EL pintor de La Parada
Patricia Wiesse
Ochenta y nueve años hubiera cumplido en marzo el inexpugnable Víctor Humareda. Una exposición retrospectiva en el Museo de la Nación —La soledad del artista, 1920-1986— es la oportunidad para reencontrarnos con el pintor y el mito.
Bastón, tongo, abrigo azul raído. Tacora, jirón Huatica, Quinta Heeren, calle Capón, Palermo, Cordano, Trocadero, Cinco y Medio. Marilyn Monroe, Velázquez, Goya, Rembrandt, Manet. Medias sucias, lienzo pintarrajeado, dos sombreros.
Lampa, Buenos Aires, Madrid, París, por siempre Lima.
De todos los lugares del planeta se quedaba con el burdel de La Nené, donde iba a conversar y a pintar, al igual que su referente mayor, Toulouse Lautrec, quien visitaba el Moulin de la Galette con su Jane Avril más. Henri en versión corregida, sin los delirium tremens.
Abstemio, edípico, estrafalario, histriónico, figuretti, posero, provocador, incluso chifladito para los que caían en su juego y se creían la representación que hacía de sí mismo. De loco ni un pelo, aunque la melena revuelta insinuara lo contrario. Una risa demasiado estridente para ser verdadera disfraza la tristeza.
Pinta por pura desesperación.
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Marginal, solitario, amiguero, desconfiado, inseguro, introvertido, juguetón, tragicómico, fetichista, fantasioso, creador de universos únicos en los que se refugiaba. Burlón, sarcástico, ingenuo. Querido, admirado, discriminado, ninguneado, alabado, ridiculizado.
Un amante sin pareja, un bohemio que no tomaba, un bailarín sin música de fondo. Odió París y amó Tacora.
Habitante de un hotel de mala muerte, asomaba las narices por los barrios encopetados solo para cobrar deudas
y recibir algunos portazos en la cara. (¡Un Humareda por una bicoca y encima le regateaban centavos!) Pero eso fue casi al final de su vida porque, antes de que se empezara a construir la leyenda, salía en las mañanas de su cuarto-refugio-santuario para dibujar retratos en carboncillo al paso, que vendía a los comensales de la calle Capón por unos centavos. Algo así como un vendedor ambulante con cara de batracio.
Audaz, decidido, de armas tomar. A los siete años: Crayolas de cera regalados por su abuelo. Inicio pictórico: La escuela de Atenas, de Rafael, copiada en cartulina. A los dieciocho años: abandona Lampa y su colección del Tesoro de la Juventud que había devorado leyendo la vida de los pintores. Se atreve a dejar a Eudocia Gallegos, su madre querida, la que le llevaba el desayuno a la cama, para empaparse de arte en Lima, según él. Llega solo y se matricula en la Escuela de Bellas Artes. De ahí a La Parada, un paso. Años después, descubre El Cordano.
Plato favorito: Sancochado. Bebida: Manzanilla. Música: Beethoven, Bach, Vivaldi, solo clásica. (Extraño puneño éste.) Una película: 1900, de Bertolucci. Un regalo: El afiche de Marilyn Monroe de dos metros que le obsequió el fotógrafo Herman Schwarz.
Un maestro: Goya. Un escritor: Eugene O’Neall. Una novela: El lobo estepario. Un baile: El tango. Un pintor peruano: Sérvulo Gutiérrez. Un antipático: Mario Vargas Llosa.
Tiempo soñado: El Renacimiento. Personaje histórico: Giordano Bruno y/o Escipión el Africano y/o Matías Pascal. Un genio: Picasso.
Posición ideal: Despanzurrado en un sillón. Un refugio: Cuarto 283, Hotel Lima. Un acompañante permanente: El desorden. Un terror: Que le suban la renta del cuarto. Un odio: El arte abstracto.
Mujer perfecta: Marilyn Monroe. Amiga del alma: Ivette Taboada, la mejor. Amores: La Celeste, la Cri Cri (la dejó porque le sacaba mucha plata). Signo astrológico: Piscis. Prendas fetiche: Corsé negro, zapatos taco aguja. Look: A lo Toulouse Lautrec sin barba.
Tendencia política: Izquierda. Barrantes Lingán lo condecoró en el año 1984. Dibujó la bandera de Izquierda Unida en una de sus libretas.
Cuadros con temática comprometida: El mitin, Uchuraccay, La ronda de los generales.
Un objetivo: Estudiar el color. Mezclas, matices, contrastes. Su gran y verdadero amor: El color violeta, porque es difícil de dominar.
Un ojo: Ve un crisol de colores estridentes donde el resto ve una gama de grises.
Le gustaba: La paz que le producía mirar la luz de la Plaza San Francisco en verano. Esa luz que es como un cernidor.
Le encantaba: El teatro, más que la poesía. Léase, La ópera de dos centavos de Brecht.
No le gustaban: Los lampeños. Al visitar su tierra, años después de que se fuera, los pobladores le parecieron incultos, indiferentes con él, aburridos; no sabían de pintura y no había un cine.
Niega la pareja, el matrimonio, la convivencia, los hijos y cualquier relación que lo privara de su libertad-soledad. No soporta la sensación de hogar; por eso vive en un hotel.
Corbatas desanudadas que no se quitó ni cuando estuvo en pijama en la cama número 63 de Neoplásicas.
Enfermedad: Cáncer a la laringe. Tres tumores.
Cuartel Desiderio, nicho 47- D, cementerio Presbítero Maestro.






