Tinieblas a mí

ciudad sin electricidad.jpg

 
 
El problema de la crisis energética es realmente de temer y además de las serias presunciones de corrupción que giran a su alrededor- y que ha sido la comidilla de días pasados- puede repercutir en algo tan vital de nuestra vida cotidiana, como por ejemplo quedarnos sin luz. Acá la historia completa de cómo llegamos a este punto.
 

Que de pronto nuestra casa o nuestra ciudad queden a oscuras, no debe remitirnos necesariamente a los lóbregos años 80. Quizá a algo peor. Las torres tardaban, pero finalmente volvían a levantarse. Pero ¿qué pasa si esas mismas torres, ahora infranqueablemente erectas, no reciben electricidad que acumular?
Tinieblas a mí. Y a ti.
 
No estamos describiendo el argumento de un thriller futurista, sino más bien una no- descartable posibilidad que se  baraja nuestra pelada realidad.
 
Nuestro país, paraíso de paradojas, tiene en la energía un ejemplo electrizante de su curiosa vocación: a pesar de contar con energía de la más diversa en nuestra biorrealidad (la verdad, tenemos potencial energético hasta pa’ regalar), nos encontramos en medio de una absurda crisis energética.
 
El cómo el porqué y el cuándo tienen cierto consenso. Las soluciones, más bien, y para variar, encuentran a la tribuna (de especialistas) dividida.
 
Camisea de 11 varas
 
Al principio todo parecía ir bien: sin abundancia, pero tampoco ajustados. Los problemas empezaron en los 80, con la voladura de torres, cotidiana práctica subversiva. En ese entonces la dificultad consistía en la celeridad con que se reestablecía la conexión de la red eléctrica. Pero corriente no faltaba.
 
Hasta que llegó el gas y toda la discusión de Camisea que no tardó en convertirse en una Camisea de 11 varas. A finales de la década de los 80 un grupo político fuerte en el Cuzco, liderado por Daniel Estrada, opuso tenaz resistencia al proyecto del gas de Camisea argumentando que no beneficiaba a las regiones. Ahora tirios y troyanos reconocen que fue un error ponerse en posición intransigente, aunque eso no significa que muchas de las reivindicaciones podían ser correctas. La discusión se extremó hasta volverse infranqueable.
 
El tema reapareció una década después, cuando ya los permisos para que el gasoducto funcione estaban oleados y sacramentados. Con la nueva normativa del Gobierno de Fujimori no era posible discutir los convenientes e inconvenientes en el porvenir energético. En realidad, con el fujimorismo no era posible discutir nada y se vendió la idea de que Camisea se convertiría en la panacea de un recurso inextinguible y barato.
De inmediato, con la esperanza que brindaban las reservas probadas, se empezó a trabajar en el cambio de matriz energética, apostando todo al gas y descuidando la que siempre había sido nuestra principal reserva: las centrales hidroeléctricas. Más sencillo, el agua.
 
En esa época se hizo creer que bastaría usar el gas como reemplazo o complemento de la hidroenergía, y se dejaron de promover inversiones en hidroeléctricas. El agua tiene la facilidad de ser un recurso renovable: no se acaba, como el petróleo o el gas. O, en todo caso —en caso de agotarse—, el planeta se agotaría con ella. Y ya no habría tampoco quién necesitara electricidad.
 
El Perú solo está usando el 5% de su potencial hídrico en electricidad. Todo parece indicar que la apuesta por el gas como fuente de energía eléctrica fue la peor decisión, tomada sin rumbo ni fundamento:
“La energía eléctrica tenía tranquilidad antes de Camisea. El 85% de nuestra electricidad venía de las hidroeléctricas. Todo lo que había explotado el país de su potencial hidroeléctrico era menos del 5%; nos quedaba por desarrollar lo demás El problema de nuestro país nunca fue el tema eléctrico, ni tenía por qué serlo. Nuestro dolor de cabeza era el petróleo. Estábamos intentando poner otras fuentes que no eran petróleo y Camisea era la opción, pero empezó esta cultura de decir ‘no sirve la hidroenergía’. Que podíamos tener electricidad más barata si la reemplazábamos con el gas. Mucha gente quería Camisea, pero no sabía por qué”, señala Carlos Herrera Descalzi, protagonista ministerial del primer contrato del gas de Camisea durante el Gobierno de Transición y actual decano del Colegio de Ingenieros del Perú (CIP).
 
A tientas y a ciegas
 
Los apagones que sentimos a finales del año pasado y comienzos de éste no son casuales: revelan que ya vivimos un déficit energético. Las cifras no engañan. La recomendación internacional es trabajar con el 30% a 50% de reserva en energía eléctrica, y actualmente estamos en 5% en el mejor de los casos y en 2% en el peor. O sea, al borde. Dicho de otra manera, tantito más y patapúfete.
 
El especialista Rafael Laca explica lo que está pasando: “El año pasado salió a flote una problemática que ya se venía desde varios años atrás. Esto se originó porque en agosto la central térmica de Ventanilla estaba fuera de servicio y simplemente tenía que racionar, y, por otro lado, se comenzó a reflejar la falta de gas con las centrales termoeléctricas. Tanto es así que el Gobierno, en los últimos meses del 2008, emitió un decreto supremo por el cual estableció que, por falta de gas, las centrales hidroeléctricas tenían que continuar con petróleo Diésel 2”.
 
¿Y por qué no había electricidad? Regresando a finales de los 90, al poner todas las fichas en el gas nos olvidamos de promover las inversiones en hidroeléctricas, nuestra principal fuente de energía.
El crecimiento económico que reclamaba cada vez más electricidad versus un finito e imperfecto dispensador de energía dieron como resultado los intermitentes apagones. Por ello el Gobierno ha adoptado como medida de emergencia el alquiler de centrales termoeléctricas que funcionan en la mayoría de casos con gas y petróleo. Gas no hay, y el petróleo sale a un ojo de la cara. ¿Cómo funciona esto?
 
El costo económico de la energía se cotiza de acuerdo con el gasto hecho por la matriz de electricidad más cara que funciona en un determinado horario.
 
Mejor por partes: lo que llega a nuestra casa como electricidad tiene su origen en una misma red de energía que es alimentada, a su vez, por las centrales hidroeléctricas, las centrales termoeléctricas y la energía alternativa. De todo esto, la principal siguen siendo las centrales hidroeléctricas. El gasto que se cotiza está siempre en función del de mayor costo. En este caso las que funcionan con Diésel. Además de los costos ecológicos, claro.
 
El problema, a entender de los especialistas, y, ciertamente, del sentido común, consiste en generar mayores centrales de energía que reemplacen a éstas de emergencia que funcionan con petróleo.
 
¡Nada gaseoso!
 
Finalmente, las famosas reservas probadas no eran ni cuantiosas ni probadas.
De acuerdo con Herrera Descalzi, las ingentes reservas de gas podrían ser más parte de una mitomanía que de la realidad: “Las dos administraciones de este Gobierno han inventado reservas. El Colegio de Ingenieros decía ‘cuidado que no hay reservas de gas’; entonces se descubrían entre comillas nuevas reservas, lo que ha llevado a que se dijeran cosas ridículas, como cuando se encontraron 2 CTF y se dijo que teníamos para cuarenta años. Mentira: solo teníamos para cuatro años. Cometer un error de cuatro a cuarenta significa un absoluto desconocimiento del tema”.
 
Javier Coello, otro experto en estos asuntos, es de la misma opinión: “No hay claridad si se ha encontrado más lotes. No está claro si hay disponibilidad o no, si se ha hallado y no se ha anunciado. Lo que hay es incertidumbre. No se sabe si las nuevas reservas existen realmente”. Todo parece indicar que no existen, ya que a más de diez empresas que quieren invertir en el país se les ha negado la dotación de gas. Si tuviéramos las reservas que se dice tener, ¿qué motivo habría para negárselas a gente que va a invertir en el país?”.
 
Hay otro problema relacionado con el gas que termina por agravarlo. Cuando se firmó el contrato primigenio de Camisea, durante la Administración de Paniagua, se reservó el lote 88 para el consumo nacional. El plan era que solamente si nos excedíamos en reservas se iba a exportar.
 
Sin embargo, en el Gobierno de Toledo se trastocaron las cosas y se renegociaron los contratos a pedido de la empresa, y las partes acordaron meter mano a las reservas destinadas al consumo nacional para exportarlas (a propo: ¿quién dijo que no se podían renegociar los contratos?).
“De acuerdo con la reformulación del contrato, el gas para la exportación se estaría vendiendo a 16 centavos de dólar, mientras que el mismo gas para generación eléctrica se vendería a 1,50, y a la industria, a 2,50; es decir, por el mismo bien el consumidor paga 1 dólar 50 y 2,50 los industriales nacionales. Ésos son los contratos que se hicieron”, denuncia Herrera Descalzi.
 
 El asunto ha salido a la luz en las últimas semanas. El acusado directo es quien fuera premier en el gobierno de Toledo, Pedro Pablo Kuczynski, ya que bajo su gestión se renegociaron los contratos. Se dice que Kuczynski, asesoró anteriormente a la empresa que se benefició con este cambio. Seguramente el debate se avivará si el ex premier insiste en postular a la presidencia en el 2011. Hace unos días dijo que le encantaría ser candidato para poder responder las cojudeces que estaban diciendo de él. Tranquilo don Pedrito, mejor responda con solvencia los graves cargos que se imputan.
 
Las consecuencias podrían ser catastróficas: si se acaban las reservas, tendríamos que comprar gas o petróleo, y quien pagaría las consecuencias directamente sería la ciudadanía, además de que se podrían generar conflictos con países latinoamericanos.
Según el Decano del CIP, quien era Ministro al momento de la firma, la renegociación hecha no tiene ni pies ni cabeza. Por el contrario, huele mal:
“Uno puede revisar los contratos bajo una óptica de corrupción. Las dos personas más influyentes en estos cambios estuvieron ligadas al consorcio que ganó el proceso. En la etapa previa los dos asesores privados luego pasaron a ser ministros. Si hubieran hecho el cálculo, se habrían dado cuenta de que las reservas no alcanzaban. Las empresas sí hicieron el cálculo; por eso dijeron para hacer los cambios en los contratos. Si uno analiza, ve que no había informes, documentos y cálculos que justificasen la operación, y luego ve que los precios no eran convenientes para el Perú, lo cual da pie para que sean revisados ética y públicamente no solo el contrato sino su génesis. Se priorizaron los intereses privados contra el interés nacional”.
 
A-paga la luz
 
Otro problema es el de las tarifas. Ahí todos coinciden. Pero también de manera ambivalente. Para el público y los empresarios, el problema es que las tarifas eléctricas son muy altas. Pero para el Estado y los expertos, el problema de las tarifas es que están por debajo de lo que deberían estar.
La cuestión es que durante buen tiempo se contuvo el alza de tarifas. Estamos hablando de nuevo de finales de los 90, que coinciden con el periodo electoral. Lo último que hacen los gobernantes cuando las elecciones están cercanas es incrementar las tarifas de lo que sea.
“Se ha ido manipulando la tarifa, se ha ido cobrando menos de lo que se debería cobrar. Por lo tanto, los inversionistas no venían, y ahora no tenemos inversiones; y nuestras reservas se han reducido del 25% al 2%. Vale decir que si pasado mañana la central hidroeléctrica del Mantaro sale de servicio, como ya salió, nuevamente tendríamos racionamiento en Lima. Entre 1980 y 1990 las tarifas fueron embalsadas, y en el año 1991 tuvo que haber un “paquetazo” no solo económico sino también eléctrico. Con la última alza de las tarifas simplemente se ha creado como un tubo de escape. Pero que aún no refleja el costo real”, afirma Laca.
 
Doble problema: al no subir las tarifas, el Perú dejaba de ser un destino atractivo para las inversiones, pero como ya en esa época había entrado la locura por el gas, desde el Gobierno no se previeron las consecuencias y decidieron seguir aguantando el ‘sinceramiento’ de tarifas, hipotecando nuestro destino energético a un porvenir absolutamente incierto, in-cierto, de las reservas probadas de gas.
 
¿La crisis nos iluminó?
 
No habremos estado blindados ante la crisis, como decía García, pero de carambola la crisis parece haber blindado nuestra precaria reserva energética. Al caer la producción a inicios de año, cayó también la demanda, lo que dio un periodo de relativa pax a un tema de alta tensión.
El problema de aquí para adelante es una carrera de 100 metros planos sin postas de por medio. La crisis va a pasar, y las proyecciones auguran una acelerada producción. El petróleo nuevamente se disparará, de modo que requeriremos una reserva energética que responda con holgura a los retos del alto voltaje y sus vaivenes.
 
Hasta ahí todos de acuerdo. En lo demás, no.
 
La utilización de energía renovable y energía alternativa es causa de cavilación y polémica constante. Pero también de propuestas concretas.
Javier Coello, de ITDG, lleva años trabajando en el tema. Es uno de los principales impulsadores de la energía eólica, solar, termo-terrestre y todo lo novedoso que pueda traer electricidad, y piensa que la solución está en la diversificación de fuentes:
 
“Para todos los que están en la red, lo que debe haber es una diversificación de fuentes. Hay que promocionar la hidroeléctrica, la gasífera, la eólica, y terminar con el petróleo. No tiene futuro seguir pensando en térmicas de petróleo; así solo vamos a seguir aumentando el consumo, sea por incremento de la producción o porque la red va a llegar a más personas. Debe diversificarse y abastecerse con todo lo que se tenga a la mano; pensar solo en el gas y la hidroenergía no es real. A lo que si le bajaría la llanta es a la térmica a petróleo”.
 
Pero existe un grupo de peruanos a quienes no les llega la red, ni les llegará. Según Coello, aproximadamente 2 millones viven en lugares alejadísimos, y a menos que García complete su dislocada idea de juntar a todas las comunidades, la energía alternativa no es solo una excelente alternativa sino, francamente, la única:
 
“Para esos pobladores que están dispersos en esos pueblitos de 100 casas donde no va a llegar la red, hay esquemas probados de empresas locales de una o dos personas, algo así como Luz del Sur de dos personas que trabajan con microcentrales eléctricas o con aerogeneradores. Si apuestas por generarles electricidad en el mismo lugar, puede resultar más barato”.
La apuesta de Coello e ITDG no es en solitario. Gamio, quien fue viceministro de Energía y Minas en la primera parte de este Gobierno, era un convencido de que si el Perú deja de apostar por la energía alternativa, vamos a quedar rezagados en el futuro.
 
Sin embargo, la actual gestión del ministro Sánchez parece no haber continuado con esos proyectos. Al menos, no como prioridad.
La opción de la energía alternativa con recursos renovables es sin duda una opción a la que se le debe dar toda la importancia que merece, pero es iluso pensar que es la gran solución al déficit energético del Perú.
En el nivel macro, no todos comparten el entusiasmo de la energía eólica. Rafael Laca piensa que termina siendo demasiado cara, y Herrera Descalzi considera que no es necesaria en vista de toda la reserva hidroenergética con la que contamos.
 
Sin embargo, hay otras cosas más que se barajan debajo de la mesa. La energía eléctrica es una inversión que pone en juego millones de dólares. Las muy explicables conjeturas se multiplican, cuando de recursos naturales se trata, por millones.
 
No puede perderse de vista que existen cuatro empresas que están detrás de las inversiones en centrales termoeléctricas: una de ellas es  la Suez Energy, famosa   por el lobby que armó con periodistas y en la que tan activamente participó Aldo Mariátegui, director de Correo.
Como también existen, detrás de las inversiones eólicas y solares, millones de dólares o euros en juego.
 
El electrizante panorama eléctrico está paradójicamente desprovisto de energía en nuestro país. Necesita una urgente revisión de la política energética. Tener al menos una solidez de veinte años en adelante. Sin embargo, la única política que parece haber implementado hasta el momento el Estado y sus gobiernos temporales, como hemos visto, es el allabá.
 
Las nuevas inversiones en centrales hidroeléctricas podrán dar sus frutos de acá a cinco años; mientras tanto, tendremos que acostumbrarnos a vivir al borde y a bordo. Al borde de un déficit energético que podría no tardar en dejarnos en penumbras, y a bordo de una maquinaria estatal cuya brújula parece ir en trompo.

La recomendación internacional es trabajar con el 30% a 50% de reserva en energía eléctrica, y actualmente estamos en 5% en el mejor de los casos y en 2% en el peor. O sea, al borde. Dicho de otra manera, tantito más y patapúfete.

Secciones