Lucrecia Martel: “Mi relación con el cine es política”

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"Los diálogos de mis películas se los he escuchado a mi madre."

Tiene cara de pajarito con anteojos medio puntiagudos. Está en la base cuatro, pero no se le nota. Es de una sencillez que solo se explica por su origen salteño y no porteño. Es lo más lejano a una diva tradicional y, sin embargo, estamos ante la directora de la mejor película argentina de las últimas décadas: La ciénaga.

 

A los 15 años empezaste a filmar a tu familia. ¿De quién era la cámara?
Era de mi papá. La compró para nosotros, que somos siete hermanos, y yo aprendí a usarla porque me leí el manual. Me gustaba saber manejar los botones, pero jamás la relacioné con mi futuro ni con hacer cine. Era algo más técnico que expresivo. Filmé muchas escenas familiares porque era lo que tenía a mano.

¿Cuándo te picó el bicho del cine?
Me fui a Buenos Aires a estudiar sin tener claro qué quería y me anoté en un curso de dibujos animados. Ahí empecé a conocer chicos que querían hacer cine y me inscribí en una escuela de cine que dejó de funcionar por la crisis económica. Así fui aprendiendo a ver películas y trabajé en cortometrajes.

¿Y el gusto por contar historias?
Fue mi abuela la que me metió en el cuerpo el deseo por lo narrativo. Nos contaba los cuentos de Horacio Quiroga como si le hubieran ocurrido a ella. Solo cuando fui grande me enteré de que eran de Quiroga, un escritor que me gusta mucho porque tiene la habilidad de contar historias muy realistas pero con un componente afiebrado.

Los diálogos de mis películas se los he escuchado a mi madre. Por eso a mí no me sirve marcharme del país. Cuando estuve becada en París, en la Cine Fundación, no pude escribir nada. A mí me sirve escuchar a la gente en Argentina.
Muchas de las anécdotas de mis películas son noticias del diario, algo que me contaron; no son inventos míos. Para mí escribir es reescribir lo que otros me contaron.

¿Prefieres a los directores que hacen un cine muy personal como el tuyo?
Yo he visto poco cine, nunca he tenido una gran fascinación por el cine. Curiosamente, a estas alturas de mi vida no he visto ninguna película de Godard; de John Cassavettes sí, casi todo. Me gusta el western, Sam Peckimpah. Por supuesto, Bresson, Bergman. Me gusta el cine pero no me vuelve loca, no me parece lo más magnífico que puedo hacer en mi vida, ni me muero por estar haciendo películas todo el tiempo. A veces siento que decepciono cuando me preguntan esto.

"Me gusta el cine, pero no me vuelve loca."

La Ciénaga es considerada la mejor película argentina y fue la primera que hiciste. ¿La valla se ha vuelto muy alta?
No voy a negar que me encanta: la llamo a mi mamá, mis hermanos se ponen felices, pero no me modifica en relación con mi trabajo. Si resulta ser lo mejor o peor de la década, no interesa. En diez años habrá otra que será la mejor. 

Cuando conversas haces mucho énfasis en lo social y en lo político; sin embargo, tu cine es más intimista.
Es que lo político y lo social es íntimo. La vida pública también es íntima. La corrupción empieza en la familia, no en la función pública. Y luego esa corrupción se instala en la sociedad. Por eso cuando uno mira atentamente a una familia se refleja todo, y es eso simplemente lo que hago en mis películas. Yo no he inventado eso de que la familia es una metáfora de la sociedad.

Hablando de metáforas, tu película La mujer sin cabeza es una metáfora política.
En la película se oculta la muerte, se borra.

¿Igual que durante la dictadura argentina?
Yo tenía 10 años de edad cuando se inició la dictadura, y lo que más me dolió es que cuando fui creciendo descubrí todo lo que se negó, lo que se intentó ocultar: la intolerancia, la muerte. Es muy doloroso para una sociedad.
Mi relación con el cine es política, porque el dolor de los demás tarde o temprano es tu dolor. Uno no puede vivir aislado.

Si no eres una loca cinéfila, ¿qué te gusta hacer?
Me gusta leer, aunque más que nada, charlar.

Lucrecia, un animal político

¿Qué les dejó la crisis a los argentinos?
En realidad, hay problemas que la crisis ha arrastrado. Ciertos mecanismos de la dictadura siguen intactos, como hacer que no pasa nada con la pobreza. Hay 60% de pobreza y la sociedad no se ve a sí misma como pobre. El sector que maneja la opinión pública no se identifica con un país pobre, racista.

La corrupción tampoco es de ahora, ni tiene que ver con los nuevos políticos. Durante la crisis del 2001 la gente quería que se vayan todos porque no se sentía representada. La clase política representa perfectamente a la Argentina: esa corrupción, ese sálvese quien pueda, está dentro de la sociedad.

Del mismo modo, en la Argentina no se hubiesen podido dilapidar todos los recursos naturales ni vender las empresas públicas sin una dictadura que desmanteló la capacidad de resistencia social. Y, sin embargo, hablar de dictadura ahora resulta demodé.

Acá se tiene la imagen de que el Gobierno argentino es demagógico y populista.
Este Gobierno tiene cosas interesantes, pero su política económica es igual a la de Menem; en minería es exactamente igual. Pero la Presidenta tiene un discurso implacable con esa época. Entre lo interesante está la ley del matrimonio gay y la de los medios de comunicación, que ha roto los tremendos monopolios que permitió Menem al modificar la antigua ley.

Es importante el papel regulador del Estado. En las décadas de 1980 y 1990 se nos hizo creer que el Estado era una mala palabra, cuando es la única institución que distribuye un poco los bienes, la justicia.

 

Patricia Wiesse / Gerardo Saravia

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