Los signos de los tiempos son múltiples y ambiguos, de manera que siempre es posible articular algunos de ellos en torno a un temple —optimista o pesimista— y producir entonces una visión “coherente” de nuestra contemporaneidad. Pero la mayoría de las veces estas visiones son demasiado personales, condicionadas por nuestras trayectorias biográficas e ideas preconcebidas. No se fundan en la libertad y la lucidez que hacen posible el pensamiento complejo.