¿Por qué abrazar el recuerdo del gobierno militar de 1968?

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ESPECIAL: REFORMA AGRARIA

El gobierno militar del 3 de octubre de 1968 es el blanco favorito de la derecha peruana, que tiene mucho de aspiración oligárquica disfrazada de argumento “democrático”. La izquierda, y en realidad un amplio sector de jóvenes no-oligárquicos, al calor del paso del tiempo, ha cocinado una defensa cerrada del gobierno militar y de Velasco como una especie de justiciero. Aunque los historiadores solemos trabajar de pinchaglobos, no creo que quepa desmontar el “mito” de Velasco como un campeón popular. En la escasez de íconos del campo popular y hazañas que abrazar, tiene sentido que Velasco sea recuperado como una imagen venerable y como sinónimo de justicia. En lo que sigue, quiero plantear algunas ideas sobre porqué abrazar el recuerdo del gobierno militar y cómo esto no significa lo mismo que una nostalgia acrítica.

1. El ejército como canal de participación democrática

La forma como hemos aprendido la historia del Perú, muy influida por el esquema de sucesión de militarismos que planteaba Jorge Basadre, nos conduce a pensar el golpe del 3 de octubre de 1968 como una expresión más de esta desviación congénita hacia el autoritarismo. Es cierto que, al menos con claridad durante el S. XX hasta la década de los sesentas, los militares fueron “perros guardianes de la oligarquía”. Pero el ejército se transformó desde la década de 1950 en una institución con más autonomía de la clase hegemónica y que fue forjando un pensamiento propio. No solo por la creación de escuelas de oficiales que eran influidas por un pensamiento progresista, sino también porque oficiales surgidos del pueblo alcanzaban altos grados, antes reservados para los hijos de. La experiencia de las guerrillas fue también definitiva para producir un shock de conciencia entre los militares: el statu quo era insostenible y la solución podía ser el desaborde y la revolución si no se hacía algo.

Aunque claramente no estaban fuera de la sociedad racista y clasista que era y es el Perú, las Fuerzas Armadas, en particular el ejército, eran un espacio meritocrático y de ascenso social en una sociedad cerrada. Los partidos políticos legales eran clubes de intereses privados inaccesibles para las mayorías. Mientras que las organizaciones sociales y los partidos del campo popular estaban marginalizados en el escenario político. De ahí que el ejército no haya sido una fuerza disruptiva de una democracia en plena marcha, sino un canal de participación democrática para sectores no hegemónicos de la sociedad. No solo oficiales no-oligárquicos, como el propio Velasco, llegaron al poder, sino también jóvenes, artistas, intelectuales, técnicos para los que la oligarquía no tenía un espacio en su proyecto de nación.

Ya desde 1962 el ejército se había convertido en un contrapeso anti-oligárquico. El golpe de ese año, según la versión aprista-conservadora, fue para evitar que Haya de la Torre conquiste la tan ansiada presidencia. Se explica esto por la conocida enemistad entre apristas y militares. Pero lo cierto es que la razones fueron más precisas. Evitar que Haya de la Torre sea el presidente no fue un acto de anti-aprismo abstracto, fue una jugada decidida para evitar que un conspicuo representante de la oligarquía tome el poder. La elección de Belaunde en las elecciones del año siguiente fue la salida desde dentro del sistema. El Acción Populista fue apoyado por una coalición que incluía desde un discreto apoyo militar hasta la adhesión del Partido Comunista a la campaña.  

Cuando en el periodo de 1963-1968 Belaunde fue incapaz de cumplir sus dos promesas centrales: hacer una reforma agraria que desconcentre la propiedad de la tierra y resolver la eterna disputa con la International Petroleum Company, los militares decidieron que los civiles eran incapaces de cumplir estas tareas históricas de construcción nacional. Entre la tenaz oposición de la mayoría congresal oligárquica a cualquier reforma que les quite poder y la incapacidad de Belaunde de enfrentarlos directamente, el ejército da el golpe para desbloquear el país y proponerle un horizonte diferente. Hoy que la oligarquía, que resiste en sus cavernas congresales y se escuda en el voto preferencial para no perder su privilegio, insiste en que el Perú solo se puede transformar a su manera, vale la pena recordar lo que implicó el golpe de 1968. Fue una acción más contra la oligarquía que contra Belaunde -aunque los límites entre ambos son difusos-, cuyo programa original, en términos generales, fue cumplido por los militares.

2. Las tareas de la revolución democrático-burguesa

En los países poscoloniales y pobres, las tareas de la izquierda son primero defensivas y tácticas. En el programa del Partido Socialista peruano de 1928, Mariátegui y compañía afirmaban que solo la acción proletaria de masas puede estimular la realización de las “tareas de la revolución democrático-burguesa que el régimen burgués es incompetente para desarrollar y cumplir”.[1] En los cuarenta años desde la publicación del programa del Partido y el golpe militar de octubre, la acción proletaria de masas no logró un reto tan severo a la oligarquía ni empujó la realización de las dichas tareas como lo hizo el ejército en 1968.

Así lo notaba José María Arguedas en julio de 1969: “el ejército ha hecho en nueve meses mucho de cuanto los partidos de izquierda, los progresistas y la Iglesia católica renovada han reclamado desde los tiempos de González Prada y Mariátegui. Casi todo lo que el APRA ofreció para convertirse en un partido de masas hasta que sus líderes se vendieron a la oligarquía y el imperialismo.”[2]

Y es que, en menos de un año, los militares quebraron “el espinazo de la oligarquía” que era la propiedad latifundista de la tierra, y con eso la autoridad señorial con la que cubrían sus acciones, y expropiaron la empresa que representaba el imperialismo y la expoliación de los recursos naturales peruanos: la International Petroleum Company. Para cumplir estas dos tareas, actuaron por encima de la norma y de la usanza oligárquica. Terminando con la feudalidad y disminuyendo el poder del imperialismo, los militares coincidían con elementos de la primera fase de la revolución que propugnaban los socialistas del 28: la democrático-burguesa.

En la teoría socialista, el siguiente paso era un desborde de las masas proletarias y la creación de una dirección política obrera. No podía haber una revolución “blanda” ni pausada para Mariátegui. Los militares empezaron su revolución con el objetivo opuesto de evitar este desborde hacia la dictadura del proletariado. Su proyecto era claramente uno de conciliación de clases y de cooptación de las luchas populares.  Arguedas le hablaba a Velasco así en ese artículo de 1969, lleno de esperanza, sobre el posible desarrollo de la revolución: “Si usted y los oficiales del ejército no temen ni menosprecian a la juventud, si no temen ni desprecian al pueblo como en su verdadero “cielo interno” les temían y despreciaban Belaúnde y Haya, usted, el ejército, pueden haber lanzado el Perú al gran vuelo; acaso podamos ver esa flecha lanzada al infinito antes de morir”. Los militares, como lo dice muy claramente Arturo Valdez Palacio, uno de los principales asesores de Velasco, le tenían “temor al pueblo, al dirigente y a todo aquello que signifique posibilidades de organización popular” [3]. De ahí que las protestas de Huanta en 1969 por la gratuidad de la enseñanza hayan sido apagadas a sangre y fuego, que la invasión de Pamplona en 1971 fue reprimida con dureza, que la oposición campesina a la gran minería en Cobriza en 1971 terminara en una masacre o que las tomas de tierra de 1974 en Andahuaylas hayan desbordado los planes de Reforma Agraria del gobierno.

¿Qué pensar de un proceso que se plantea las tareas de la revolución democrático-burguesa, la eliminación del feudalismo y el combate del imperialismo, pero como una forma de evitar la revolución proletaria?  Es una pregunta complicada y que va a la raíz del dilema reforma o revolución. En 1968, tal vez parecía mediocre que la izquierda se pliegue a un proyecto con estos objetivos tan limitados, cuando de lo que se trataba era de tomar el cielo por asalto. En cambio, la izquierda deprimida y “realista” del 2019 adopta una defensa cerrada del velasquismo como un momento donde se hizo “justicia” histórica. Por eso, casi toda la gente de izquierda ha reconsiderado su oposición al régimen militar, incluso los maoístas lo llamaban régimen “fascista” en su momento, y ahora ponen a Velasco en el panteón de héroes populares. En tiempos de repliegue, vale la pena inspirarnos en el pasado, recoger sus banderas y criticarnos desde sus errores.

Lo único que iba a defender el proceso revolucionario liderado por Velasco, el pueblo y las masas, habían sido contenidas y encausadas hacia orden de tal forma que no hubo una defensa real de la revolución.

3. La larga contrarrevolución y la recuperación de Velasco para la memoria política

Desde que empezó el gobierno militar, la contrarrevolución se activó para revertir sus logros (esta es una historia muy interesante que está pendiente de escribir). No hay que olvidar que Francisco Morales Bermúdez fue el ministro de economía de 1969 a 1974. La contradicción que atraviesa el gobierno, entre un Velasco pasional, ambicioso y con cierta filiación socialista y un Morales Bermúdez tecnocrático, pro-yanqui y oligárquico es central para entender el gobierno. Cuando se desata la contrarrevolución abierta, a partir del golpe de agosto de 1975, empieza un largo periodo, que no ha terminado, de reconcentración de la tierra y de reposicionamiento del capital imperialista en el Perú.

Lo único que iba a defender el proceso revolucionario liderado por Velasco, el pueblo y las masas, habían sido contenidas y encausadas hacia orden de tal forma que no hubo una defensa real de la revolución. El entierro de Velasco, que ha sido narrado en un excelente artículo de Adrián Lerner, fue una muestra de desborde popular única-y borrada de la memoria por la contrarrevolución-que mostraba el potencial que había para una defensa del proceso, pero que se apagó por los temores militares al pueblo organizado para sí.[4]

La historia más que una ciencia para conocer el pasado es una herramienta retórica para la lucha política. De ahí mi interés por el gobierno militar de 1968, porque los problemas que lo atraviesan son vigentes y ayudan a pensar el presente. Sin ánimo de nostalgia, creo que hay tres elementos claves que hay que recuperar del gobierno.

El primero, la necesidad de desconcentrar la propiedad de la tierra nuevamente. Si las extensiones de terreno que tenían los latifundistas pre-1968 eran escandalosas, los agroexportadores y los grandes propietarios, la Gloria i.e., concentran ahora la mayor parte de la tierra en el Perú. Aunque ahora se pagan salarios, estos son regulados por leyes dictadas desde un congreso oligárquico y que van en contra de las mayorías trabajadoras. Una segunda reforma agraria, con mucho capital para el campo y con una voluntad de tecnificar la producción, es urgente. Ya la culpa de la situación actual del agro dejó de ser de Velasco hace mucho, es de una flojera mental alucinante repetir la falacia de que la Reforma destruyó la capacidad productiva del agro y no ver lo que ha ocurrido desde 1975 hasta acá.

El segundo elemento para recuperar es la necesidad de una segunda nacionalización de los recursos naturales. El “Día de la dignidad nacional”, como lo llamó el gobierno, fue el 9 de octubre de 1968, cuando los militares peruanos entraron al complejo petrolero de La Brea y Pariñas en Talara y se bajaron la bandera gringa para izar la peruana. La IPC explotaba la mayoría de la riqueza petrolera nacional pero casi no pagaba impuestos, protegidos por una red de corrupción que fue efectiva por casi cuarenta años. Hoy ya nadie celebra el “Día de la dignidad nacional”, tal vez porque suena anacrónico. Pero la necesidad de recuperar la propiedad de la riqueza de los recursos naturales no es cosa del pasado, como muestra la experiencia boliviana con Evo Morales, pero también empresas estatales alrededor del mundo. Una tarea urgente es dejar de ser colonia, recuperar las minas y los yacimientos, evitar la fuga de capital, promover la reinversión social y productiva y dejar de ser tan serviles al capital extranjero. Velasco mostró que era posible, aunque también que no era fácil en lo absoluto, por la carga fiscal que implica sostener esas empresas y las vicisitudes de la explotación de los recursos naturales.

Sin caer en el relativismo, mi posición sobre el gobierno militar depende de quien tenga al frente. Si Jaime de Althaus o alguno de mis tíos de derecha me quiere convencer de que Velasco fue el peor presidente del Perú, seré un soldado de la “revolución peruana”. Defenderé el estatismo como necesidad, el tercermundismo como horizonte, el quechua oficial, la educación reformada, la expropiación petrolera, el enfrentamiento con los gringos y todo lo que le molesta a la oligarquía. Pero si estamos en una asamblea de izquierdistas, en una discusión entre militantes, en una sesión de crítica histórica, en una conversación entre compañeros, me explayaré en las críticas, en notar los límites del proyecto reformista-militar, en cuestionar la verticalidad castrense, en denostar su miedo al pueblo y nos esforzaremos por deconstruir su revolución en busca de lecciones. Para adentro, derrumbamos el mito, para afuera, lo defendemos para no darle un centímetro a la oligarquía, siempre dispuesta a seguir jodiendo el Perú.

Ver para atrás en la historia es también querer aprender de los errores pretéritos. En relación con las expropiaciones de recursos naturales, una lección que nos deja el proceso militar es no tener miedo a ser creativo y audaz. Por ejemplo, cuando se firma el contrato de explotación de Cuajone en 1969, una de las minas de cobre más importantes del mundo de ese momento. Los ministros velasquistas más pegados a la derecha presionaron para firmar una concesión a la Southern Cooper Corporation, subsidiaria de la minera gringa más grande del mundo, bajo los términos del código minero de 1950 dictado por Odría. A pesar de que ya estaba listo un código minero más justo, con más impuestos y con más control estatal, el miedo de “espantar a los inversionistas” condujo a que se firme el Contrato Cuajone en términos desfavorables al Perú. A pesar de que había ofertas de Checoslovaquia y Yugoslavia para fundir los metales en Perú, industrializar la minería y aumentar el ingreso de divisas, el pensamiento colonizado de algunos ministros los llevó a firmar un contrato menos favorable de lo que pudo ser. Una década después, un funcionario de la Southern entrevistado por un historiador de la minería, cuenta que estaban dispuestos a hacer muchas más concesiones si el gobierno peruano se hubiera atrevido a pedirlas.[5] Hoy las fuentes de capital y el apoyo geopolítico ya no solo la tienen los gringos, hoy debemos volver a negociar con audacia y creatividad nuevas formas de generar riqueza para la nación.

Otro error clave, y que es vigente para la discusión actual, fue el asunto de la fiscalidad. Ni Velasco ni los que han venido luego se han atrevido a cambiar la forma de recaudar impuestos en el Perú. Esto lo ha anotado el profesor Oscar Ugarteche en su más reciente libro (2019), quien muestra cómo los sucesivos gobiernos peruanos han preferido contratar deuda externa con intereses muy altos antes de emprender una reforma fiscal que le cobre más a los ricos y las empresas. La cantidad histórica de ingresos estatales por impuestos en el caso peruano es mucho más baja, por ejemplo, que en Chile. Tal vez el “milagro” de esa economía no radica en la liberalización pinochetista sino en la larga acumulación de recursos fiscales para construir un estado más eficiente y capaz que el nuestro. Lo cierto es que solo un gobierno decididamente anti oligárquico y con apoyo popular podría emprender una reforma fiscal que enfrente a los ricos. Algo que el gobierno de Velasco no pudo hacer porque nunca estuvo dispuesto a hacer ese salta cualitativo del reformismo a la revolución. Si en el Perú se quieren emprender cambios de este calibre, ya no puede haber miedo ni al pueblo ni al comunismo, hay que caminar en la más amplia unidad hacia la liquidación histórica de la oligarquía y del imperialismo.

Entonces, para no extender más un asunto sobre el que podría explayarme y desbordarme en pasión, quiero dejar clara mi posición sobre el gobierno militar. “Ser de izquierda” es un concepto relacional, no absoluto. No se puede estar a la izquierda en esencia, sino que se está a la izquierda de algo. Entonces, no se puede perder de vista que la fuerza de la élite neoliberal y filo-aristocrática en el Perú es lo que nos hace pensar a Velasco como un izquierdista. Cuando triunfe el socialismo, el general será un ancestro sabio seguramente, pero tendrá que distinguirse lo que hizo él de lo que se quiere para el futuro. No puede ser ese gobierno militar nuestro techo, nuestro horizonte máximo.

[1] El Programa del Partido Socialista de 1928 se puede consultar en: https://www.marxists.org/espanol/mariateg/1928/oct/07a.htm

[2] Semanario Oigo, 5 de diciembre de 1969 Se puede leer una transcripción en: https://revistaheterodoxia.com/2015/11/11/el-ejercito-peruano/

[3] Arturo Valdez Palacio en Ugarteche, Oscar (2019) Modernización reformista y deuda externa en el Perú: 1963-1976, Lima: IEP, p. 88

[4] Lerner, Adrián (2018) “¿Quién enterró la revolución? El Funeral de Juan Velasco Alvarado” en Drinot, Paulo y Aguirre, Carlos (eds.) La revolución peculiar: repensando el gobierno military de Velasco, Lima: IEP.

[5] Becker, David (1983) The New Bourgeoisie and the limits of dependence: mining, class and power in “revolutionary” Peru. Nueva Jersey: Princeton University Press, p.101

Sobre el autor o autora

Alan Benavides Romero
Periodista redactor y fotógrafo de derechos humanos y conflictos sociales.

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