Modelo para Armar

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Un desarrollo incierto
José Alvarado, antropólogo

Uno de los efectos del drama de Bagua es que se han creado las condiciones para un debate abierto respecto de la Amazonía en general y de sus posibilidades de desarrollo en particular. La oportunidad es propicia para trascender las generalidades expresadas sobre la región después de tan lamentables acontecimientos.

Hablar de desarrollo en la Amazonía no es una tarea sencilla. Y no lo es porque si algo falta son premisas básicas inequívocas y compartidas por una masa crítica de profesionales, poblaciones indígenas y no indígenas, intelectuales y políticos, sobre las cuales se puedan construir colectivamente opciones razonables. Estamos muy lejos de ello. El Perú es un país que todavía no cuaja como nación y en el que la hegemonía autoritaria neoliberal en el Estado impide un debate serio sobre el país todo y su destino.

¿Y por qué no es sencilla la tarea del desarrollo de la Amazonía? Por muchas razones y factores sociales y ambientales que configuran un escenario sumamente complejo e incomprendido por los principales actores relacionados con esta región, que tienden más bien a simplificarlo. Revisemos sumariamente.

Las diversas etnias que habitan la Amazonía marchan de manera asincrónica e incierta hacia la modernidad. Nos guste o no, ése es un hecho macizo. Este tránsito es doloroso e irreversible. En este escenario, los indígenas se ven constreñidos a luchar por su supervivencia cotidiana, abandonados a su suerte por la sociedad mayor y el Estado. No tienen una mirada comprensiva de la Amazonía, ni respuestas consistentes para alcanzar niveles de vida más altos sin costos onerosos para el ambiente. Ya no viven la tradición en toda su extensión y profundidad. Pero tampoco son modernos: solo caminan hacia la modernidad penosamente y con un alto desgaste humano, espiritual y emocional. Afirmar que las poblaciones indígenas tienen su propia alternativa de desarrollo es demagógico e inexacto.

Tampoco los especialistas tienen alternativas globales consistentes: la mayoría de ellos, por definición, limita su campo de observación y análisis a espacios parciales o a temáticas singulares. Así lo muestran los resultados de sus investigaciones.

Los intelectuales, los de dentro y los de fuera de la Universidad, no tuvieron en su agenda el tema de la Amazonía. Ojalá la tragedia de Bagua los anime a incorporarla.

Los antropólogos, con dignísimas excepciones, han estado y están más preocupados por el pasado y la recuperación cultural que por lo contemporáneo. Más aun: han demostrado más fibra ideológica y política que antropológica; se han preocupado más por lo políticamente correcto que por descubrir qué hay detrás de las apariencias, tarea ésta característica de las ciencias sociales.

El Estado, en sus diferentes niveles —nacional, regional, local—, tampoco tiene alternativas consistentes. Sus altos funcionarios están convencidos de que el mercado lo soluciona todo.

Los políticos, que sí deberían estar preocupados por desarrollar las condiciones para el mejor conocimiento de la Amazonía y su manejo en beneficio del país, tampoco han demostrado hasta ahora propuestas serias; para ellos, los habitantes son poco numerosos y, por tanto, políticamente desdeñables.

Finalmente, el artículo “El perro del hortelano” tampoco ofrece una propuesta, en el entendido de que la parcelación y venta de la Amazonía no constituye una propuesta sino una insensatez basada en la ignorancia sobre la extremada sensibilidad de las poblaciones frente a alternativas invasivas y por la fragilidad de los ecosistemas amazónicos.

Las iglesias, que se pronuncian a menudo sobre la Amazonía, no tienen alternativas de desarrollo.

Hasta ahora, los únicos interesados en la Amazonía han sido quienes se han acercado a ella para enriquecerse en el corto plazo, imbuidos por una fiebre extractivista e ignorando o utilizando a los indígenas para sus propósitos, sin que los actores principales ofrezcan alternativas humanamente impecables y ambientalmente sensatas.

Si asumimos que no conocemos suficientemente la Amazonía y que no tenemos alternativas serias para ella, nos sentiremos obligados a darle la importancia que merece; a estudiarla mejor, a conocerla mejor y a diseñar estrategias de desarrollo incluyentes, participativas y democráticas.

Asumamos, finalmente, que la tarea es compleja, de largo plazo y de carácter multidisciplinario. Esperamos que así lo comprenda este Gobierno y se anime a cumplir su promesa electoral: la reconstitución de un sistema de planificación, porque ésta no es tarea de una persona sino de la sociedad organizada en instituciones.

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