Lo que nos deja
Si tomamos el primer trimestre del 2010, que es como se calcula el crecimiento en la OECD, la economía creció en 6,7% después de haber crecido 10,8% en el cuarto trimestre del 2009 y 8,5% en el trimestre anterior.
Para muchos, el desempeño económico en los últimos años ha sido una sorpresa, y pocos hubiésemos predicho que la economía iba a crecer al 9,3% (con respecto al año anterior) en abril, un año después de que el mundo desarrollado caía en su peor crisis desde los años 30 del siglo pasado. Pero la economía es desleal e inocua, como lo son sus actores principales, los banqueros y financistas. Muchos atribuyen el buen desempeño al actual Gobierno, pero lo cierto es que en economía lo que sucede hoy se debe en buena medida a lo que se hizo o dejó de hacer en años anteriores. Quizá el éxito del actual Gobierno consista en haber mantenido, en términos generales, lo que hicieron sus predecesores. Pero uno se pregunta: ¿Y qué nos deja este Gobierno?
Una forma de responder consiste en analizar con más detalle la información disponible. Por ejemplo, si tomamos las series de alta frecuencia y las comparamos, no con las del año anterior sino con las del mes o trimestre inmediatamente anterior y las anualizamos para que sean comparables con las anuales que produce el INEI.
Las conclusiones son un poco desalentadoras. Por ejemplo, en abril la economía solo creció al 1,7% con respecto a marzo. De acuerdo: anualizar el desempeño de un solo mes podría resultar injusto por la alta volatilidad de las series. Pero si tomamos el primer trimestre del 2010, que es como se calcula el crecimiento en la OECD, la economía creció en 6,7% después de haber crecido 10,8% en el cuarto trimestre del 2009 y 8,5% en el trimestre anterior.
Más aun: del crecimiento de 6% en el primer trimestre (esta vez en la comparación anual), solo el gasto del sector público representó 2 puntos porcentuales; y en el 2009, cuando la economía creció al 0,9%, el sector público contribuyó con 2,9 puntos porcentuales. Gran parte se explica por el aumento del gasto público. El Perú, como el resto de países desarrollados, y algunas economías emergentes, como China, India y Brasil, implementó políticas contracíclicas.
Aun cuando estas políticas fueron las correctas el año pasado, cuando el mundo se derrumbaba, todos sabemos que de cierta forma es un crecimiento artificial, incapaz de ser sostenido en el tiempo. La única forma de hacerlo sería aumentando los impuestos o los déficits. De hecho, los mercados se lo han hecho saber a la periferia de Europa: Grecia, Portugal, España e Irlanda tienen hoy que retirar sus estímulos fiscales arriesgando una recesión profunda de sus economías. Más aun: en el segundo trimestre, la gran mayoría de países desarrollados han empezado a mostrar señales de desaceleración y muchos han decidido abortar sus políticas fiscales expansionistas y han empezado a reducir sus déficits fiscales. Recientemente lo hizo el Reino Unido, y Alemania y Estados Unidos planean recortar su déficit a menos de la mitad en los siguientes cinco años.
El Perú podrá mantener su crecimiento de largo plazo, de alrededor de 6% por año, siempre y cuando adoptemos las políticas correctas. Esto pasará por una transformación más profunda de nuestra economía para convertirnos en una economía más industrializada y productora de servicios
Heredamos dos problemas, y de nuestra capacidad para solucionarlos dependerá el éxito futuro. El primero es el manejo económico. Lo cierto es que el mundo viene cambiando y el crecimiento depende hoy más de la competitividad que de la capacidad que tuvieron las economías para expandir su gasto público. Para el Perú, esto podría significar que los años de crecimiento fácil quedan atrás. Cuando uno mira el crecimiento reciente de nuestro país, le quedan pocas dudas de que mucho dependió de las fuertes inversiones que se hicieron a finales de la década pasada, fundamentalmente en minería; de las reformas estructurales de los gobiernos pasados; y de la pacificación —erradicación del terrorismo—que permitió que las inversiones fluyeran libremente. Pero en una economía global que se caracterizará por un crecimiento sub-par y precios de las mercancías más bajos, y cuando los beneficios de las reformas pasadas han sido agotados, uno se pregunta de dónde provendrá el crecimiento futuro.
En este contexto internacional, la reciente apertura comercial que impulsó este Gobierno tiene un significado especial. Pocas dudas quedan de que la apertura comercial será el legado de reforma estructural más importante que deje esta Administración. Sin embargo, el mundo globalizado pone un reto adicional a países que, como el Perú, quieran competir en estas condiciones. Por una parte, los países disputarán hoy más que nunca por su competitividad, y la evidencia es que hoy la inflación en los Estados Unidos, calculada en la comparación de 3-meses en 3-meses, fue de -0,7% en junio, y la que excluye alimentos y medicinas, de solo 0,9%. La última vez que vimos esta inflación tan baja fue a comienzos de los años 30 del siglo anterior. Por otra parte, los países desarrollados tendrán un crecimiento muy por debajo de su potencial, lo que implica que querrán usar este exceso de capacidad instalada para impulsar sus exportaciones.
El Perú podrá mantener su crecimiento de largo plazo, de alrededor de 6% por año, siempre y cuando adoptemos las políticas correctas. Esto pasará por una transformación más profunda de nuestra economía para convertirnos en una economía más industrializada y productora de servicios que lo que hemos sido hasta el momento. Para eso necesitamos hacer más competitivas a nuestras industrias y a nuestros trabajadores. La apertura comercial debió ser parte de una gran transformación competitiva, pero por sí sola podría resultar en menor crecimiento, pues solo traerá como consecuencia mayores importaciones.
El segundo legado es el social. Muchos hemos oído el discurso oficial del avance en la reducción de la pobreza alcanzado en los últimos años. De hecho, según los estimados de la CEPAL, la pobreza total se redujo de 54,7% de la población en el 2002 a 39,3% en el 2007 y a 36,2% en el 2008; y la indigencia, de 24,2% a 13,7% y 12,6% los mismos años.
Sin embargo, hay tres aspectos que valdría la pena comentar. Primero, la reducción de la pobreza no ha correspondido a un rápido crecimiento experimentado por la economía. Países como Brasil, con menor crecimiento, han logrado una reducción de la pobreza mucho más rápida que el Perú —de 37,5% a 30% y 28,5%—. Segundo, gran parte del avance se ha realizado en la indigencia y no en la pobreza. Tercero, y quizá lo más relevante, se han logrado pocos avances en la provisión de servicios sociales y de aumento educacional de la población, que al final de cuentas son los que van a decidir cuán rápido vamos a poder absorber las nueva tecnologías y avanzar en la transformación económica.





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