejar que el poder “borre” nuestra posibilidad de “ser”, seducidos por “ese otro” que el poder representa: Dios, para los creyentes o para ser utilizado en beneficio personal; el cargo político para los que quieren el bien social o para aquellos asaltantes de turno que perversamente buscan su beneficio; y la “inmortalidad”, ganada en buna ley, o “a como dé lugar”.
Conversé con dos mujeres humildes. “Si yo fuera Presidente”, dijo una, “me haría mi casa, aseguraría mi futuro; no, el de mis hijos.” La otra dijo: “Yo construiría un palacio. Le daría a cada uno un pedazo de tierra para que haga su casa. Si no tuviera hijos repartiría mi plata entre los pobres.” Le recuerdo que ella tiene una. “Sí, pero una sola.” ¿Para qué ella quiere tanto? (me pregunto cuánto es tanto). “Les daría trabajo a todos.” Le pregunto: ¿Y el palacio? “Les daría pues trabajo en el palacio, trabajarían en el palacio.” Largo silencio y suelta una carcajada diciendo “¡Trabajarían para mí!”.
Me voy pensando; si yo tuviera poder entendería los misterios del poder (ideele n.° 164, julio del 2004).

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