SIENTO AL PERU

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Hugo Salazar – Humorista

Queda claro que las fiestas patrias nos agarra a todos, incluso al más gracioso

Siento al Perú...

Siento al Perú en las certezas y en las dudas.

En muchas de mis preguntas y alguna de las respuestas.

En la sonrisa y el enojo.

El jolgorio y la lágrima.

Cuando todo lo entiendo y cuando nada comprendo.

En la presencia y en las ausencias.

En los sabores que me atrapan sin querer yo escapar.

Desde el mar hasta las cumbres, saltando al verde, más allá, verde infinito, que no quiere ser cautivo, que no se vende y se defiende.

El Perú enmarca mis despertares, mi sueño y mi vigilia, pinta y despinta mis anhelos en un empate eterno, en una larga tregua, una corta dicha o en un fugaz instante.

En soledades y amarguras, en días de vino y rosas, de bailes y de quietudes, de ojos cerrados que luego se abren y desean, de brazos abiertos, de sonrisas francas y falsos rumores.

Me besa por los labios de mi madre, me abraza con los brazos de mi padre y se ríe por boca de mis amigos.

Y de vez en cuando me regala esos otros abrazos, y esos besos distintos, cálidos y agridulces que hace un tiempo no existían. El trueque de las caricias y la batalla de las pieles, los cabellos, la herida de los malos amores, la salud del buen querer, la espera que me exaspera, cuando todo se mide, se cuenta, se moja, se arma, se rompe, se arranca, se pega o se dibuja, cuando todo se logra, cuando todo parece ser y a veces no es, y cuando nada me alcanza y cuando todo se niega.

Siento al Perú en las muertes inesperadas y en las vidas de sorpresa, cuando algo de lluvia nos cae o cuando el sol nos llama a fiesta.

En la oportunidad y la impertinencia, la tentación, los errores y el consejo.

En el cielo tapado de esta villa y sus hermanas de la costa, en sus playas amigueras, en sus templos de sabores y delicias, sazones y perfumes, las bromas y las risas, sus feriados largos y sus fechas alusivas. El olor a tierra y campo de la sierra, sus cielos de acuarela y sus cumbres de blanco satén, en los ponchos y las polleras, el charango y en la quena.

En la selva milagrosa, valiente, caliente, rebelde y verde, laberinto de ríos, escondidas criaturas y furiosa alegría.

Siento al Perú en la esperanza eterna, de una Patria de Justicia, de igualdad ante la ley y ante los otros, para sentirme un hermano del prójimo en la brega de las grandes luchas y adversidades, la esperanza de ver cómo los unos miran igual a los otros y sienten igual a los otros, que son iguales a uno.

Siento al Perú en las guitarras y en las voces, en las palabras que son y no son mías, en los silencios que calman o duelen, en lo que digo o me dicen, en el que sueña otras primaveras y el que ambiciona otras conquistas.

En las bocas hambrientas y las gulas saciadas, en las almas de los fuertes y los débiles sin voz.

En lo que eres y en lo que tal vez no serías.

En las mieles y el veneno del pasado, las preguntas del presente y los anhelos de futuro.

En lo que eres diferente, en lo que serás siempre igual.

Amor de extraño pelaje, pasión de algarabías y quebrantos.

En tus horas de alegría, de pena, de aguas desbocadas y sangrados lacerantes, de victorias y derrotas, de comprender lo que no entiendo y de entender lo que no siento.

En la ausencia temporal y en la raíz permanente.

Préstame tus voces, tus miles de rostros, tus ríos de lágrima y tus huaicos de risa, para expresarte mi amor, mi anhelo y mi esperanza.

Déjame quererte, déjame vivirte, déjame soñarte.

Déjame amarte.

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