Lucanamarca: Hachazos fraternales
Patricia Wiesse
La historia de Lucanamarca nos revela lo compleja que fue la guerra interna que vivió el país. Cómo se pueden avivar las rencillas entre hermanos, cómo el miedo puede sacar lo animal de lo humano. Cómo los buenos son malos y los malos son buenos. Veinticinco años después de ocurrida la masacre en ese pueblo de la provincia de Huancasancos, en Ayacucho, el documental Lucanamarca, realizado por Carlos Cárdenas y Héctor Gálvez, de TV Cultura, es un material obligado para entender por qué se llegó a tales extremos y lo lejana que está la reconciliación.
Olegario Curitomay tenía 18 años y estaba en quinto de media. Era intelectualmente inquieto, estaba interesado en aprender, ávido de nuevas ideas. En su casa se juntaban varios jóvenes a escuchar Radio Reloj. Tomaban notas mientras transmitían su programa favorito sobre descubrimientos científicos.
A inicios del año 1983 ingresaron en Lucanamarca cincuenta senderistas que convocaron a los pobladores a las escuelas populares. Olegario se fascinó. “Yo quiero llegar hacia los aviones, los barcos, los carros. Nosotros podemos crear, fabricarlos”, soñaba. Pero en vez de tecnología le enseñaron ideología. Olegario fue el alumno más aplicado y se convirtió en el líder de Sendero en su pueblo, al que le eran absolutamente fieles 75 personas.
Le dijeron que todos debían ser iguales y él se lo tomó al pie de la letra: inició los juicios populares contra los “más ricos”. La primera víctima fue la familia Huancahuari, que terminó asesinada. Su ganado lo repartió entre los campesinos más pobres.
Al inicio, la mayor parte del pueblo aceptó a Sendero. No sabían quién era Belaunde y pensaron que el que gobernaba era el presidente Gonzalo. Pasaron así varios meses hasta que llegaron los militares y los reunieron en la plaza. Los presionaron. Les dijeron que eran terrucos. “Si no quieren morir, entreguen a los cabecillas.”
La población decidió pasar a la acción antes que al paredón y capturó a Olegario. Le amarraron las manos y los pies. Le tiraron piedras, le dieron con palos, le tiraron ichu encima, le prendieron fuego. La soga que lo ataba se quemó, el joven empezó a correr. Lo volvieron a capturar y, como dice su hermano Honorio, “ahí se consumió Olegario. Al final lo remataron con una bala en el cráneo”.
Después mataron, uno a uno, a quince líderes más.
El castigo senderista no se hizo esperar. El 3 de abril de 1982, una columna bajó de las alturas y en su camino regó muerte. Una de las tantas víctimas fue Edmundo Camana, el que aparece en la foto con la venda en la cabeza y cubriéndole un ojo, el del triste final.
Al llegar a la plaza separaron a las mujeres y a los niños. A los hombres los mataron con hachas. A ellas las iban a encerrar en el concejo y quemarlas, pero un niño subió al campanario y gritó que los Sinchis llegaban, lo que hizo huir a los senderistas. El saldo fue de sesenta y nueve muertos.
Su peso en oro
Lo que acabamos de relatar lo dicen los pobladores de Lucanamarca en las declaraciones que el documental recoge. Y lo que no aparece nos lo ha contado Carlos Cárdenas, quien luego de seis años de viajes a la zona logró ganarse la confianza de los protagonistas. “La historia es mucho más complicada y compleja. Para efectos de la narración, el documental la ha simplificado”, sostiene.
Se ha visto mucho sobre la guerra interna y la posguerra, pero nunca con ese enfoque, en el que las víctimas no son tan víctimas, y nadie es tan bueno ni tan malo.
Es un testimonio visual que vale oro. Empieza en el año 2002, con la llegada de la CVR, la exhumación de los cuerpos, el entierro. También muestra a los tres testigos de Lucanamarca minutos antes de sus declaraciones en el juicio al Comité Central de Sendero Luminoso, cuando se enteran de que estarán frente a Abimael Guzmán. Gualberto Tacas, alcalde de Lucanamarca cuando ocurrió la matanza, estaba tan nervioso que se olvidó del nombre de Abimael. “¿Cómo se llama el amigo?”, le pregunta a la traductora mientras estaba declarando.
Honorio
El drama se convierte en una tragedia injusta para la familia Curitomay, un karma del que no ha podido liberarse Honorio, el menor de la familia. A través del testimonio de este personaje van apareciendo las contradicciones y la miseria moral de un pueblo que fue destruido desde adentro.
Al retirarse Sendero, la escena de los cadáveres apilados en la iglesia era terrorífica; el olor, insoportable. Los sobrevivientes caminaban como zombies. La gente que bajó de los anexos cercanos se enervó y buscó culpables. Se dirigieron a la casa de los Curitomay y asesinaron a los padres de Honorio y Olegario. Dijeron que ellos habían informado a Sendero sobre la muerte de su hijo y de los otros líderes.
Mientras eso ocurría, Honorio estudiaba su secundaria en Lima. Se enteró meses después de que su familia había muerto y decidió regresar. El recién llegado se convirtió en un rechazado: la población lo aisló. Su vida en Lucanamarca no fue fácil; incluso tuvo varios rechazos amorosos. Logró recuperar una de sus parcelas, pero la mesa familiar y la cama fueron repartidas entre los vecinos. Tampoco le permitieron enterrar a su familia. Hasta el día de hoy sus padres están sepultados fuera del cementerio, y el cráneo de Olegario lo guarda en su casa.
En los veintiséis años siguientes la convivencia con sus vecinos fue más o menos tolerable. Soportó el tener que cruzarse diariamente con el asesino de su hermano, sin poder decir ni hacer nada.
Una tensa calma reinaba cuando llegó la CVR, en el año 2002. Desde que aparece la CVR con su propuesta de reparaciones, Honorio busca ser reparado, porque también se siente víctima. Sin embargo, sigue siendo marginado por el resto. No quieren que sea beneficiado. La CVR revive los enfrentamientos y las confrontaciones. Honorio soporta cinco años más, y en el 2007 decide abandonar su pueblo. Se separa de su esposa y se va a Huamanga a trabajar de cargador en el mercado. Lo acompañan dos de sus hijos a los que matricula en la universidad. Su vida nuevamente se parte en veinte.
Cuando, hace un mes, el equipo de TV Cultura llega a Lucanamarca a presentar el documental, Honorio regresa con ellos y le manifiesta a Carlos Cárdenas su deseo: “Quiero hablar después de la película. Aunque no tengo por qué pedir perdón, quiero hacerlo para que nos podamos abrazar. Yo quiero que me perdonen y quiero perdonar”. Pero no pudo hacerlo. No apareció durante ni después de la proyección. Se fue al local de su iglesia evangélica y se encerró a rezar.
Traición y muerte
Esta es una historia de traiciones. Ante el terror a la represalia del Ejército, brotó el instinto de conservación en su expresión más baja. Para salvarse se culparon entre ellos, y solo algunos cargaron con toda la culpa.
¿Por qué asesinar a Olegario y a los quince mandos senderistas en vez de entregarlos a los militares? Según Honorio, era la única forma de que una parte del grupo se salve. “Si los entregaban vivos, ellos los delatarían; dirían quiénes eran los demás senderistas. Por eso solo quedaba eliminarlos”, manifiesta.
Carlos Cárdenas sostiene que se deben conocer los otros intríngulis para entender la magnitud de lo que ocurría en ese pueblo: “Me contaron el caso de una persona que perdió a toda su familia en la masacre, y sabe que el que los mató fue su medio hermano que estaba resentido porque nunca lo reconocieron”. Además, había problemas de linderos que venían de siglos atrás, que se resolvieron a medias, por la imposición de los que tenían más poder dentro de la organización comunal.
Si bien la reconciliación está más que lejana, se han dado pequeñas reconciliaciones como efecto directo de la película. “Cuando la presentamos en un cine de Lima, invitamos a varios pobladores de Lucanamarca, entre los que estaba Honorio. Al final de la proyección se le acercaron y lo abrazaron. Uno le dijo: ‘Discúlpame, no sabía cómo era tu vida’. Han llorado juntos”, recuerda Cárdenas.
El documental desconcierta, sorprende, aplasta. Es que todavía no estamos preparados para procesar ciertas verdades, para admitir que la historia no es una sola.




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