Cuatro Europas

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Hildegard Willer - Periodista

I. La Europa de Bruselas

Quizá Europa no tiene un número de teléfono, como dijo en son de broma alguna vez el antiguo secretario de Estado de los Estados Unidos de América, Henry Kissinger. Pero sí tiene una capital, o, más propiamente, una capital en una capital: Bruselas, capital de la pequeña Bélgica, alberga también al Barrio Europeo. El poder del Viejo Continente se concentra en un área de un kilómetro cuadrado: allí están el gran edificio Berlaymont de la Comisión Europea, el del Consejo Europeo, el del Consejo de los Ministros y, a 10 minutos a pie, el Parlamento Europeo.

Bruselas ya no se asocia con las canciones de Jacques Brel o su tradición de hacer chocolates: se ha convertido en sinónimo de la Unión Europea (UE), de esta construcción híbrida entre estado federal y federación de estados que rige a 27 estados nacionales europeos y que suscita más de un anticuerpo en los ciudadanos.

Manuel Barroso podría ser el hombre más poderoso de Europa. Pero como la Constitución Europea fue rechazada por un buen número de ciudadanos de esta parte del mundo, el ex Presidente del Portugal se tiene que contentar con ser el más alto funcionario de la UE y el jefe del cuerpo burocrático de Bruselas.

Uno de sus problemas es que tiene, a la vez, poco y demasiado poder. Aunque lo dejan aparecer en las fotos de los poderosos del G8 o el G20, el Presidente de la Comisión Europea está a la merced de los jefes de Estado nacionales. Los que mandan en Europa se llaman frau Merkel, monsieur Sarkozy y mister Brown.

Por otro lado, la Comisión Europea tiene mucho poder frente al Legislativo. Demasiado poder como para que se pueda calificar a la UE de verdaderamente democrática. Por ejemplo, es la única instancia con la facultad para hacer propuestas de ley. Y esto la hace manipulable frente a intereses particulares. Veinticuatro mil funcionarios europeos en un solo barrio dan la impresión de una burocracia exuberante. Pero puestos en relación con el número de ciudadanos europeos, esa cifra es mucho menor que la de una administración municipal europea promedio. “Esto hace que las comisiones que elaboran propuestas de ley acojan la experticia de miembros de la empresa privada o de ONG”, dice Martin Pigeon, de la ONG Corporate European Observatory. La ONG quiere sensibilizar a la ciudadanía europea sobre la nula transparencia que representa la cercanía entre el Ejecutivo político europeo y las grandes empresas privadas.

En un llamado “lobby-tour” a través del Barrio Europeo se puede apreciar el vecindario. El recorrido incluye, por ejemplo, la visita a la multinacional Shell, que tiene su oficina al lado del edificio de la Comisión. Sus expertos han conseguido exonerar al petróleo de un impuesto de compensación. Y así se podría seguir enumerando las conocidas marcas empresariales reunidas en el Barrio Europeo. Por supuesto, están también las ONG, que constituyen un cierto contrapeso, aunque todavía limitado: “Tres de cada diez grupos de lobby en Bruselas vienen del sector de las ONG; el 70% representa a intereses corporativos”.

El conglomerado de intereses entrelazados en Bruselas ha trascendido hasta llegar al ciudadano europeo común. De hecho, ése es uno de los motivos por los que la UE es vista por muchos como un monstruo burocrático y nada transparente. Se nota una cierta “europa-fatiga” entre los ciudadanos, que tiene que ver con la brecha democrática. Por más que acuden a votar para elegir a quienes ocuparán el Parlamento Europeo, no pueden hacerlo por el señor Barroso: el Presidente de la Comisión es nombrado directamente por el Consejo de los Jefes de Estado. Por eso muchos europeos no se sienten identificados con una cara europea, sino atraídos por personajes políticos nacionales que saben manipular sus peores temores.

II. La Europa de las fronteras

En los Países Bajos, pocos identifican al señor Barroso, pero todos conocen a Geert Wilders. El político neerlandés se distingue por su cabello rubio pintado y su rechazo a los musulmanes. En nombre de la libertad y de los valores dizque europeos, el antiguo parlamentario de segunda fila logró ponerse en primera plana atacando a la cultura musulmana. En esta su cruzada en nombre de la libertad y la tolerancia, no omite ninguna ofensa contra los musulmanes que, al fin y al cabo, constituyen una notable minoría entre la ciudadanía holandesa. En las recientes elecciones europeas, el partido de Wilders llegó a ocupar el segundo puesto entre los electores de su país.

Una inclinación semejante hacia la derecha nacionalista se pudo percibir en Austria, Inglaterra, en varios países de Europa Central y en Italia, donde el partido de Silvio Berlusconi arrasó con los votos. ¿Está reapareciendo el fantasma del nacionalismo extremo en Europa?

Quizá sea exagerado pintar un cuadro tan alarmista. Pero los resultados de las recientes elecciones al Parlamento Europeo denotan dos hechos: la preocupación por la identidad, dirigida contra los migrantes, y una derrota de la antigua socialdemocracia.

Vamos al primero.

El 10 de junio, Manuel Barroso y el comisario europeo de seguridad, Alain Barrot, presentaron en Bruselas su nueva estrategia de seguridad. El problema de fondo, según ellos, son los 8 millones de migrantes ilegales y las imágenes televisivas de africanos que llegan muertos o medio muertos a las costas mediterráneas de Italia, Grecia y España. La Comisión Europea quiere abordar el asunto unificando los sistemas de vigilancia y registros policiales, por un lado, y, por el otro, reforzando la Policía de Frontera (FRONTEX) e instalando campos de retención de migrantes en países como Libia. En breve: quiere reforzar Europa como fortaleza y dejar algunos huecos para los migrantes altamente educados de todos los países.

Sin embargo, quedan dudas si con esta estrategia podrán reconquistar a los electores de políticos como Geert Wilders. Hace cinco años, la UE aceptó diez nuevos miembros, y el año pasado se adhirieron Rumania y Bulgaria. Este proceso de integración ha sido visto como precipitado por una buena cantidad de ciudadanos, y muchos analistas dicen que por el momento la UE no tiene la fuerza suficiente para integrar a nuevos miembros. Es una negativa sobre todo a Turquía, que aspira a integrar la Unión como primer país musulmán.

III. La Europa de la crisis

La crisis económica ha tocado también al Viejo Continente, aunque sus impactos difieren mucho según el país. Las naciones bálticas, por ejemplo, estarían en quiebra sin la ayuda de la UE; Irlanda y España exhiben cifras de desempleo de dos dígitos. Dada su bancarrota, Islandia, que no pertenece todavía a la Unión, está pensando adoptar el euro. Aun cuando los políticos manejan la crisis con recetas y miradas más nacionales que europeas, sobre todo los países más pequeños de la UE se benefician de un cierto paraguas de protección. En Alemania, Holanda o los países escandinavos, la recesión está siendo amortiguada por el Estado de Bienestar. Todavía.
Uno de los hechos más sorprendentes de la crisis es que los estados han salido fortalecidos frente a las empresas privadas, pero los partidos socialdemócratas, el símbolo de un capitalismo domado por políticas de redistribución, han devenido en grandes perdedores. Solo en Gran Bretaña y España los socialdemócratas siguen en el poder, aunque un poder bastante lacerado.

Las explicaciones resultan evidentes: en medio de la crisis, los partidos de derecha están adaptando tantas recetas ya vistas como ingenuamente socialdemócratas que la socialdemocracia tiene problemas para aparecer con un perfil propio. Por otro lado, la gente prefiere no cambiar al capitán cuando el barco entra en la tormenta, como dice un viejo refrán.

IV. La Europa de los cibernautas

Bruselas, la UE, elecciones, partidos políticos: nada de esto suele suscitar gran entusiasmo entre los jóvenes. Hasta el movimiento antiglobalización de Attac se ha acercado al partido de los verdes y se está integrando de cierta forma al sistema político. La verdadera rebelión llega, para muchos de ellos, de otro espacio. Del ciberespacio.

El partido “Pirata” nació en Suecia en protesta contra una ley que limita el acceso libre a ciertas páginas de Internet y la descarga de música. Con un programa mínimo que solo exige libertad en el ciberespacio, a los pocos meses de su fundación lograron un escaño en el Parlamento Europeo. Varios analistas ya especulan si esto significa que ha nacido un nuevo movimiento, como ocurrió con los partidos verdes desde los años 1970. El partido “Pirata” representa a la nueva generación europea del facebook, aquélla que creció con la moneda común euro y una Europa sin fronteras; la generación que se cita por esta vía para una fiesta en Róterdam y el otro fin de semana para otra en Berlín. Una generación que se manda videos You Tube de regalo por el ciberespacio y no entiende por qué el Estado se los quiere recortar. Una generación que también intuye que la era del crecimiento económico perpetuo en Europa ha llegado a su límite, y que la única rebelión que vale la pena es la que está en el ciberespacio.


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