Visita a jueces
Luis Pásara Jurista
El jurista y experto en reforma del sistema de justicia Luís Pásara estuvo entre los pocos “civiles” que pudo asistir a un reciente encuentro de jueces a nivel nacional. Muy interesante lo que vio y lo que dijo.
En 1976 tuve ocasión de participar en una experiencia formativa de jueces peruanos que me proporcionó mi primera aproximación a lo que es un juez. Aunque he encontrado a jueces y fiscales nuevamente en muchas ocasiones, la invitación para exponer en el III Congreso Nacional de Magistrados (Piura, 18 a 20 de noviembre de 2009), cursada por la Corte Suprema, me entusiasmó sobre todo por la posibilidad de escuchar a los jueces peruanos después de tantos años.
Mi breve paso por el congreso me dio tiempo apenas para ofrecer una conferencia (ver en recuadro la síntesis de mi presentación), escuchar y responder las preguntas, asistir luego a dos grupos de trabajo, mantener muchas conversaciones de pasillo y de mesa, y asistir a la ceremonia de clausura. De todo esto sólo salen impresiones, que corren el riesgo de ser superficiales o apresuradas, pero algunas de ellas parecen revestir cierta importancia.
Quizá la impresión de mayor relieve corresponde a la constatación de que el proceso de diversificación del personaje juez se ha profundizado. Era un proceso que apenas asomaba hace 30 años y que sufrió una violenta contención cuando, en la década de los años ochenta, la reinstauración de un gobierno elegido dio paso a una purga de jueces que echó mano a criterios manifiestamente ideológicos, según los cuales pensar distinto no resultaba tolerable en el aparato judicial.
Los jueces de hoy parecen ser más claramente diversos. Esto es, no hay un perfil de juez peruano que podría ser fácilmente retratado mediante unos cuantos rasgos. Mientras unos se hallan claramente preocupados por temas que nos preocupan también a quienes, desde fuera del aparato judicial, abordamos el tema, otros mantienen raíces muy añejas en la visión de su función y sus tareas.
Tómese, por ejemplo, el tema de la opinión social acerca de la justicia. “Que digan lo que quieran”, bramó un supremo en el plenario. Otro miembro de la Corte acudió a respaldarlo con el viejo argumento de “con toda sentencia hay un perjudicado que resulta insatisfecho con la justicia”, lo que ciertamente no explica por qué en el Perú el nivel de aprobación de la justicia es cinco o seis veces inferior al de los países escandinavos, donde también en cada juicio alguien resulta perjudicado.
Parece claro que sigue habiendo jueces que prefieren pensar que existe una vasta conspiración contra ellos y, seguramente, así se van a dormir tranquilos. Aunque, como dice el famoso cuento breve de Monterroso, al despertar el elefante siga ahí.
En los grupos de trabajo la mayoría de los magistrados se mostró en franco desacuerdo con esa manera de ver las cosas. Como manifestaban algunas intervenciones —que se notaba maduradas durante algún tiempo—, a cierta porción de los jueces les preocupa que el desempeño de la judicatura carezca de legitimidad en el país y se preguntan qué puede hacerse para resolver esa carencia.
Parte de las diferencias existentes entre magistrados pueden originarse en un incremento del nivel de educación formal de los jueces. 30 años atrás a todos les bastaba y sobraba con ser abogados. Un positivo efecto secundario de ese mecanismo malsano por el cual hoy se exige más cartoncitos para postular a cualquier cosa, puede consistir en que los jueces han salido de sus despachos para asistir a clases, escuchar muchos puntos de vista y, en ocasiones, leer textos que antes conocían sólo de oídas. Para muchos esto puede haberse reducido a un trámite sin consecuencias, pero para otros acaso ha sido una oportunidad para reconsiderar la estrecha visión del mundo y de la profesión que les dio una facultad de derecho menos que mediocre. Debo admitir que fui sorprendido por los contenidos de más de una conversación con jueces jóvenes y con relatores o secretarios participantes en el congreso.
Otro aspecto de interés es el que corresponde a aquello que podríamos llamar la democratización interna en el Poder Judicial. Para este congreso, los jueces eligieron a sus representantes en cada distrito judicial y todos los magistrados hicieron uso del derecho a voto a la hora de aprobar conclusiones. La cúpula jerárquica no es, pues, la única que habla en nombre de los jueces. Ellos empiezan a hablar por sí mismos.
Más importante que eso es, tal vez, que se verifique una ruptura del viejo concepto jerárquico por el que un juez de instancia inferior no se atrevía a hacer pública la discrepancia con otro situado en una instancia superior, especialmente si se trataba de un vocal supremo. En el congreso no se apreciaba muchas huellas de ese temor reverencial por el que la última palabra la tenía el juez de instancia superior.
Ojalá ésta no sea una percepción equivocada y, en efecto, se haya comprendido finalmente que hallarse situado en una instancia revisora (corte superior o corte suprema) no significa estar más cerca de la verdad; esto es que, como demuestran fácilmente los hechos, el grado superior no hace necesariamente un mejor juez y que un juez de paz o un juez de primera instancia pueden alcanzar en su razonamiento tanta o más fuerza que el vocal superior o supremo. De ser así, los efectos no sólo serían democratizadores para la institución sino, lo que es más importante, conllevarían consecuencias en la tarea jurisdiccional, alentando la innovación creativa en las instancias llamadas inferiores del aparato judicial.
En ausencia, o en la debilidad, del asociacionismo judicial, el congreso adoptó muchas resoluciones de corte gremial, con ocasión de las cuales se lució algún juez supremo de vocación populistona y que seguramente tiene en mente llegar a la presidencia, pese a que sobre él debe dictarse una sanción pendiente. Son aspectos inevitables en una institución que parecería estar cambiando internamente y para bien.
De allí que lo demás sea secundario. Incluyendo en esto el hecho algo insólito —y casi honroso para este invitado— de que el presidente de la Corte Suprema, Javier Villa Stein, dedicara íntegramente su discurso de clausura a responder mi intervención en el congreso. Como él añadió, al despedirme de la reunión, que se ventilen las diferencias debería servir para que el debate interno se acentúe. Así sea.
Si la diversificación y la ruptura de la verticalidad castradora conducen en efecto a una justicia distinta, es otro asunto. Las limitaciones son muchas, las expectativas sociales decrecen y, en ocasiones, el tiempo parece acabarse. No obstante, contar con otra justicia es algo que no sólo depende de los jueces, pero también de ellos.
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