El Gabinete de García
Gustavo Gorriti, Responsable del Área de Seguridad Ciudadana-IDL
Imaginemos la escena. Conversas con un niño, una de esas conversaciones de antaño, ¿qué quieres ser cuando seas grande? primer ministro, te contesta el niño, ¿qué le dices?… yo también. Sí, pues, el cargo se ha devaluado.
El tercer Gabinete del Gobierno de Alan García no concitó ni entusiasmo ni indignación sino apenas abulia. Salvo la camisa negra que alguno de sus integrantes guarda en el closet, el tono que lo caracteriza es, decididamente, el gris.
El Diálogo Interamericano, cuyo vicepresidente es el talentoso Michael Shifter, desarrolló durante su historia un estilo de títulos con dicotomías previsibles: cualquier situación lindaba entre “peligro y promesa”; “desafío y oportunidad”; “crisis y perspectiva”… ¿qué diríamos de las posibilidades del nuevo Gabinete? Se moverá entre el bostezo y el escándalo.
El gris es un color que muchas veces le conviene a una democracia. El aburrimiento es una forma de paz, y quizá eso se hiciera permanente si las enormes reservas de litio que Bolivia tiene en su territorio estuvieran situadas en el Perú.
No siendo el caso, la grisura puede ser una forma de peligro. Si los trágicos y evitables hechos que, entre otras cosas, defenestraron el Gabinete del olvidable Yehude Simon, no han sido enfrentados ni solucionados, sino apenas mecidos o capitulados; y si el número de conflictos sociales se ha multiplicado respecto de lo que había hace un año, no hay que tener una afición especial por el horóscopo para prever una próxima agudización de esos conflictos.
Una de las partes importantes del problema es, claramente, el presidente Alan García. Entiendo que una de las alternativas que se le planteó para el premierato fue la de Allan Wagner. Él no titubeó en preferir a Javier Velásquez Quesquén. Wagner le había dejado recuerdos de demasiada independencia durante su paso por el Gabinete. No existía ningún peligro de eso con Velásquez Quesquén.
La elección de ministros, por eso, es síntoma de un proceso inquietante. García, como sabemos, es una persona inteligente (de hecho, muy inteligente), pero no precisamente de ánimo parejo; es cambiante, imprevisible y muchas veces poco racional. Para rendir bien necesita, además de estar equilibrado, tener interlocutores intelectualmente exigentes y no intimidados por él. El único que durante este Gobierno lo logró en parte fue Jorge del Castillo; pero luego que éste cayera derribado por los petroaudios, se sucedieron figuras tanto independientes como apristas homogenizados por la subordinación, por la mediocridad o por una combinación de ambas.
Las dinámicas perversas de ese tipo de relación tuvieron mucho que ver con, por ejemplo, la catástrofe operativa de Bagua. Las observaciones malhumoradas de García provocaron una cadena de apresuramientos y sobrerreacciones, partiendo de la ex ministra Cabanillas, que terminaron finalmente con un operativo apurado, que soslayó demandas básicas de inteligencia y planeamiento. El resultado fue la peor catástrofe operativa en la historia de la Policía y una debacle política en todo sentido.
Ante eso, uno pensaría que el nuevo Gabinete reflejaría las traumáticas lecciones de la experiencia; pero los resultados indican que hubo trauma pero no lección.
Veamos, en tres o cuatro casos, la diferencia entre la lección y la elección:
Primera lección: El nuevo Primer Ministro debe ser un político con personalidad, con credibilidad para la gente, con peso y calibre de Jefe de Gobierno y, sobre todo, no estar contaminado por la catástrofe de Bagua.
Primera elección: Javier Velásquez Quesquén es un dirigente aprista incapaz de discutirle al Presidente. Si como Presidente del Congreso fue un eficaz funcionario de Palacio y no contrapesó la frívola y mal calculada arrogancia del Ejecutivo, menos lo hará ahora como subordinado directo del Presidente. No solo eso: Velásquez dirigió varias de las iniciativas y tácticas apristas en el Congreso (votaciones sorpresivas en la mañana; suspensión en lugar de derogación; castigos draconianos a congresistas opositores), la mayoría de las cuales tuvo que ser abandonada luego ante la gravedad de los hechos, pero sin análisis autocrítico por parte de Velásquez Quesquén.
Segunda lección: En un país en crisis, con una Policía en crisis, el liderazgo del Ministro del Interior es fundamental. Debe ser una pesona serena, con conocimiento del sector, capacidad de mando, resolución de conflictos y sin rabo de paja.
Segunda elección: Octavio Salazar fue un jefe exitoso de la 7.ª Región Policial y un director general fracasado de la Policía Nacional.
Como jefe de la región de Lima, su gestión estuvo marcada por el desalojo del mercado de Santa Anita; y como director general por el moqueguazo. Hubo muchas otras cosas y problemas, pero ambas acciones definieron cada gestión.
Era un jefe policial cuestionado cuando, según fuentes con conocimiento de causa, Alan García le pidió sugerencias para ministro del Interior a Julio Favre y éste le preguntó a su amigo Ketín Vidal, quien recomendó a Remigio Hernani.
Convertido en imprevisto ministro del Interior, Hernani se lanzó a llevar a cabo vendettas soñadas.
Pese a que, según varias versiones, García le habría hecho llegar el mensaje de mantener en su puesto a Octavio Salazar, Hernani se hizo el sordo en ese aspecto y lo botó malamente de la Dirección de la Policía, además de someterlo a varias investigaciones.
Salazar quedó entre el limbo y el retiro y nadie, ni siquiera los ex guardias republicanos que han vuelto a dominar la Policía, se hubiera atrevido a apostar por su retorno y mucho menos por su nombramiento.
¿Por qué lo nombró García? Todo indica que se trata de un desagravio personal al maltrato de Hernani y un mensaje de que sus sugerencias no se ignoran.
¿Es esa razón suficiente para un nombramiento de ministro? Para el resto del mundo, no; para García, sí.
¿Está predestinada al fracaso la gestión de Salazar? No necesariamente. Salazar pudiera haber aprendido de la experiencia. Tiempo para reflexionar, no le faltó. Quizá pensó que si la vida le diera de nuevo la oportunidad, haría una gestión transparente y dedicada, para salir él más pobre de lo que entró, pero dejando un sector reformado, robustecido y limpio. Si esa iluminación ocurrió o no, lo sabremos muy pronto.
El nombramiento, en cambio, del general Miguel Hidalgo a la Dirección General de la Policía, sí ha sido una muy buena decisión. Hidalgo ha desempeñado puestos difíciles, como la Dirección de la Policía Antidrogas, con distinción. Es diplomático, pero capaz, resuelto y valiente. Luego de una sucesión de jefes policiales sumisos, incompetentes y, en varios casos, sospechosos de corrupción, Hidalgo es el primero en llegar con una reputación de liderazgo y una foja limpia. Habrá que ver si su comando estará o no a la altura de esos antecedentes. Igual que con su ministro, pronto lo sabremos.
Tercera lección: El barrio se ha puesto complicado. Nos hemos quedado medio solos y hay fuerzas antidemocráticas en crecimiento. Necesitamos Fuerzas Armadas capaces, fuertes, inteligentes, rápidas, organizadas para defender eficazmente el territorio y la democracia.
Tercera elección: Rafael Rey. ¿Debo decir más?




