¿Quién se mete con nuestros hijos?

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Reflexiones sobre la polémica en torno a la inclusión del enfoque de género en el currículo escolar

Uno de los debates más encendidos en el Perú actualmente gira en torno a la introducción del enfoque de género en el currículo escolar. Quienes están a favor argumentan que este responde a la necesidad de diseminar los principios de igualdad y equidad entre varones y mujeres y de superar formas de discriminación contra quienes no encajan dentro de los moldes convencionales de feminidad y masculinidad. Quienes se oponen, sostienen que dichas políticas educativas se enmarcan en lo que ellos denominan  ideología de género, la cual, de acuerdo con sus planteamientos, representa un ataque a los valores de la familia, el matrimonio y la femineidad, porque, al fomentar la homosexualidad masculina, el lesbianismo y las relaciones sexuales extramaritales, la misma institución de las relaciones sexuales, en que hombre y mujer desempeñan un rol bien definido, desaparecerá. Es decir, la “ideología de género”propondría la destrucción de la familia biológica[1].

La introducción del enfoque de género en el sistema educativo y en las políticas públicas no es un hecho novedoso. Se trata de cambios en la legislación que no se generaron en el Perú sino en el plano del derecho internacional y en el seno de instituciones como las Naciones Unidas. El Estado peruano, en tanto parte de esta comunidad, se ha adherido a estas modificaciones y, durante las últimas décadas, ha firmado convenios vinculantes en lo concerniente a los derechos de las mujeres y de las minorías excluidas. Tampoco es novedad la respuesta de sectores conservadores. Estos se organizaron desde la década de 1970 como respuesta a los movimientos feministas y de las poblaciones LGBTI[2] y han  tomado renovada fuerza en la última década  Por otro lado, es innegable que la crítica al enfoque de género está en sintonía con valores profundamente arraigados en la cultura popular y con la que se identifican amplios sectores de la población peruana. Así por el ejemplo, la movilización de la Marcha por la Vida, que se realiza anualmente en diferentes ciudades de América y Europa, congrega, solamente en Lima, a varios cientos de miles de personas.[3] Se trata entonces de lo que podría denominarse una guerra cultural. Esto es el enfrentamiento de opiniones contrapuestas en campos que son muy sensibles dentro de una sociedad[4]. Dada esta polarización, me pregunto si es posible encontrar puntos en común desde los cuales crear una plataforma de dialogo.

En mi opinión, a pesar de la pasión que despiertan ambas posturas sí es posible hallar consensos. Más aun, la institución escolar es particularmente propicia para este objetivo dado que, aunque no lo parezca, existen ciertos puntos en común entre las dos posiciones. Ambos sectores, conservadores y progresistas, están de acuerdo en que las mujeres deben tener las mismas oportunidades que los varones y que la equidad es un valor que se debe inculcar en las escuelas. Coinciden también en que toda forma de violencia contra los niños es negativa y debe ser erradicada. Por tanto  la escuela debería  ser un espacio donde se protege a los menores de cualquier forma de maltrato. Es sobre este segundo punto sobre el que quiero extenderme en el presente artículo porque es el que más resistencias genera ya que se relaciona con la problemática de las identidades de género y orientaciones sexuales alternativas. 

En una investigación en curso sobre masculinidades entre jóvenes[5] universitarios limeños me sorprendí al constatar que en los cursos sobre educación sexual se daba  a los alumnos información muy somera sobre los órganos sexuales, la reproducción y las enfermedades de transmisión sexual. No encontré un solo caso, en una muestra de 40 entrevistados, que refiriera que se había tratado la problemática de género, sea en lo concerniente a la situación de las mujeres o a las sexualidades y géneros alternativos. Por lo tanto, los y las jóvenes se informan por otros medios. Son la familia, los pares y los medios de comunicación (internet) los que transmiten información sobre prácticas sexuales y sus variedades y sobre lo que se espera de varones y mujeres. Podríamos entonces concluir que el currículo escolar y la educación formal no tienen mayor injerencia en estos aspectos de la socialización juvenil. 

“En mi opinión, a pesar de la pasión que despiertan ambas posturas sí es posible hallar consensos. Más aun, la institución escolar es particularmente propicia para este objetivo dado que, aunque no lo parezca, existen ciertos puntos en común entre las dos posiciones”.

Sin embargo, en la misma investigación encontré que la escuela sí es un ámbito de transmisión de mensajes sobre género. Más aun, allí se reproducen las formas más crueles de discriminación hacia quienes no encajan dentro del modelo convencional de femineidad o masculinidad. Ello se debe a que la escuela no solo es la institución a cargo de la educación formal de los jóvenes. Paralelo a la estructura compuesta por el currículo, las autoridades y los maestros existe una cultura paralela que se desarrolla por la convivencia de los jóvenes durante largos periodos. Los vínculos de amistad y camaradería que se tejen entre ellos son muy importantes y es precisamente a través de las conversaciones, juegos y secretos compartidos que circula la información sobre sexualidad, e ideales de femineidad y masculinidad. En este mundo es fundamental ser aceptado como parte del grupo. En sentido contario el rechazo o la estigmatización puede causar estragos en la psique de los niños y niñas que comprometen su desarrollo personal.

Analizando el material recogido en la referida investigación encontramos que 36, sobre 40 (es decir el 90%) de los jóvenes entrevistados relatan que aquellos colegas que presentaban rasgos catalogados como femeninos en el caso de los niños o masculinos en el caso de las niñas eran sometidos al maltrato y las burlas de sus compañeros. Ellas iban desde bromas ofensivas hasta tocamientos  indebidos, agresiones físicas y llegaban hasta la violación sexual. 

Ello nos lleva a concluir que la escuela es un ámbito en el que se reproducen formas de violencia que dejan huellas indelebles en quienes las sufren. Por ello sugiero que no se trata de discutir si es apropiado introducir la discusión sobre la problemática de género porque ella ya está presente. Los niños registran las diferencias y las abordan, pero al hacerlo reproducen formas de abuso que atentan con los derechos fundamentales de quienes las sufren. En suma, la violencia escolar esta intrínsecamente ligada a los estereotipos de género.

Tomando en cuenta las evidencias registradas sobre la violencia y el acoso en las escuelas podemos constatar que es urgente abordar la temática de género con los jóvenes para que puedan responder de manera adecuada a los casos de personas cuyo desarrollo sexual y de género difiere de las normas aceptadas. La prevención del maltrato escolar responde a una preocupación compartida por las dos posiciones en disputa y puede ser un eje de consenso para sustentar la necesidad de incluir el enfoque de género en la educación. Por tanto, considero pertinente plantear que, más allá de la prevención de las situaciones estructurales de violencia, debería enfatizarse que la inclusión del enfoque de género en el  currículo educativo servirá como un mecanismo para reducir la violencia al interior de las escuelas.

[1] Vid. S/A, “¿Qué es la ideología de género?”, en el portal web Catholic.net, 8 de mayo del 2008. Recuperado de <bit.ly/2cnRVmY>.

[2] Dicha movilización conservadora, inicialmente, cobró particular fuerza en los Estados Unidos, y tuvo entre sus principales promotores a grupos religiosos evangélicos.

[3]           Así, por ejemplo en 2015 se estimó que hasta 500 mil personas habrían asistido a la Marcha por la Vida en Lima. Radio Programas del Perú, “Miles asisten a la ‘Marcha por la Vida’ con un mensaje contra el aborto”, en el portal web de Radio Programas del Perú, Lima: 21 de marzo del 2015. Recuperado de <bit.ly/2qjWEwd>.

[4] El término se generalizó con la publicación en 1991 del libro de James Davison Hunter: Culture Wars: The Struggle to Define America.

[5]  Investigación en curso Retos y redefiniciones de las masculinidades en jóvenes universitarios. Dirigida por quien escribe y auspiciada por la Dirección Académica de investigación de la PUCP

Sobre el autor o autora

Alan Benavides Romero
Periodista redactor y fotógrafo de derechos humanos y conflictos sociales.

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