Un museo contra la insensatez

Miguel Giusti
Filósofo / director del Instituto de Democracia y Derechos Humanos de la Universidad Católica

Para sorpresa de todos, especialmente de algunos de los propios ministros de Estado que habían mostrado exceso de celo en la defensa de la decisión gubernamental, el presidente Alan García corrigió su posición inicial, dio muestras de repentina flexibilidad y resolvió aceptar la donación del Gobierno alemán destinada a crear el Museo de la Memoria.

Conociendo su forma de proceder y estando al tanto de la coyuntura inmediata, puede elucubrarse que pesaron cálculos políticos de mediano o largo alcance. Puede pensarse, por ejemplo, que jugaron un papel las gestiones que venían preparando Lourdes Flores y el Alcalde de San Miguel ante el Gobierno alemán, o las indiscutibles repercusiones internacionales del artículo de Vargas Llosa. Pero, más allá de las interpretaciones sobre las causas, el hecho es que se dio marcha atrás y se aceptó oficialmente la construcción del Museo. Es una buena noticia, una señal de esperanza en la que no primará la insensatez.

Tan importante como la decisión es el hecho de que el Gobierno haya encargado a una comisión independiente la gestión y la puesta en marcha del proyecto del Museo. Porque habría sido un parto de los montes el que hubiese acordado confiar dicha gestión a una comisión política o a un conjunto de instancias oficiales supuestamente representativas, aun de carácter cultural. Ello habría traído consigo, en lo inmediato, el riesgo de distorsionar el sentido del proyecto o, simplemente, de paralizar su ejecución. Nombrar a Mario Vargas Llosa como presidente de dicha comisión es una garantía de independencia, y ello ha quedado demostrado, para empezar, con la elección de los miembros que lo acompañarán. También esto ha desconcertado a los partidarios del Presidente o del Gobierno, que se han apresurado a emitir declaraciones aun más destempladas sobre el futuro de la empresa o sobre la idoneidad de los miembros de la comisión, declaraciones que expresan el grado de distorsión del debate y sirven más bien para descalificar a sus autores.

Lo más saludable, en efecto, es que la decisión del Presidente ha puesto fin a la relevancia política de las declaraciones insensatas en torno al Museo, empezando por las suyas propias. Esto concierne no solo a aquella opinión, de insólito simplismo, que considera que la pobreza de un país está reñida con la construcción de museos —opinión sobre la que Vargas Llosa ha escrito palabras contundentes—, sino también a aquellas otras declaraciones que apuntan, de uno u otro modo, a afirmar que el Museo correría el peligro de expresar una versión sesgada de nuestra historia, como sería la que se halla contenida en el Informe Final de la CVR o incluso en la muestra fotográfica Yuyanapaq del Museo de la Nación.

Esas afirmaciones no solo no corresponden a la verdad (si solo fuese eso, sería imaginable rebatirlas con argumentos o con pruebas), sino que son expresión de un estereotipo ideológico terco y superficial que se resiste a ver y reconocer lo que es obvio. Así son, en realidad, los prejuicios y las anteojeras ideológicas: más fuertes que las verdades, más resistentes que las pruebas. Ni el Informe Final de la CVR ni, mucho menos, la muestra Yuyanapaq, ofrecen una versión de los hechos que sea proclive “a una de las partes”, como tan torpemente expresan sus críticos, mostrando en realidad que son ellos los que se imaginan que la historia se cuenta “de acuerdo con una parte”. Tampoco tiene sentido sostener que esos documentos “no han producido la reconciliación” entre los peruanos, como si ésa hubiese sido su función, y como si, nuevamente, la proliferación de versiones parcializadas fuese a conseguir un resultado que solo se obtendrá cuando todos hagamos el esfuerzo por reconocernos en una historia común.

Por lo mismo, es bueno que se haya creado una comisión independiente para poner en marcha el Museo. Porque lo primero que tendrá que hacer esa comisión es tomar distancia de esta discusión ideológica maniquea y distorsionada. La construcción de un museo no puede depender de disputas políticas ni de intereses ideológicos de corto plazo. Es preciso que la comisión actúe con sensatez. Muchas de las ideas esgrimidas por Mario Vargas Llosa en su defensa del Museo son sencillamente argumentos del sentido común, el cual, por más paradójico que parezca, cuesta mucho hacer valer en nuestro medio, dada la distorsión de las opiniones que se enfrentan en la discusión actual. Es también parte del sentido común que el museo que se construya reúna las condiciones estéticas, museográficas y arquitectónicas propias de una obra de nuestra época, y que la decisión de su construcción no dependa en modo alguno de consideraciones políticas o compromisos de corto alcance. Para ello, la comisión deberá seguramente convocar a un concurso público o tomar alguna medida equivalente, así como solicitar la colaboración de profesionales en la materia, pertenecientes a instituciones de diverso tipo que desde hace años vienen recolectando y procesando documentación que podría ser relevante en un proyecto de esta naturaleza.

El Museo debe tener por finalidad convocar a la comunidad nacional a la rememoración de un periodo doloroso de nuestra historia. Todos los peruanos, no alguna de sus partes, debemos reconocernos en dicho memorial, pues su función primordial es servir de espacio de recogimiento, meditación y reflexión, no de debate ideológico o discusión parcializada. Seguramente el Museo deberá invitar al diálogo o hacer interactuar a sus visitantes, pero siempre en el marco de la experiencia primera y fundamental de estar evocando un compromiso emocional y solidario de sus visitantes.

Inicialmente, el donativo para la construcción del Museo estaba ligado a un proyecto arquitectónico de Luis Longhi en torno al monumento “El ojo que llora” de Lika Mutal. La comisión deberá tener en cuenta esta circunstancia. Personalmente, creo que el Perú le debe un agradecimiento perenne a Lika Mutal por haber tenido la genialidad y la sabiduría de haber imaginado un monumento de esta naturaleza. Como si hubiese intuido el destino que le estaba reservado, incluidos todos los avatares y los episodios lamentables que siguen ocurriendo en torno a él, Lika Mutal ha construido un hermoso y emblemático monumento que sigue expresando su pesar, sigue llorando, por la incomprensión y las disputas entre los peruanos. Es absurdo, grotesco, sostener que “El ojo que llora” muestra una versión sesgada de la experiencia de la violencia, o que solo consigna el dolor de una de las partes. Pero la insensatez ha hecho suya esa versión y ha convertido el monumento en emblema del conflicto, en parte de la historia misma de la violencia en el Perú, reactualizando continuamente el sentido de la obra y el nombre que lleva.

La precariedad de las condiciones políticas de nuestro país nos hace tener motivos para temer, naturalmente, sobre cuál será el destino definitivo del Museo de la Memoria. La comisión tiene la difícil tarea de hacer posible que el proyecto a su cargo sea no solo un memorial de solidaridad con las víctimas de la violencia y un espacio de evocación de las fuerzas más positivas de nuestra historia, sino también de que el Museo se convierta en una obra emblemática contra la insensatez y la irresponsabilidad.

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