García hizo lo suficiente
Estos cuatro años han sido evidencia de que ha ido construyendo su agenda con base en el día a día, conviniendo con pocos su relevancia, su necesidad y su urgencia.
A estas alturas, resulta fácil constatar que el presidente Alan García hizo lo suficiente. Lo que pragmáticamente necesitaba para afirmarse y fortalecerse, haciendo uso de la misma receta para manejar el país y su partido. Estos cuatro años han sido evidencia de que ha ido construyendo su agenda con base en el día a día, conviniendo con pocos su relevancia, su necesidad y su urgencia. Esos pocos —dicen quienes lo conocen— son menos aun que la docena titular que lo acompañó en los 80. Identificarlos ya no requiere de un ejercicio de acuciosidad.
En lo económico las cosas no podían ser tan desastrosas, por lo que había que cambiar, pero la conversión fue tal que los que siempre jugaron por la derecha lo han visto con particular admiración, mientras que los más recatados se sonrojaban por tanta exageración. En ese proceso de afianzamiento empresarial, con ofrecimientos a diestra y diestra, soslayó de puro voluntarismo asuntos dignos de centralidad como las comunidades nativas, el medio ambiente, la libre expresión y el propio sistema democrático. Por eso su prédica sobre la continuidad incorpora sin reparos a Keiko Fujimori, a quien dijo “no hay que temer, ya que no es responsable de los errores de su padre”.
Esa corta perspectiva —pese a su experiencia— ha traído como consecuencia un escenario que no hace extrañar tanto el pasado. Los usos y las costumbres adquiridos malamente del fujimorato han revitalizado a los sectores inescrupulosos que cultivaron y cosecharon de la corrupción y pretendieron llevarse el país, si hubiera sido posible, en la maleta. El reacomodo ha sido simultáneo a su gestión y hoy (con la caja llena de recursos) protagonizan la política, los medios de comunicación, las instituciones estatales, el propio Gobierno. Así como al terminar su primera gestión, en 1990, nos heredó a Fujimori, hoy nos deja frente a la incertidumbre de quién encarnará la voluntad y el espíritu democrático, pero con más de una carta que jugará a favor de la impunidad, el borrón y cuenta nueva. Y es esto último lo que, parece, más le conviene.
¿Qué puede haber pasado? Así funcionan los contratos. Una sociedad de gananciales que como última prueba de amor y desprendimiento puede alumbrar un indulto (o algo que se le parezca) al recluido en Barbadillo. Para ello, sentar en el banquillo de los acusados a quienes con sentido común y —en el primer tramo de la transición— con valentía, demostraron que la democracia puede ser firme, ejemplar y respetar el debido proceso, resulta un objetivo central. Hoy las vuvuzelas fujimoristas tocan la marsellesa, mientras que el naranja intenso siluetea la estrella, que en un cielo con vientos huracanados no sale de las turbulencias.
La sintonía que el año 2006 el presidente García estableció con la población y que marcó sus anuncios iniciales fue rápidamente dejada de lado por una lógica de imposición que encontraba en el diálogo un obstáculo insalvable y en la discrepancia ese “perro del hortelano” que recargó de una rabia incurable. Para la historia y para la ciencia política hizo de escribidor actualizando (según su propia confesión) a Haya de la Torre, quien, me atrevo a teorizar, no se lo hubiera perdonado.
Las tensiones, que el propio Presidente llamó de crecimiento, fueron advertidas recurrentemente antes de que los conflictos estallaran; sin embargo, el nulo nivel de prevención y la ausencia de política —de a verdad— nos convirtió en el país que económicamente más ha crecido en la región y no ha sido capaz de reducir sus índices de desigualdad, confrontación y conflictividad social. Han pasado 14 meses de los lamentables sucesos de Bagua y no hay responsables, no hay ley de consulta, no hay mínima institucionalidad, no hay verdad. La lección no fue aprendida. Fue evadida.
García entendió temprano que la ley del menor esfuerzo, en medio de la precariedad generalizada, era más que suficiente para sortear la ola sin hacerse de mayores problemas.
El presidente García entendió tempranamente que la ley del menor esfuerzo, en medio de la precariedad generalizada, era más que suficiente para sortear la ola sin hacerse de mayores problemas. Tampoco de grandes méritos: solo de aquéllos que sean útiles para el tercer intento que hoy lo parece obsesionar. Siempre su cálculo, ése que, en el medio nacional, es sin duda el más profesional, le marcó la pauta.
¿Y el partido? Está claro que “en el país de los ciegos, el tuerto es rey”; por eso el APRA, que acaba de cumplir 80 años, con sus dos secretarios generales en el limbo de la ilegalidad por corrupción, y que suplica por alguna candidatura solvente fuera de sus militantes, gracias a su mediana organización, se precia de ser el único que colectivamente funciona. No por consecuencia o coherencia partidaria, sino por espíritu de cuerpo. Esta relación de mutua necesidad ha consolidado la figura del compañero-jefe, donde casi es un requisito asumirse como soldado del Presidente, y los que intentan algún mínimo de juego propio rápidamente ven frustrada su intención. El protagonismo de Javier Velásquez Quesquén es revelador del APRA contemporáneo. En ese contexto resulta menos alucinante de lo que parece que el Día de la Fraternidad sea trasladado al día del onomástico del Presidente.
Los cinco años que se vienen serán para Alan García de resguardo, blindaje y protección congresal, y con el Ejecutivo, de amagues y confrontaciones bien administradas, para que no le vaya ni bien ni mal a quien lo suceda en el cargo. Para conseguir ese propósito no necesita de un(una) candidato(a) ganador(a), sino de alguien que haga su mejor intento. El resto ya está bastante concertado.




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