El soldadito de colmo

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Patricia Wiesse

Condenamos y lamentamos, como siempre lo hemos hecho, los ataques de los que han sido víctimas los miembros de nuestras Fuerzas Armadas en la zona del VRAE, provenientes de Sendero Luminoso y el narcotráfico. Y lo primero que exigimos es investigación y sanción para quienes los cometieron, como parte de la lucha contra la impunidad. Pero también nos preocupa que las autoridades del país continúen exponiendo a nuestros soldados al enviarlos a tan peligrosa zona sin las condiciones necesarias —y hasta podría decirse que para nada— por falta de una estrategia adecuada (ideele).

Alfonso, de Lagunas, Alto Amazonas

Antes de cumplir los diecisiete, Alfonso Pizango era un feliz voluntario del Servicio Militar. Después de cumplir dieciocho, había vivido un siglo. Tenía un brazo y un tobillo destrozados y la muerte ya lo había rondado.

Natural de Alto Amazonas, se había cansado de llegar por el río a Yurimaguas para vender los plátanos que su padre Daniel cultivaba en la chacra. No había terminado la primaria y, según lo que había escuchado, el Ejército le daría educación tecnológica. Qué más podría pedir: tendría rancho diario, uniforme, entrada al estadio municipal de Yuri a mitad de precio, y hasta una propina de 160 soles mensuales: la mitad de la suma que su padre recibía por su cosecha semestral.

Y finalmente, si moría, tendría seguro de vida y servicio de sepelio.

Por eso cuando lo trasladaron en helicóptero a Huancavelica, durante su primer año de servicio, soportó los grados bajo cero con estoicismo.

Lo hacían marchar en las madrugadas, le dieron su uniforme completo, incluyendo los borceguíes y una casaca para el frío. Pero igual, la piel se le cuarteó. La comida lo indigestaba y el soroche le impedía correr como en el monte. A los diecisiete años estaba en un lugar inhóspito, desconocido y sin saber cómo comunicarse con su familia.
Una madrugada sin ceremonias ni protocolos, lo subieron a otro helicóptero que aterrizó en tierras cálidas, en una selva montañosa que él no conocía y un río “aserranado” con grandes piedras como los andinos, muy diferente del Paranapura. Era una zona de emergencia, y allí se enfrentaría por primera vez al peligro verdadero, que él todavía no sabía distinguir del juego adrenalínico o de la aventura en patota. (Tampoco sabía que en el año 2008 hubo seis atentados y veinticinco muertos en el VRAE.)

Lo mandaron a una base contrasubversiva que más parecía un asentamiento humano para refugiados, con sus covachas hechas de plásticos celestes. Lo único que lo consoló fue volver a comer su yuca con frijol, que era lo que cocinaban para toda la tropa mientras estaban acantonados.

Después de que le enseñaron a disparar y lo pusieron en un grupo de combate, lo mandaron a patrullar. Llegando a una ceremonia de izamiento de la bandera en un camión particular, y cuando menos se lo esperaban, fueron emboscados.

Desangrándose y con la hemoglobina por los suelos, llegó al Hospital Militar, en Lima. Le extrajeron la bala después de un buen tiempo, mientras esperaban que se fortaleciera.
De esto hace ya seis meses, y se siente abandonado. No recibe visitas, ni las medicinas ni el tratamiento que requiere. Alfonso sigue tirado en una cama.

Robinson Macedo, de Pucallpa

Te metiste a solda’o y ahora tienes que aprender. A coser, a bordar y a tejer, cantaba Daniel Santos. Solo que a Robinson le enseñaron a disparar con las justas su fusil Galil, a zigzaguear por el lodo, a exterminar isangos con Acaril.

Tenía dieciséis años y, como cualquier adolescente del populoso asentamiento Micaela Bastidas, repartía sus horas entre el colegio y el mataperreo. Una de esas tardes, paseando por la Plaza del Reloj Público de Pucallpa, fue levado. No regresó más a su casa.
Varios meses después, su madre, la señora Irene Sima, recibió una llamada de Robinson desde Pichari.

(Pichari: Último distrito cusqueño al margen del río Apurímac, poblado por setenta y tres comunidades asháninkas y machiguengas, olvidadas casi por completo. Los sembríos de coca han invadido los campos. Allí se ha instalado una base militar.)

Durante esos meses los soldados recibieron un entrenamiento básico, y en las tardes corrían al río a refrescarse. Chapucear era su máxima diversión y su relajo. El desamparo que sufrió Robinson al ser secuestrado se iba amenguando.

De pronto un día, sin explicación, lo trasladaron a la base militar de Sanabamba, según le informó a su madre en la última llamada telefónica que le hizo, antes de Navidad. Un nuevo trauma para el soldadito selvático que no estaba acostumbrado a patrullar por alturas de tres mil metros.

(Sanabamba: Poblado de Lucanas, Ayacucho. Allí se instaló una base militar en el 2001, que fue clausurada y reabierta en septiembre del 2008, para fastidio de la camarada Olga: hasta antes de eso, se movía como pez en el agua por esa zona. Los mochileros del VRAE suelen pasar por allí para recuperar fuerzas en su ruta hacia Huancavelica. Es la boca del lobo.)

El resto es historia conocida: La ofensiva militar contra seis columnas senderistas había empezado. El operativo Tormenta incluía a los soldados de cinco bases militares. Cuando dos patrullas trepaban por la ladera de un cerro, empezaron a detonar granadas y dinamita. Doscientas personas los atacaron y les dispararon a quemarropa. Robinson Macedo murió en la emboscada de Sanabamaba el 9 de abril del 2009. Sus restos fueron entregados a sus padres, siete días después, en un féretro.

Tropa de papel

Los jóvenes de la selva son buscados como pan caliente. La Ley del Servicio Militar otorga a estos jóvenes beneficios atractivos para estos hijos de agricultores, de extracción indígena y en pobreza extrema. Los sacan de Alto Amazonas, Contamana o Atalaya, y los llevan a donde las papas queman, a la región más peligrosa y “colombianizada”.

Las dos terceras partes de los militares que sirven en el VRAE son conscriptos cumpliendo su Servicio Militar Voluntario (o no), porque de alguna manera se tienen que cubrir las plazas en esta sucursal del infierno. Se necesitan tres mil trescientos y ahora hay mil menos. De ahí la desesperación.

El Servicio Militar dura dos años. Durante las primeras ocho semanas los jóvenes aprenden a disparar. Luego les toca estar tres meses en un grupo de combate donde les enseñan a patrullar y a evadir los peligros en las temibles emboscadas. Los desafortunados que son designados al VRAE deben pasar por una capacitación complementaria de tres meses, en entrenamientos antisubversivos.

Los patrullajes “ciegos”, como los llaman, son gajes del oficio. Dormir en cuevas o en húmedas barracas es chancay de a veinte; un rancho de seis soles con el mismo menú enlatado, un manjar que comen diariamente cuando salen por los montes a interceptar enemigos.

Cuando uno de estos soldaditos muere en combate lo ascienden a cabo, y su familia recibe un seguro de vida por veinte mil soles y una pensión vitalicia, equivalente a la de un suboficial de tercera. Un entierro con cajón de buena madera también le corresponde.
“Que se dé por bien servido.”
“Sí, mi general.”

Lo unico que se les olvidó,

Lo unico que se les olvidó, en su artículo, fue que despues de pasar todas esas peripecias, si tienen la mala suerte de estar en un enfrentamiento con subversivos muertos; luego son ejuiciados y perseguidos por fiscales aleccionados por ustedes; y sin individualizar culpas y presentando testigos no válidos son enfrentados a juicios.

Grumo

¿Conoce Ud lo que sufre un soldado?..¿Conoce Ud lo que es un patrullaje? ¿Conoce Ud lo que es el Servicio Militar?...Primero conozca de ello antes de desproticar de quienes pelean por la paz que ahora disfruta. Ellos no son soldados..Ellos son NUESTROS SOLDADOS, que viven y mueren por este país llamado Perú. ¿Faltan recursos? Hay un señor llamado Alan García..dirijase a él. Antes de condenar a los soldados, pidale cuentes a ese individuo..¿La pension es muy poca para un soldado?...Vaya donde el mismo señor ¿Es poco el rancho? Bueno, es facil decir que se roban los recursos pero no se preguntan porque solo cuesta seis soles, menos de lo que recibe un preso..¿Falta gente para el Servicio Militar?...bueno, que no vayan y vaya Ud , a fin que conozca de la guerra y haga lo que alguien debe hacer si tiene sangre en la cara...Aplaudirlos y darles las gracias

Grumo

ser soldado

completamente de acuerdo..el estado tiene la obligacion de otorgar todos los medios necesarios para que nuestros soldados vayan a combatir en cualquier escenario, la pregunta sobra....¿el estado peruano entrega los recursos necesarios a las ffaa?¿los que comandan las ffaa distribuyen correctamente los recursos?¿hemos servido a nuestra patria?¿si no hemos servido a nuestra patria, como podemos criticar a quienes estan tratando de que vivamos en un pais mas seguro?

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