Lo que se viene

Fujimori y el indulto
Juan E. Méndez
Ex presidente de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos y presidente del Centro Internacional para la Justicia Transicional

Que la hija de Fujimori haya anunciado que indultará a su padre en caso de llegar a ser Presidente, pinta de cuerpo entero que el irrespeto por el ordenamiento jurídico nacional e internacional es intrínseco al fujimorismo.

El ordenamiento constitucional del Perú, como el de muchas democracias, asigna al titular del Poder Ejecutivo la facultad de indultar y conmutar penas. El efecto es el de anular o reducir la sanción penal, pero no borra la condena misma ni el carácter de culpable que la sentencia impuso al condenado. Se trata de una rémora de los regímenes reales o imperiales de siglos anteriores, cuando los jueces no eran más que funcionarios del rey o emperador, quien concentraba todo el poder público, especialmente el de impartir justicia.

Si no se ha derogado la facultad de indultar es solo porque en nuestra era puede cumplir una función sencilla para situaciones humanitarias creadas después de la imposición de la pena por el estado de salud del condenado, o para corregir casos de error judicial descubiertos con posterioridad. Contrariamente a lo que se piensa, la facultad de indultar no es irrestricta: en las democracias modernas el Presidente está obligado a requerir la opinión de sus asesores en materia de justicia, del Ministerio Público y de los tribunales mismos. Cuando se trata de condenas por crímenes de lesa humanidad, genocidio o crímenes de guerra, el Derecho Internacional prohíbe el indulto excepto por razones humanitarias, porque respecto de este tipo de atrocidades el Estado está obligado a investigar, procesar y castigar a quienes resulten responsables. Así lo ha dicho la Corte Interamericana de Derechos Humanos en nuestro ámbito regional, interpretando normas de la Convención Americana sobre Derechos Humanos, vigente en el Perú. Pero este principio es de aplicación también en el ámbito universal.

Poco antes de la asunción de Barack Obama en los Estados Unidos se especuló mucho con la posibilidad de que George W. Bush dictara indultos innominados para beneficiar a todos los involucrados en la tortura de prisioneros en el marco de la Guerra Global contra el Terrorismo. Ello no ocurrió, tal vez porque la ignominia creada por las revelaciones sobre la tortura de prisioneros ordenada desde las altas esferas se hubiera multiplicado con una medida destinada a encubrir tales crímenes e impedir su investigación cabal. Bush resistió la presión de su mismo vicepresidente, Dick Cheney, que reclamaba el indulto para su asesor Scooter Libby, condenado por encubrimiento en el episodio que había resultado en el destape de la identidad de una agente de inteligencia solo para desprestigiarla por oponerse a las mentiras urdidas para justificar la invasión a Irak. Tal vez la razón principal fuera que Bush estaba dejando la Casa Blanca con niveles de desaprobación históricos. Un Presidente recién elegido y con mandato electoral claro puede sentirse tentado a ejercer el poder de indulto sin autolimitarse.

Eso parece ser lo que tenía en mente Keiko Fujimori en sus emocionales declaraciones a la prensa a poco de enterarse de la sentencia impuesta a su padre. Si se trata de un exabrupto entendible por la relación filial y la emoción del momento, esas declaraciones no revisten gravedad. La hija del ex mandatario tiene derecho a su opinión sobre lo injusta que le resulta la sentencia. Pero tanto ella como cualquier Presidente del Perú debe tener mucho más cuidado al evaluar la posibilidad concreta de dictar un indulto, tanto a Fujimori padre como a cualquier otro condenado. Y el electorado debe también considerar las intenciones de los candidatos sobre cómo ejercerán el mandato que reciben en elecciones democráticas.

Ya se ha dicho que el indulto no puede dictarse en contravención a las obligaciones del Estado solemnemente contraídas al suscribir tratados internacionales de derechos humanos. Al pronunciarse sobre estas obligaciones la Corte Interamericana no ha creado normas nuevas sino que ha interpretado principios existentes desde Núremberg, así como el deber de garantía, el derecho a un remedio y el acceso a la justicia para las víctimas, consagrados por la Convención Americana desde 1979. Por otra parte, el acto violatorio de las obligaciones del Estado no sería el crimen original sino el acto del indulto que hipotéticamente ocurriría en el futuro, en plena vigencia de la Convención.

Además, también se aplicarían en el caso las normas sobre conflicto de intereses por razones familiares o por haber prejuzgado, como sería el caso si alguna vez la hoy congresista Fujimori llega a ser Presidenta. Pero más fundamentalmente, el indulto en este caso sería una burda invasión a la independencia e imparcialidad del Poder Judicial, un verdadero abuso de poder por parte del Ejecutivo. Mal que les pese a los partidarios de Alberto Fujimori, la sentencia que los agravia se ha dictado como culminación de un juicio ejemplar por la vigencia absoluta de las garantías de defensa en juicio y de debido proceso legal, como el propio defensor de Fujimori ha manifestado.

Indultar a Fujimori por razones políticas y no humanitarias sería un claro ejemplo del ejercicio sultanista del poder magistralmente descrito por Max Weber. Esto alude a la actitud del gobernante que cree que la elección le confiere la suma del poder público y al ejercicio de ese poder en detrimento de otras instituciones y en violación del equilibrio de poderes. El sultanismo tiene muchos antecedentes en América Latina, y en el Perú el más próximo es el del mismo Alberto Fujimori. Al fin y al cabo, los casos de Barrios Altos y La Cantuta, por los que lo acaban de condenar a 25 años de prisión, quedaron en la impunidad cuando Fujimori forzó la adopción de dos leyes de amnistía en el vano intento de tapar la existencia del Grupo Colina y de sus peores atrocidades. El Perú ha sabido superar esa triste etapa de su historia institucional; es de esperar que todo Presidente del Perú en el futuro recuerde esta importante lección.

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