De lo íntimo y brutal
Recuerdo haber paseado por las veredas un coche de bebé empuñándolo fuerte, con los nudillos blancos, temiendo una explosión cerca. Los peligros en las calles no son menos ahora.
Si revisara los 200 números de ideele, estoy segura de que podría hacer un texto acucioso de todo lo que me ha interesado y preocupado en estos últimos 20 años; de buena parte de los problemas que ha atravesado el Perú y sus habitantes, y de las posibilidades de solucionarlos. Da la impresión de que pasaron muchas cosas y al mismo tiempo no mucho cambió.
Esta aparente paradoja puede hacernos pensar en la necesidad de dar lugar a las contradicciones, y a sacudirnos de razonamientos lineales y causalistas. Las vidas y las historias pueden lucir logros, conquistas, pero sin duda asuntos básicos son capaces de mostrar ángulos poco alentadores.
De eso me quedé convencida a raíz de una conversación reciente con una historiadora mexicana, investigadora de la UNAM, con una experiencia considerable en ciudades grandes, quien me dijo que en el DF se sentía cada vez menos animada a salir por las noches, cada vez más decidía quedarse en casa. La delincuencia y la inseguridad en Ciudad de México están cercando, aparentemente de modo inexorable, la vida de las mujeres. Sin embargo, esto ocurre cuando y donde el aborto está despenalizado en el Estado de México y las garantías legales para las uniones de personas del mismo sexo están a la mano. No puedo descartar la idea de que los avances civilizatorios disparan resortes, resistencias primarias. De hecho, caben otras interpretaciones.
Para mí son 20 años de maternidad, de escritura, de docencia. Recuerdo haber paseado por las veredas un coche de bebé empuñándolo fuerte, con los nudillos blancos, temiendo una explosión cerca. Los peligros en las calles no son menos ahora. Hay más mujeres en ellas, menos deben de ser las que disfrutan las tareas domésticas, más las que tienen otros sueños, otras necesidades. Pero la calle es más hostil que antes. Nuestro espacio público está más poblado y es más diverso, pero no es menos brutal. Creo que viajar en un micro no era una aventura dantesca como lo es hoy. La violencia se ha astillado.
Hay más piletas en los parques, y más parques; pero también más rejas. En algunas ciudades hay más veredas y son más anchas. Si bien las mujeres andamos más en la calle, y menos en la casa, las veredas siguen siendo peligrosas; me parece que los hombres no escupían tanto en las calles como ahora. Los fluidos masculinos inundan las calles sin mayor control; ¿poca autoridad?, ¿baja autorregulación?, ¿pocas fuentes de gratificación?
Creo que en Lima nos besamos más que antes para saludarnos —excepto cuando se trata de dos hombres—, sin importar cuál sea la relación (puede ser inexistente). Algo significa. También me da la impresión de que es cada vez más difícil decir “mujer”, y el uso de “dama” se generaliza; me suena fatal: definitivamente, no me siento una dama.
Las autoridades tradicionales, las domésticas y las públicas, han perdido legitimidad, pero eso no quiere decir que han renunciado a sus posturas, ni a sus fuentes de poder. Las instancias públicas son cada vez más incapaces de pacificar el espacio público, y el privado. Los reclamos feministas en relación con la violencia de género han sido poco atendidos, poco escuchados.
Nuestro espacio público está más poblado y es más diverso, pero no es menos brutal. Creo que viajar en un micro no era una aventura dantesca como lo es hoy. La violencia se ha astillado.
Ha quedado más nítidamente definido el peso de las clientelas y el compadrazgo para tener acceso a recursos de poder. Siempre han existido pero ahora están en la superficie y aparecen nuevas formas de naturalizarlos. Hay muy poco que resulte al margen de esto; el IDL, sin duda. Por eso, una estridencia domina el foro, y de ahí que una revista como ésta sea una referencia tan vital (¡gracias por cuidarla!); las clientelas han tomado el poder de manera explícita, y a veces parece que fagocitan lo poco de instituciones que tenemos. El parentesco, real o ficticio, se ha entronizado tanto en las universidades como en el Estado.
Las creencias religiosas siguen teniendo una presencia significativa en nuestro país, pese a que hay señales de cierta secularización de la vida cotidiana. Las organizaciones de derechos humanos se han podido desligar algo de la Iglesia católica; y los cultos locales se encuentran más cómodos y reconocidos; se han hecho un lugar en la escena pública. Si bien el monopolio del catolicismo en lo que se refiere a creencias está cuestionado, los grupos de poder siguen interesados en apoyarse en sus agentes, y viceversa.
La educación pública ha mostrado más su deterioro; se hace más evidente. No sé si la democratización de la sociedad pueda hacer explícito un reclamo por la calidad educativa. A veces pienso que lo que parecía ser una aspiración igualitaria —educación, movilidad social— puede ser al mismo tiempo un afán de estatus, o una protección —insegura— frente al maltrato. Y con esto lucran las que no tienen ni bibliotecas.
Si bien el debate sobre la despenalización del aborto no encuentra un cauce que le permita fortalecerse y crecer, las mujeres tienen cada vez más cerca un prostinor, una línea no clandestina que le informa cómo usar el misoprostol, pese al Estado; debe de estar disminuyendo el uso de ácido muriático, palos de tejer u horrores por el estilo. ¡¡Es una gran diferencia!!




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