Monarquía española y crisis de régimen

Escrito por Crédito de imagen: Andina.pe

“Si Juan Carlos quiere corona, que se la haga de cartón,

que la corona de España no es para ningún Borbón.

Si Juan Carlos quiere corona, que será la haga de cartón,

que la corona de España es para el pueblo español”.

(Canto popular)

Escribo este artículo en el día 18 desde que Juan Carlos I, Rey Emérito de España, huyera del país con destino, entonces, desconocido. Una fuga que ha sido adornada, disfrazada y maquillada, por el previsible libreto que desde Casa Real, con el contubernio de los medios de comunicación más relevantes de este país, se ha difundido. Como una suerte de protocolo de protección del exmonarca. Malabarismos verbales como “ha viajado”, “se ha trasladado” o “se ha mudado” han sido utilizados por tertulianos en televisión, articulistas en periódicos y hasta líderes políticos dispuestos a combatir a capa y espada contra cualquiera que hablara de lo vergonzoso de la situación. ¿La intención? Proteger no solo a Juan Carlos I, sino, sobre todo, a la monarquía.

Pero, ¿por qué tanta lealtad a la corona? ¿Responde a la voluntad ciudadana? ¿Es que acaso la legitimidad de Casa Real es tan robusta que es imposible hacerle frente? La realidad, como todo, es más compleja. Lo que la huida de Juan Carlos I revela con elocuencia es un tema de fondo del cual también se evita hablar: la crisis de régimen español que sigue sin cerrarse desde que aquellos indignados acamparan en Puerta del Sol en 2011.

Los gatillos de una huida real

La foto de la huida de Juan Carlos I tiene más de una arista y muchísimos pixeles, sin embargo, siempre conviene revisar la línea de tiempo que desencadenó la huida real que, como veremos, responde antes a la supervivencia que al compromiso ético. Y no hablo solo de la supervivencia de Juan Carlos I, sino la de toda la monarquía española.

Si, la razón de fondo es la corrupción que Juan Carlos I ha llegado a protagonizar, pero la clave va más allá. Los casos de corrupción que lo involucran no datan de este año, ni del anterior. Basta echar la vista atrás para advertir que la sombra tiene larga data. Intentaré esbozar una versión para principiantes:

En 2008, Juan Carlos I recibió una donación de 100 millones de dólares del Ministerio de Finanzas de Arabia Saudi. Esto ya suena comprometedor, pero la crema del pastel es que ingresara el dinero en cuentas suizas a nombre de la Fundación Lucum (quédense con el nombre). En 2012, el Rey Emerito ingresa 65 millones de euros de esta fundación en la cuenta de quien es la principal testimoniante de estos movimientos económicos poco santos: Corinna Larsen. En 2014, tras estar en el centro de noticias sobre corrupción, y mientras España atravesaba una crisis de representación política debido al quiebre del pacto social entre la ciudadanía y las instituciones (políticas, económicas, mediáticas, etc.) llegó un hecho histórico: la abdicación. Una abdicación que llegó antes como táctica que como convicción. El todavía monarca se vio obligado a valorar hasta qué punto su papel como Rey resultaba peligroso para la supervivencia de la monarquía que él mismo ayudó a reinstaurar con el beneplácito y participación directa del dictador Francisco Franco.[1]

Los escándalos de corrupción y el contexto político mermaban la legitimidad de la monarquía de manera sistemática. En medio del torbellino, en junio del 2014, y pensando en la supervivencia de la monarquía y del legado para la Familia Borbón, Juan Carlos I abdica del trono en favor de su hijo Felipe VI. Pero, como veremos, esto ayudó a contener, pero no a resolver, la crisis de legitimidad de una institución que empezaba a percibirse como anacrónica e inutil.

Durante los años siguientes los escandalos alcanzaron a otros miembros de Casa Real  -recordemos el caso de Iñaki Urdangarin, marido de la hija de Juan Carlos I, Cristina de Borbón-, pero fue en 2018 en que el nombre de Corinna Larsen vuelve a aparecer y se convierte en un serio dolor de cabeza para Casa Real y para Juan Carlos I en particular: se filtran audios en los que Larsen confirma que el Rey Emérito cobró comisiones por el AVE a La Meca y usó testaferros para ocultar supuesta fortuna en Suiza y un terreno en Marrakech. Los audios resultaban demoledores, Juan Carlos I se sentía en jaque pero todavía no llegaba lo más gordo. En 2019, desde el despacho de abogados que representa a Larsen, se informa a Felipe VI que era beneficiario de la Fundación Lucum radicada en Panamá. ¿Recuerdan el nombre? Si. La fundación a través de la cual el Rey Emérito cobró la donación del Ministerio de Finanzas de Arabia Saudi.

En marzo de este año, mientras el mundo empezaba a entender recién lo que significaba el Covid19 y sus alcances, Felipe VI se ve obligado a desmarcarse de su padre retirándole la asignación anual que recibía como Rey Emérito (alrededor de 200.000 euros). Semanas después, Juan Carlos I anuncia que se retira de la vida pública. En julio, se conocen documentos que comprueban que Juan Carlos I sacó 100.000 euros al mes (sí, al mes) de su cuenta en suiza entre 2008 y 2012; vale decir, en lo más crudo de la crisis económica que tuvo a la ciudadanía española ahogada durante años y de la cual nunca ha terminado de recuperarse del todo. Asimismo, y esto es clave, se publica el documento que acredita que el segundo beneficiario de la Fundación Lucum es Felipe VI y, por si fuera poco, se  confirma que la familia al completo (la Reina Sofia, la Infanta Elena, etc.) era beneficiaria de dicha cuenta en Suiza.

Como vemos, la línea de tiempo  parece un culebrón guionizado por Televisa, pero la clave principal es obvia: es cuando Felipe VI se vio directamente implicado en la trama que el asunto dejó de ser una preocupación sobre Juan Carlos I y se volvió una amenaza mucho más grande.

Demasiados escándalos, demasiados indicios, demasiada vergüenza. Una España que atravesaba la pandemia, y que seguía quebrada por la crisis de 2008 de la cual se salió recortando gasto público, ajustando el cinturón a las mayorías sociales mientras se rescataba a los bancos, e instituciones como Casa Real mantenían lujos y contubernios nada santos, empezó a hacerse una pregunta que hace años -pese a que intentan ocultar el debate- se hace buena parte del país: ¿para que sirve el Rey?

Esto no va del Rey, sino del proyecto de país

Puede haber quien crea que tanto los escándalos de corrupción, como la huida del Rey Emérito para evadir a la justicia, forman parte de un asunto que alcanza solo lo alcanza a él y que va únicamente de corrupción e impunidad. Me temo que, como suele ocurrir en política y en las crisis, estos sucesos responden a un tema mucho más estructural y más de fondo. 

Una evidencia de ello es, por ejemplo, que durante dos semanas fuera vox populi que tanto Casa Real como el mismísimo Presidente Pedro Sanchez sabían del paradero de Juan Carlos I y que, sin embargo, se les permitiera no dar cuenta del mismo. La omertá garantizada con la complicidad de los grandes poderes mediáticos y políticos del país. Juan Carlos I, se sabe ahora, se encuentra en los Emiratos Árabes que, curiosamente, no tienen tratado de extradición con Suiza y donde la última potestad para avalar una entrega a España la tiene el emir. Además, se sabe que huyó con escoltas de la guardia civil pagadas por el erario público. Para un peruano que sabe lo que es ver a su jefe de estado escaparse vergonzosamente (y hasta renunciar por fax), el paralelo es altisonante. Imagínense que, para colmo, Fujimori no solo hubiera huido con maletines cargados de vladivideos que lo podrían implicar en escándalos, sino además con escolta de la policía nacional. Pues eso.

Tanto la huida de Juan Carlos I como, sobre todo, el halo de silencio e impunidad impulsado desde las instituciones, los medios, la mayoría de partidos políticos, etc. evidencian una estrecha ligazón entre los actores políticos que, en su afán por proteger a Casa Real (esto no va solo del Rey Emérito) vuelven a agudizar una crisis de régimen que nunca terminó de cerrarse. El quiebre del pacto social entre ciudadanos y representantes, pacto producto de la Transición del 78 que trajo de vuelta la democracia a España -la actual monarquía parlamentaria aunque pueda sonar a oxímoron- vuelve a quedar en entredicho. Una transición que ya en su momento fue antes una correlación de debilidades que de fortalezas, como diría Vazquez Montalban, pierde vigencia en la medida en que la brecha entre quienes han de gestionarla y los y las representadas se ensancha hasta niveles insostenibles.

La oportunidad

Las crisis suelen ser callejones sin salida de los cuales pueden surgir revoluciones, diría  Bertolt Brecht. En 2008 la crisis fue económica y dio pie a un movimiento de indignados (el conocido 15M) que años después, personificado políticamente en el partido político Podemos, lograría quebrar el bipartidismo y cambiar el rostro político de España. Hoy, dicho partido se encuentra gobernando en coalición con el Partido Socialista, algo que no solo era impensable, sino que cuenta desde el 2015 con detractores que han hecho y hacen de todo -hasta lo ilegal- para evitarlo. Ver a Podemos en el Gobierno es también una evidencia de que la crisis de régimen sigue viva y coleando.

En 2017, una nueva crisis se encontraba en ebullición tras muchísimos años de gestación: la crisis territorial. Cataluña exige su derecho a decidir a través de un referéndum para determinar la relación con España que no fue reconocido por el Gobierno. Un referéndum que no era válido pero cuya legitimidad en Cataluña no solo no era poca cosa, sino que recibió un empujón producto de las torpezas de la gestión del gobierno de derechas liderado por Mariano Rajoy. Las imágenes de violencia institucional de aquel 1 de octubre de 2017 dieron la vuelta al mundo. Dos días después, y saltándose la neutralidad que el cargo le exige, el rey Felipe VI se posicionaría con el gobierno de Rajoy y sumaría con ello al desprestigio creciente de la institución que lidera. La monarquía perdía más aliados entre la ciudadanía. Una ciudadanía que, a diferencia de lo que los Borbones creen, no es súbdita aunque les pese.

Pero el 2020 nos traería una nueva crisis cuyas consecuencias, impacto y duración nos resultan todavía desconocidas. La pandemia y el nivel tanto de temor como la exigencia de políticas sociales que cuiden a las mayorías, que protejan a los y las vulnerables, que garanticen derechos a la gente, son el nuevo eje movilizador de la indignación y el hartazgo. Si antes la pregunta respondía a un debate ciudadano silenciado (¿para qué sirve el Rey?) hoy silenciarlo se hace cada vez más difícil, sobre todo cuando el Rey Emérito ha huido dejando a su paso tanto hedor.

Por todo ello es clave entender que ni la huida ni los escándalos de corrupción, van solo  de Juan Carlos I. La crisis que atravesamos abre ventanas de oportunidad no solo en España, sino en todo el mundo, sobre los modelos de país que queremos construir cuando pase la pandemia. Los límites del neoliberalismo, del extractivismo salvaje, de la privatización como dogma y del libre mercado como ente que se autorregula, han sido puestos en bulliciosa evidencia. Tocará a cada país hacer la lectura que corresponde y asumir la oportunidad que este momento comporta para la construcción de proyectos de país en igualdad. En España, el debate tiene que ver, sin duda, con el modelo de Estado. Tal vez del “¿para qué sirve el rey?” se pase a un momento constituyente con tintes republicanos, sobre todo ahora que la reconstrucción social tras el Covid 19 se anticipa difícil y larga, pero también demandante de modelos igualitarios que pongan las urgencias de las mayorías en el centro y dejen los privilegios de unos pocos en el pasado.

Si la crisis de régimen no había cerrado del todo, hoy no solo recordamos que continúa abierta, sino que, sobre todo, ha tocado fondo. La huida de Juan Carlos I tuvo como motivación preservar la monarquía, pero, tal vez, haya llegado demasiado tarde.

(Revista Ideele N° 293. Agosto 2020).


[1] Si, Franco eligió a Juan Carlos I como su sucesor, y este último juró su cargo con lealtad al movimiento franquista aunque usted no lo crea. Pero sobre ello podemos hablar en otra oportunidad.

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