Modelo para Armar

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Amazonía estratégica
Dr. Antonio Brack, Ministro del Ambiente

La Amazonía es una región compartida entre siete países, y en el siglo XXI adquirirá una enorme importancia estratégica como sumidero de carbono; para la conservación de los recursos vivos y la variabilidad genética; para la conservación de los pueblos aborígenes y sus conocimientos ancestrales; y como reserva de agua dulce.

Hasta hoy, el enfoque del desarrollo amazónico se ha orientado hacia la destrucción de los bosques para hacer productiva la tierra, lo que ha llevado a resultados bastante limitados. En el futuro, la conservación de los bosques y la reforestación pueden convertirse en un excelente negocio para preservar los servicios ambientales del planeta. El desafío está en desarrollarar alternativas viables para usar y hacer rentables los bosques amazónicos sin destruirlos, y revertir los procesos negativos en las tierras degradadas a través de la producción eficiente.

En los albores del siglo XXI la humanidad afronta problemas sumamente graves, que están poniendo en riesgo a la especie humana y a muchas otras sobre la Tierra.

El calentamiento global o efecto invernadero es una amenaza creciente por los gases emitidos a la atmósfera, en especial el dióxido de carbono (CO2), responsable en un 63% de este fenómeno. La cantidad de CO2 emitida no puede ser procesada y reabsorbida por los ecosistemas en su totalidad, y se acumula en la atmósfera, produciendo el efecto invernadero y el calentamiento global. Un 20% de las emisiones de CO2 proviene de la quema de bosques, y, en consecuencia, su conservación, entre ellos de los bosques amazónicos, es un factor importante para reducir las emisiones.

Conservar los bosques también es imprescindible para mantener la biodiversidad de la flora, la fauna y los servicios que prestan a las poblaciones locales y a la humanidad entera. Por desgracia, la tala y quema de  bosques, la alteración de los ecosistemas acuáticos y la sobreexplotación de los recursos vivos están poniendo en riesgo a numerosas especies como la tortuga charapa, las poblaciones de peces y la nutria gigante del Amazonas.

Los bosques se están reduciendo en forma alarmante ante la necesidad de ampliar la frontera agropecuaria y el crecimiento de los centros urbanos. En la cuenca amazónica se han ocupado aproximadamente 100 millones de hectáreas para la ampliación de la frontera agropecuaria, y una alta proporción de estas tierras ha quedado improductiva por la pérdida de la fertilidad de los suelos. En el Perú se han intervenido y colonizado cerca de 10 millones de hectáreas de bosques amazónicos, y al menos el 80% están improductivas por la degradación de los suelos.

Las cuencas fluviales transfronterizas o compartidas entre varios países están sufriendo el impacto por la contaminación creciente, por los sedimentos de la erosión y por las aguas residuales de las ciudades y de las industrias. La actividad aurífera informal en la Amazonía sur del Perú y el vertimiento de miles de kilogramos de mercurio están contaminando las fuentes pesqueras de la zona con efectos transfronterizos.

Las poblaciones aborígenes y minoritarias están desapareciendo por la transculturización o se están extinguiendo. Se estima que en el año 1500 existían en la cuenca amazónica 2.000 grupos aborígenes, de los que quedan apenas unos 400. Entre 1950 y 1997, solo en la Amazonía peruana, desaparecieron 11 grupos aborígenes, arrollados por la migración desde los Andes o por las enfermedades. Con la desaparición o transculturización de los pueblos aborígenes se están perdiendo importantes conocimientos tradicionales sobre plantas medicamentosas y recursos genéticos.

Esto demuestra que la estrategia de desarrollo amazónico basada en la tala de los bosques no ha dado grandes resultados. El gran reto en el siglo XXI será, sin duda, un desarrollo amazónico orientado a mantener los bosques, hacer plantaciones forestales en las zonas degradadas, domesticar especies de plantas y animales de mayor demanda, y el desarrollo de iniciativas económicas innovadoras con base en los servicios ambientales que presta la región a escala global. Para lograr un desarrollo equilibrado en la cuenca, debemos desarrollar estrategias productivas ecoeficientes y de menor impacto que las actuales.

El reto para el Perú, que posee aún cerca de 66 millones de hectáreas de bosques, consistirá en mantener la mayor superficie posible bajo cobertura boscosa en forma de áreas protegidas, bosques de producción permanente, tierras indígenas y otras modalidades. En este sentido se ha avanzado, porque hoy nuestro país mantiene cerca de 11 millones de hectáreas de bosques como tierras indígenas o de comunidades nativas, 16 millones de hectáreas en forma de áreas protegidas, 21 millones como bosques de producción permanente para concesiones forestales, y también se preservan bosques como concesiones de conservación y de ecoturismo.

El Ministerio del Ambiente está ejecutando el Programa de Conservación de Bosques; la propuesta es mantener todos los bosques primarios amazónicos y desarrollar sistemas productivos que no impliquen la tala y quema de éstos. Para implementar esta iniciativa se cuenta con fondos del Estado peruano y de la cooperación internacional.

A este respecto, un tema de enorme actualidad es la protección de las tierras indígenas, casi en su totalidad con bosques, y hacer cumplir el mandato constitucional de su imprescriptibilidad. El Ministerio del Ambiente está proponiendo pagar una compensación monetaria anual a las comunidades por conservar bosques e involucrarlas en la conservación de las áreas protegidas con guardaparques indígenas. De esta manera el Estado apostaría por la conservación y se generaría empleo para las comunidades.

Uno de los temas de fondo es cómo aprovechar los recursos del subsuelo en forma limpia y con responsabilidad social, generando el mínimo impacto en el ambiente y haciendo participar de la riqueza a las comunidades locales. Este tema está generando en la Amazonía conflictos sociales de preocupante intensidad. Ciertamente, el país necesita aprovechar los recursos del subsuelo, pero la forma de hacerlo implica un acuerdo entre el Estado, las comunidades locales y las empresas concesionarias. El desafío implica repensar y recalcular la economía en la región amazónica en forma innovadora, sin dejar de lado la conservación de los ecosistemas, las necesidades del país y el bienestar de los pobladores.

Pasar de un modelo de desarrollo basado en la destrucción de los bosques a uno de uso sostenible supone sin duda una transformación muy importante. Sin embargo, ya se avizoran algunos cambios en este sentido, pero con iniciativas más bien específicas y no integrales. Cada vez más se implantan iniciativas empresariales muy interesantes referidas al ecoturismo, al manejo de bosques, a la acuicultura, a las plantaciones forestales, a la zoocría y a los productos naturales y orgánicos.

De esta manera, es posible proyectar un panorama futuro de la región con al menos 63 millones de hectáreas de bosques primarios conservados y aprovechados en forma sostenible, poniendo un fuerte énfasis en mejorar la productividad en las zonas ya colonizadas, degradadas e improductivas. Este logro depende de un acuerdo nacional entre los actores implicados del Estado, de las comunidades locales y de las empresas. Está muy claro que a futuro, con la intensificación del cambio climático a escala mundial, los bosques amazónicos en pie tendrán mayor valor que aquéllos talados y quemados.

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