Entre el humo y el martillo
Cristina Gálvez, pintora y escultora, murió hace veintisiete años. Una retrospectiva de su obra la ha hecho revivir en todo su esplendor.
Su trabajo se salía de los moldes y de las corrientes artísticas que reinaban en el Perú. Era una obra original y precursora. Hasta ahora.
Patricia Wiesse / Teresa Francke
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Una fumadora empedernida apaga su pucho, agarra el martillo y delicadamente le da duro a la pieza. Con pinta de intelectual a lo Marguerite Yourcenar, solo que con unos enormes anteojos de marco negro. Una vanguardista en su look y también en sus propuestas artísticas.
Una francófona de formación que retorna al Perú a los veinte años, después de estudiar en Francia y Bélgica. Vino a romper esquemas con sus ideas de mujer independiente en la década de los treinta.
Categórica y apasionada, dueña de expresiones tales como el arte es o no es, por otro lado, era paciente y tolerante con sus alumnos a los que siempre estimulaba y sugería, y a los que nunca imponía ni maltrataba. “Jamás les diré ‘este trazo debes hacerlo de esta forma’. No. Yo les enseño la estructura, el modo de expresión”, explicaba.
Las figuras que ha esculpido son producto de las madrugadas, hora de encierro, silencio absoluto y trabajo. Son casi alucinaciones en movimiento. Nos sentamos y esperamos que en cualquier momento empiecen a danzar en medio del humo de los cigarros negros y de la niebla que ingresa sigilosa por el patio de la casa miraflorina, hasta inundar el taller custodiado por un sólido puma de bronce. De pronto aparece la Eurídice alada, ejecutando unos pasos de baile, y luego el Ícaro, desnudo y volando. Pero el delirio llega a su punto más alto cuando un ser suspendido en el aire salta al vacío. Y entonces el espacio adquiere contornos, la rigidez se hace pedazos y los volúmenes se vuelven seres vivos.
“La formación escultórica es un gesto que viene a perturbar el vacío”, manifiesta Jorge Villacorta, curador de su retrospectiva. “La obra de Cristina Gálvez es un diálogo con el arte escultórico europeo y estadounidense. No es que ella por sí sola haya inventado una modernidad escultórica local – aunque su obra manifiesta modernidad y dialoga con la de Giacometti y Richier, entre otros- sino que es una figura fundacional que hace posible que el concepto del arte adquiera a plenitud su carácter de indagación en la forma y esquivando limpiamente el riesgo de todo formalismo”.
Según cuenta el escritor José Guich, en los años cincuenta vuelve a Paris, y no encuentra los rastros de sus amigos muertos durante la Resistencia. Entonces se aferra a Pierre Wolff, un judío francés que sobrevivió a la persecución fascista y con quien se casa en Lima, en el año 1952. Con él viaja de un lado al otro del planeta, hasta que la muerte de Pierre la sorprende: fue súbita y fulminante, igual a la de ella, quince años después.
No podemos precisar cómo ni cuándo empieza esta compulsiva necesidad de dibujar caballos. Es complicado entrar al terreno de las obsesiones y simbolismos. Quizás habría que remitirse al folklore germánico en el que el diablo crea las tempestades con sus cascos, que son los rayos. La tempestad es fecundadora de la tierra, por eso el rayo y los cascos de los caballos tienen significado fálico.
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Debió haber sido muy intensa cuando decía: “Me debato entre la tensión, el vacío y la violencia (…) Pienso en el vacío que completa la figura y siento, cuando dibujo, unas cosas agudas como puñales, como aceros”. Debió haber sido, además, muy solidaria, cuando empezó a dictar clases de arte en las cárceles de Lima.
Pocos saben que estaba inscrita en Amnistía Internacional y que escribía decenas de cartas a mano pidiendo la liberación de los presos políticos. Su grado de compromiso con el otro se resume en una de sus frases más conocidas: “No puedo escuchar un grito sin acudir”.
Pensaba que el artista es un solitario en espera del eco de otro ser humano, ese que se va a estremecer con su forma particular de recrear el mundo, con su reclamo, con su grito.
Miles de seres humanos nos hemos estremecido: ella ya no está sola.
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