Obama: de candidato a presidente

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El caso de Obama ha demostrado una vez más que no es lo mismo ser candidato que presidente en ejercicio. Sin embargo, el autor plantea que, a modo de balance de su primer año como Presidente, corresponde un análisis matizado que comprenda logros innegables pero tambiéndificultades y expectativas no satisfechas.

 

 

Michael Shifter/ Vicepresidente de Diálogo Interamericano


El ex gobernador de Nueva York Mario Cuomo podría haber tenido en mente a Barack Obama cuando dijo: “Se hace campaña en poesía, se gobierna en prosa”. Cuomo, cuyo discurso en la Convención Demócrata en 1984 solo ha sido sobrepasado en elocuencia por la brillante alocución de Obama en la misma Convención en el 2004 (“No hay una América negra, una América blanca, una América latina y una América asiática; lo que hay son los Estados Unidos de América”). Las palabras de Cuomo han cobrado actualidad durante el primer año de la Administración de Obama.

 

Las formidables dotes oratorias de Obama para inspirar y motivar permanecen intactas. Pero era inevitable que los momentos sublimes de la campaña del 2008, que lo llevaron a la victoria del 4 de noviembre y que siguieron durante el discurso y la ceremonia inaugural del 20 de enero del 2009, dejaran lugar a las pedestres tareas de gobernar. La celebración y la luna de miel no podían durar tanto. Las crisis, tanto la doméstica como la exterior que Obama heredó de George W. Bush, hacían a muchos incluso preguntarse por qué quería un cargo así. El Presidente y su equipo no podían darse el lujo de desperdiciar un minuto y debieron abocarse a los urgentes problemas del país —quizá los más serios desde los años treinta del siglo pasado— que demandaban respuestas inmediatas.

 

A pesar de los predecibles lamentos de que luego de un año de gobierno de Obama nada ha cambiado —las expectativas tenían poca relación con la realidad—, dos importantes logros sobresalen. El primero, como constantemente confirman las encuestas, el mundo aprueba a los Estados Unidos más de lo que lo hizo durante los ocho años previos. Obama es muy popular donde quiera que vaya (en América Latina el cambio es dramático). Proyecta una imagen amigable y ha puesto en práctica un nuevo y bienvenido tono. Su discurso para el mundo musulmán desde El Cairo el pasado junio es particularmente notable; sería difícil imaginar a George W. Bush pronunciando las mismas palabras. Obama no se ha disculpado ante el resto del mundo, como muchos de sus críticos reclaman; solamente ha reconocido errores del pasado —incluyendo en política latinoamericana Cuba y drogas, por ejemplo— y se ha comprometido a hacerlo mejor. Quizá no sustantivamente diferente, pero Obama ha preparado el terreno para un compromiso más productivo de los Estados Unidos con el resto del mundo.

 

El segundo logro que tampoco puede ser ignorado es que la segunda Gran Depresión y colapso financiero, que eran muy temidos, simplemente nunca ocurrieron. Las políticas económicas llevadas a cabo por Obama y el presidente de la Reserva Federal, Ben Bernanke, han sido exitosas en evitar los catastróficos escenarios que habían pronosticado muchos prestigiosos economistas. Por supuesto eran los mismos economistas que no percibieron que venía la crisis, los que con tanta seguridad en sí mismos anunciaron que venían desastres, también en Latinoamérica, región que, con la excepción de México (debido a sus profundos vínculos con los Estados Unidos), soportó las tormentas de la crisis del 2009 razonablemente bien.

 

No queda duda de que la economía estadounidense está aún profundamente afectada, lo que se refleja en que el porcentaje de desempleo esté por encima del 10%, el más alto en más de 25 años, y haya a la vez muy bajos niveles de gasto de los hogares. El crecimiento económico ha regresado, las bolsas se han recuperado, pero muchos estadounidenses todavía sufren mucho. Algunos, muchísimo. Ello porque, además de la crisis, la reforma de la salud —la principal prioridad política para Obama— ha encontrado considerables dificultades y ha sido criticada, desde la derecha y desde la izquierda. Ha habido una notable ausencia de voluntad de llegar a acuerdos, tanto entre los congresistas republicanos como entre los demócratas, lo que pone en riesgo la ambiciosa agenda de Obama, que incluye cambios fundamentales en educación, energía e inmigración.

 

De hecho, a pesar de las nobles intenciones de Obama y sus mejores esfuerzos, un área en la que virtualmente no ha logrado ningún avance es en la de construir un Washington menos partidista. El ambiente en la capital de la nación es tan venenoso entre los dos grandes partidos, como lo fue durante la Administración de Bush. Algunos dicen que incluso más. Los casi 800 mil millones de la Ley de Estímulo Fiscal, por ejemplo, consiguieron solo tres votos republicanos en el Congreso el pasado febrero. Obama viene luchando para asegurar apoyo republicano para la reforma de salud. No es precisamente lo ideal embarcarse en cambios legislativos tan profundos, sin un amplio consenso político en el país para hacerlos.

 

El partidismo ha hecho evidente su desagradable rostro también en la política hacia Latinoamérica, ¡en Honduras por encima de cualquier otro caso! Los demócratas y los republicanos han estado profundamente divididos en cómo responder al golpe del 28 de junio, y una vez más (como lo hicieron durante la Guerra Fría) han convertido a un país pobre de América Central en el escenario de sus batallas políticas. Las peleas sobre Honduras han sido costosas; la confirmación de Arturo Valenzuela, el más alto funcionario del Departamento de Estado para América Latina, fue dejada “en suspenso” hasta noviembre.

 

En otros temas —inmigración, antinarcóticos y comercio, por ejemplo— la Administración de Obama virtualmente no se ha movido, dado el potencial de estos temas para enfrentamientos partidistas y la urgencia de otras prioridades. Las relaciones entre Washington y Brasilia se han enturbiado un poco debido a diferencias sobre Honduras, el pacto de cooperación de los Estados Unidos con Colombia y la visita del presidente iraní Mahmoud Ahmadinejad a Brasil en noviembre. En cambio, ha sido en la largamente congelada política frente a Cuba donde ha habido espacio para cambios y pequeños pero incrementales pasos hacia una mejor relación (a pesar de que el levantamiento del embargo no va a ocurrir en el corto plazo).

 

Aun cuando Obama se ha visto inundado por una enorme agenda de política exterior, ningún tema ha sido tan angustiante y complicado como Afganistán (ya, a estas alturas, la más larga guerra de los Estados Unidos). Obama no tiene buenas opciones. Parafraseando el mensaje de Woody Allen a los egresados de una universidad tres décadas atrás: “Más que en ningún otro momento en la historia, la humanidad hace frente a encrucijadas. Un camino lleva a la desesperación y a una profunda desesperanza, el otro a una total extinción. Recemos para que tengamos la sabiduría para escoger correctamente”. La decisión de Obama de enviar otros 30 mil soldados a Afganistán refleja su inclinación para colocarse en el medio, aun cuando la propuesta es muy probable que genere mucha resistencia, especialmente en su propio partido. La posibilidad de que Obama pudiese terminar como Lyndon Johnson —otro presidente demócrata ávido de desarrollar una ambiciosa agenda interna, pero que fue destruido por la tragedia de Vietnam— flota en el ambiente.

 

Obama ya ha perdido considerable apoyo entre los votantes independientes que lo respaldaron en el 2008. A fines de noviembre su nivel de aprobación cayó a 49% (del 68% que tuvo el día de su inauguración), por debajo de la simbólica e importante barrera del 50%. Una razón para explicarlo es el preocupante panorama laboral que, pronto, se va a convertir en la prioridad principal para la Administración de Obama en busca de recuperar el apoyo público. El dilema para Obama es cómo activar la economía para generar empleo, pero manteniendo el déficit fiscal bajo control. Otro factor es que su fortaleza —frialdad y aplomo— está probando ser a la vez una debilidad. Su distancia afectiva le hace difícil conectarse con la gente. Sus razonamientos, aun cuando intelectualmente matizados, a veces carecen de la dimensión humana y la pasión que son cruciales para el éxito político.

 

Es casi un consenso que los demócratas van a hacer frente a difíciles retos en las elecciones de mitad de periodo del 2010. Algunos analistas incluso predicen que con una todavía débil economía —Wall Street se ha recuperado, pero Main Street sigue en problemas serios— pueden perder el control de la Cámara de Representantes. Las elecciones de noviembre del 2009 mostraron que la popularidad de Obama no es fácilmente transferible. Además, aun cuando los profundos cambios demográficos en los Estados Unidos (particularmente la creciente población latina) favorecen a los demócratas, es improbable que afroamericanos y votantes jóvenes, que fueron a votar en el 2008, lo vuelvan a hacer en la misma proporción en el 2010 no estando Obama en la boleta.

 

Ahora que la dinámica política ya no es la de hacer campaña contra un blanco tan conveniente, como era Bush en el 2008, sino la de tomar difíciles decisiones de gobierno, que han venido acompañadas por un cierto inevitable desencanto, la notable red y maquinaria de entusiastas personas que apoyaron a Obama se ha debilitado. Obama quizá está actuando metódicamente sentando las bases para un periodo más largo, como sus defensores argumentan, pero va a necesitar pronto éxitos (por lo menos en la reforma de la salud) y una economía revitalizada para recuperar fuerza política. Las palabras, que probaron ser mágicas hace un año, ya no son suficientes.

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