Un fantasma recorre la academia peruana. Sobre la visita de Slavoj Žižek al Perú
“Compañeros, compañeras, a la victoria.” Ésas fueron las palabras en español que Slavoj Žižek pronunció en su breve paso por la Universidad Antonio Ruiz de Montoya y que horas antes quiso pronunciar en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. (Solo alcanzó a decir “compañeras y compañeros…”.) Aunque comprende bien el español, no se animó a pronunciar en este idioma los dos discursos que dio en el Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima: como él mismo lo reconoció, no se sintió capacitado para hacerlo.
Žižek habla fluidamente serbio-croata, inglés, francés y alemán, además de tener conocimientos básicos de italiano. No obstante, ninguna de éstas es su lengua natal, pues él nació el 21 de marzo de 1949 en Liubliana, la capital de la actual Eslovenia (que otrora fuera la República Socialista de Eslovenia y que además formaba parte de la hoy disuelta República Federal Socialista de Yugoslavia), de manera que su lengua materna es el esloveno. Sin embargo, ha adoptado el inglés como el idioma “oficial” de sus numerosos textos (ha publicado más de cincuenta libros… y contando), prontamente traducidos a más de una docena de idiomas.
Se define a sí mismo como un “communist in a qualified sense” o también como un “radical leftist”; los periodistas, siempre más sensacionalistas, lo han llamado un “rock-star philosopher”, el “Elvis of cultural theory”, y, más recientemente, “the most dangerous philosopher in the West”.
En efecto, Žižek es quizá el filósofo más mediático que ha aparecido en Occidente, y su “peligrosidad” tal vez se deba a que ha llevado el pensamiento crítico al centro mismo de la cultura popular: sus contestatarias reflexiones filosóficas pueden partir de ejemplos prosaicos (como los dibujos animados de Tom y Jerry, chistes, o la diferencia entre inodoros franceses, alemanes y americanos), no solo con el ánimo de ilustrar la gran teoría, sino también porque al ejemplificar de ese modo los temas teóricos puede sacar a la luz ciertos aspectos que de otro modo seguirían inadvertidos. O quizá su “peligrosidad” se deba a que ha logrado una mezcla explosiva entre filosofía hegeliana, marxismo y psicoanálisis lacaniano, argamasa que le permite hacer las más duras críticas al capitalismo tardío.
A inicios de los años 80, Žižek ya había publicado libros centrados en interpretar las filosofías de Hegel y Marx desde la perspectiva de la teoría psicoanalítica de Lacan; además de escritos dedicados a la teoría del cine. Asimismo, tradujo al esloveno los libros de Lacan, Freud y Althusser. Todo esto dentro del marco de referencia de la llamada “Escuela Lacaniana Eslovena”; escuela que fue, además de centro de producción académica, uno de los principales referentes de la denominada “primavera eslovena”, es decir, las campañas realizadas en pro de la democratización de Eslovenia que tuvieron lugar hacia fines de la década de 1980. Todo esto le valió para ser reconocido, a tal punto que postuló como candidato presidencial en las primeras elecciones libres de su país. Perdió la elección pero, según cuentan, estuvo a punto de ganar.
No fue hasta la publicación del libro El sublime objeto de la ideología (editado en 1989 y escrito en inglés, a diferencia de sus primeros textos, que fueron escritos en esloveno) que Žižek logró adquirir reconocimiento internacional como teórico social. El aporte central de Žižek en este texto es que ofrece un nuevo contenido a la categoría de ideología: hasta antes de su intervención teórica, la ideología era sinónimo de falsa conciencia, de una falsificación de la realidad, una especie de engaño; incluso por aquellos años se hablaba de una sociedad posideológica. Lo que hace Žižek es argumentar en favor de que la realidad misma es ya de antemano ideológica, es decir, que para ser sujetos sociales significativos dentro de una determinada sociedad es necesario estar siempre ya dentro de un universo ideológico. De este modo, afirma Žižek, se está lejos de ser una sociedad posideológica.
Habiendo logrado ya reconocimiento por ese libro, Žižek inicia su prolífica producción teórica publicando un libro por año, y algunas veces dos y hasta tres. Con esta intensidad de publicación, es inevitable que muchos argumentos (y chistes) se repitan en uno y otro texto; no obstante, al final la lectura siempre revela nuevas perspectivas y estimula el intelecto. Sus libros son dinamita pura. En efecto, en “Living in the End Times” (2010) argumenta la idea de que el capitalismo global se está aproximando rápidamente a su crisis terminal, y los “cuatro jinetes” que anuncian este Apocalipsis son la crisis ecológica mundial, el desequilibrio al interior del sistema económico (problemas con la propiedad intelectual, las luchas que vendrán por materias primas, alimento y agua), las consecuencias de la revolución biogenética y el crecimiento explosivo de las diferencias sociales y la exclusión. Si Freud habló, dice Žižek en ese libro, de un “malestar en la cultura”, hoy, veinte años después de la caída del Muro de Berlín, experimentamos una especie de “malestar en el capitalismo liberal”.
La cuestión fundamental es: ¿Quién articulará este descontento? Éste es el gran desafío de la izquierda, nos dice el filósofo esloveno. (El dato: Dice Žižek que está un poco harto de escribir textos “políticos” y que desde hace dos años viene escribiendo un libro agresivo, extenso y puramente filosófico sobre Hegel y Lacan, que tendrá cerca de 800 páginas, donde reinterpretará la física cuántica desde una relectura materialista y, además, reenfrentará a Hegel con Marx para mostrar que éste es más idealista que aquél. Espero que ese libro también incluya nuevos chistes.)
Por todas estas cosas, la visita de Žižek al Perú debió ser un acontecimiento que congregara multitudes (como ocurrió cuando estuvo por primera vez en Argentina el 2003, y como pasó en Bolivia, país que visitó luego de estar en Lima), que no se privatizara sus conferencias de una manera tan burda y mercenaria como se hizo: cobraron 70 soles a estudiantes de pregrado; a profesores universitarios y estudiantes de posgrado, 130 soles; al público en general, 190 soles; a ponentes nacionales, 250 soles; y a ponentes internacionales, 500 soles. Además, las “entradas” (mismo concierto de un cantante pop), después de una determinada fecha tendrían un añadido del 50% proporcional a cada categoría. Por si fuera poco, los organizadores aceptaban “inscripciones corporativas” a partir de 16 personas, y exoneraban del pago a una de ellas. Solo les faltó poner la “entradas” en Teleticket y aceptar todas las tarjetas de crédito y de débito.
Todo esto resulta aun más nauseabundo cuando existió la posibilidad de que las conferencias del Slavoj Žižek fueran gratis. Los organizadores telefonearon a la Municipalidad de Lima (ML) para que los apoyara con un lugar donde realizar el evento, a lo que la ML respondió que les daría un auditorio gratis además de traducción simultánea también gratis, pero con la condición de que devuelvan lo cobrado. Los organizadores primero no aceptaron y luego dijeron que sí, pero que la ML debía darles diez mil soles por los gastos hechos y poner una oficina con un abogado para hacer la devolución del dinero. Naturalmente, la ML no aceptó, y los organizadores consiguieron el auditorio del Instituto Raúl Porras Barrenechea, pero un día antes del evento cambiaron al Centro de Psicoterapia Psicoanalítica de Lima y retrasaron dos horas la presentación del primero. Muchos de los que pagaron se enteraron tarde de estos cambios. En suma, una pésima organización.
Al margen de la organización cantinflesca, Žižek no defraudó en sus conferencias, aunque para quienes hemos leído varios de sus libros su discurso nos era familiar. Su primera conferencia se tituló “What has god to do in politics?” (“¿Qué tiene que hacer Dios en la política?”), y la segunda, “Can one still be a hegelian today?” (“¿Se puede todavía ser hegeliano hoy?”). No intentaré resumir sus ponencias, pues ello demandaría más espacio del que dispongo en este artículo. Pero lo que quizá puede sintetizar de buena manera sus presentaciones es uno de los chistes que contó, que, dicho sea de paso, ya había contado en su libro Sobre la violencia: Seis reflexiones marginales ([2008] 2009). Se trata de un viejo chiste soviético sobre Lenin, que el filósofo esloveno gusta contar. Trata sobre el consejo que daba a los jóvenes socialistas. Su repuesta sobre lo que debían hacer siempre era “aprender, aprender y aprender”. Lo repetía tanto que incluso fue pintado en las paredes de las escuelas soviéticas. El chiste dice más o menos así: Preguntaron a Marx, Engels y Lenin si preferían una amante o una esposa. Marx, siempre conservador en los aspectos personales, contestó: “¡Una esposa, por supuesto!”; Engels, más entregado a los placeres de la carne, eligió a la amante. Sorprendentemente, Lenin dijo:
–¡Me gustaría tener ambas!
–¿Por qué? Seguramente por un afán igualitario comunista, o tiene un oculto goce decadente detrás de su imagen austera de revolucionario.
–No! –explicó Lenin–: así puedo decirle a mi mujer que voy a ver a mi amante, y a mi amante que tengo que estar con mi mujer...
–Pero entonces, ¿en dónde está?
–¡¡¡Voy a un lugar solitario para aprender, aprender y aprender!!!
Esto es lo que la izquierda peruana debe hacer y explotar de las enseñanzas de Žižek; en efecto, los izquierdistas radicales de los años 80 en el Perú tenían mucho entusiasmo por hacer la revolución, pero poco conocimiento de la realidad del país que querían revolucionar: para unos el Perú era como la China de Mao, para otros la Sierra Maestra de Cuba, o los gélidos parajes de la URSS. Había en los 80 demasiado tiempo dedicado al activismo político que le restaba horas al estudio. De hecho, así lo reconoce un ex emerretista considerado uno de los intelectuales del MRTA, Alberto Gálvez Olaechea, actualmente preso. Dice Gálvez en su libro Desde el país de las sombras: Escrito en la prisión (2009), que su militancia tuvo mucho de entusiasmo y pocas lecturas; el activismo, nos dice, relegó los estudios universitarios al punto de quedar truncos. “Cuando miro aquel tiempo, constato lo poco que conocía el Perú, su historia y su cultura” (p. 59). No obstante, más adelante señala Gálvez que solo en la prisión comenzó a leer a Basadre, Porras Barrenechea, Macera, Flores Galindo, Hobsbawm, Tolstoi, Kafka, etcétera. O sea que a Gálvez Olaechea el alejamiento de la bulla revolucionaria en la prisión le está sirviendo para aprender, aprender y aprender. ¿No es acaso exactamente esto lo que le falta hacer a la izquierda en el Perú? ¿Cuántos de ellos han leído, por ejemplo, a Žižek? No todo, sin embargo, está perdido: Žižek ya asomó por el Perú y su figura espectral ha comenzado a recorrer la academia peruana.




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