Hace veinte años y pocas semanas, el 4 de junio de 1990, un grupo apretujado de periodistas recorrió el jardín, los cuartos, la estrecha escalera y los pasadizos de una casa en Monterrico, plena de secretos recién abiertos, de desnudada clandestinidad.
Dentro, había el silencio y los murmullos de un museo que estrena una exhibición sorprendente, de aquellas que cambian la visión de una era nebulosa y muestran los objetos que aclaran y documentan lo que antes solo se entrevió.
Fuera, en el jardín, el ambiente era diferente.