Pandemias en el siglo XXI: lecciones históricas

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El Covid-19 no es la primera pandemia que confronta la humanidad. En tiempos del Imperio Romano de Oriente, hacia el 540 DC, se produjo la ‘plaga de justiniano’, una pandemia de peste bubónica que mató alrededor de cincuenta millones de personas. Ésta se originó en Egipto y desde ahí pasó a Constantinopla, desde donde se extendió por toda Europa. Se pensó que era ‘un castigo divino’ por la falta de moral de la población y las respuestas fueron rezar, organizar procesiones o acosar a grupos tenidos como los culpables.

La peste bubónica regresó en forma pandémica a mediados del siglo XIV. La famosa ‘peste negra’ causó millones de muertes en África, Asia y Europa. Se calcula que un tercio de la población europea murió debido a esta pandemia. Aunque no existía aún la idea de los virus, sí se había forjado en la Edad Media una idea del contagio, y se combinaron los rezos y procesiones con las cuarentenas y el aislamiento de los enfermos en Lazaretos. En los siglos XVI y XVII la viruela provocó la muerte de millones de personas en las Américas. Se estima que un 90% de los americanos perecieron a causa del contacto con enfermedades frente a las cuales no tenían inmunidad. La viruela, considerada una enfermedad de niños en Europa, fue uno de los males que trajeron los españoles, es decir, era algo nuevo para los americanos. La viruela fue un factor esencial en el colapso del Imperio Incaico por la cantidad de muertes que produjo en una economía que se basaba en el acceso a mano de obra.

A lo largo del siglo XIX las epidemias de cólera y fiebre amarilla fueron recurrentes en el Perú. Por ejemplo, la epidemia de fiebre amarilla de 1868 mató a un 5% de los limeños y llevó a prácticas discriminatorias contra la comunidad china que había llegado en el contexto del boom del guano. Los limeños del siglo XIX echaron la culpa a los migrantes chinos de haber traído la fiebre amarilla por sus malos hábitos de higiene. Las pandemias no son cosa del pasado remoto. En los 1980s apareció el SIDA que va matando a más de 30 millones de personas en el mundo y llevó a cambios en nuestras conductas en la vida sexual. En el caso del Perú de los 1990s vimos la reaparición en forma epidémica de enfermedades que se suponían superadas como el cólera y el dengue. En 1991 una epidemia de cólera generó casi 3,000 muertos.

A lo largo del siglo XXI se sucedieron una serie de epidemias y pandemias, como el SARS (2002-2004), el AH1N1 (2009-2010), MERS (2012), el Ébola (2014), Zika (2014) y el Covid-19 (2019-2020) que pusieron en jaque a los sistemas de salud a nivel global. En este artículo vamos a presentar tres lecciones que se extraen de las experiencias vividas durante estas pandemias y que nos podrían servir para confrontar las que vengan en el futuro.

Las respuestas estatales

Un problema recurrente con las pandemias en el siglo XXI ha sido las respuestas lentas y descoordinadas de los estados y los organismos internacionales de la salud. En el caso del AH1N1 del año 2009 por ejemplo, al gobierno mexicano le tomó semanas detectar y anunciar la aparición del virus. Es decir, hubo una etapa de negación muy prolongada. Aparentemente, las autoridades mexicanas quisieron esperar que pasen las celebraciones de semana santa para hacer el aviso y no alterar una visita programada del entonces presidente de Estados Unidos, Barack Obama. Esta reacción lenta se debe al temor por el impacto económico que pueda tener un anuncio así y por un tema de prestigio nacional, pues ningún país quiere verse asociado con el origen de una pandemia. Las respuestas lentas son también consecuencia de una falta de liderazgo global en materia de salud, rol que antes le cabía a la Organización Mundial de la Salud (OMS). La OMS se fundó en el contexto de la post Segunda Guerra Mundial con el objetivo de coordinar respuestas internacionales frente a la aparición de epidemias y promover la salud a nivel global. Sin embargo, esta institución ha perdido el liderazgo de décadas anteriores y hoy en día los estados usan a su conveniencia las recomendaciones de la OMS, si es que le hacen caso.

Las pandemias del siglo XXI demostraron también que las respuestas estatales son más eficientes cuando se atienden los problemas de fondo de la salud pública de forma previa a la aparición de las crisis. En el caso peruano, durante el AH1N1 se hizo evidente la falta de camas en los hospitales y la falta de respiradores. Durante el AH1N1 muchos enfermos fueron atendidos en espacios dedicados a salud mental y no alcanzaron las mascarillas ni para el personal de salud. De igual manera, la epidemia de cólera de 1991 mostró deficiencias en los sistemas de abastecimiento de agua de las ciudades de la costa peruana. Resolver este problema pudo evitar miles de muertes.  

Las respuestas sociales

La pandemia del AH1N1 nos mostró los desencuentros entre las explicaciones científicas, las recomendaciones de los funcionarios de la salud y las respuestas sociales. La población no se informó ni actuó usando, necesariamente, las recomendaciones dadas por los funcionarios de salud. Las respuestas de la población se fueron a dos extremos: el pánico y el escepticismo.

En algunas personas se gestó una visión apocalíptica de fin del mundo. Para forjar esta visión apocalíptica contribuyó un sector de la prensa que recurrió a las portadas sensacionalistas y el uso de imágenes de la ‘influenza española de 1918’, que mató a más de 100 millones de personas, o fotos de la Ciudad de México totalmente desierta. Los miedos colectivos llevaron, como es usual en la historia de las epidemias, a buscar culpables, o más bien chivos expiatorios. Durante el AH1N1 se culpó a los mexicanos, durante el SARS a los chinos, los africanos en el caso del ébola y la comunidad LGTB cuando surgió el SIDA. En el caso del H1N1 este pánico se exacerbó por algunas de las informaciones iniciales que aparecieron en la prensa, que estimaron en millones los muertos que dejaría la pandemia.

Al mismo tiempo, otra reacción social extendida fue el escepticismo. Muchas personas simplemente no creían que fuera real la enfermedad, pensaban que era una cortina de humo o un invento de las farmacéuticas para vender vacunas y medicamentos. Las teorías conspirativas y las fake news fueron bastante populares en las redes. El problema de ello es que llevó a muchas personas a desobedecer las restricciones impuestas. En el Perú y en México, muchos contagiados con el AH1N1 no respetaron el aislamiento social. La falta de apoyo social a la campaña contra el AH1N1 en el Perú se agravó por la contradicción que se sintió entre el énfasis puesto en la lucha contra la pandemia, con la pasividad frente a otros males que mataban a miles de peruanos todos los años, como el friaje en Puno. Hoy en día vemos este mismo escepticismo entre los seguidores de Trump en Estados Unidos y de Bolsonaro en Brasil, que niegan la existencia de la enfermedad y cuestionan las recomendaciones de los expertos. 

El origen de las pandemias 

Las pandemias parecen ser desastres naturales. Pero sabemos que no lo son. Su origen es bastante claro. Sin embargo, cada pandemia aparece como una sorpresa, cuando son, en realidad, situaciones bastante predecibles. La mayoría de virus (sino todos) son casos de zoonosis. Aparecen en animales y salta a humanos. Ahora bien, esto no quiere decir que la culpa sea de los animales. Somos los humanos los que hemos propiciado estas situaciones de contagio y, las pandemias, entonces, son el resultado de nuestra terrible relación con los animales.  El AH1N1 surgió en criaderos de cerdos de plantaciones estadounidenses en México, donde se les tenía en condiciones terribles: iluminados de forma permanente, encerrados en barracas, con mala ventilación, malos olores y sin higiene. De igual manera, las influenzas aviares, como la H5N1, se originan en las granjas industriales. Otros virus, como el HIV, el Ébola, el SARS del 2003, y el actual Covid-19, provienen de la caza y tráfico de animales silvestres, fenómeno ampliamente evidenciado en los famosos mercados ‘húmedos’ en Asia, donde animales de diversas especies son confinados en jaulas en condiciones paupérrimas hasta que se los mata. Hay una cadena de infección que presenta amplias oportunidades para que los virus consigan nuevos huéspedes.

La sorpresa entonces no es la pandemia, ya que sus orígenes y altas probabilidades de nuevas ocurrencias han sido señaladas y advertidas por los científicos. Sin ir más lejos, ya se había señalado que el nuevo coronavirus provendría de los murciélagos, y que los mercados húmedos eran el medio perfecto para una transmisión a los humanos; y en el caso de las influenzas aviares y porcinas se ha indicado que las granjas industriales son el lugar donde ocurren estas transmisiones. La sorpresa es que tanto las medidas de prevención como de respuesta no involucran cambiar estos temas de fondo, sino que se centran en los aspectos (si bien necesarios) más inmediatos como la creación de vacunas o en ampliar la capacidad de los sistemas de salud pública. Luego del SARS, China prohibió tan solo temporalmente los mercados húmedos, y luego siguieron funcionando.

Mucho menos se habla o se toma acción sobre la responsabilidad de la industria de producción de carne, cuyas granjas y mataderos son de los principales conductores de virus y bacterias, tanto por las condiciones mismas en las que se tiene a los animales y se expone a sus trabajadores, sino también por su responsabilidad en la deforestación y degradación al medio ambiente, que hace que haya una insana proximidad con los animales silvestres. Sin embargo, mientras no incluyamos en la discusión pública el origen de las pandemias y no se converse sobre el cambio que implica prevenirlas (prohibición de tráfico de animales, cambios en nuestros hábitos de consumo de carne), en tanto requiere modificar el trato cruel e instrumental que tenemos con los animales, las pandemias seguirán apareciendo.

Es decir, se requiere de respuestas más rápidas y coordinadas de los estados nacionales y de los organismos de salud internacional. De una comunicación más eficiente con la población para mitigar los miedos colectivos apocalípticos o los discursos anti-ciencia. Y se requiere confrontar problemas de fondo de la salud pública a nivel global así como ser más respetuosos con los animales y el planeta para evitar la aparición de nuevas pandemias.

Bibliografía

Cueto, Marcos. El regreso de las epidemias. Salud y sociedad en el Perú del siglo XX, Lima, Instituto de Estudios Peruanos, 1997.

Lossio, Jorge. Estado, prensa y sociedad frente a la influenza AH1N1. Lima: Tarea, 2010.

Rosenberg, Charles. Explaining epidemics and other studies in the history of medicine. Cambridge: Cambridge University Press, 1992

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