Rebobinar el pasado nos induce automáticamente a pensar en el futuro: ¿Qué pasará de acá a 10, 20, 30, 40 años? Hagan sus pronósticos. Pedimos a tres plumas ágiles y despabiladas que otearan el mañana y nos contaran lo que vieron. También, por supuesto, consideramos en nuestra nómina al sorprendente Pulpo Paul.