Repercusiones de un suicidio

ESPECIAL: ALAN GARCÍA (1949-2019)

No me atrevería a definir si el suicidio es coraje o cobardía. Recuerdo sí, lo que sostenía el gran literato colombiano José María Vargas Vila: “cuando la vida es una infamia, el suicidio es un deber”. Así, en las dos últimas décadas, durante la era de Montesinos, se suicidaron dos militares peruanos: el coronel de ejército Francisco Núñez, el 2 de julio del 2002, y el general Oscar Villanueva, el 1 de septiembre del 2002, por hechos que los atormentaron. El reciente suicidio de un expresidente es otro desenlace dramático que infelizmente se halla vinculado a la corrupción, lacra  nada novedosa en la historia del país.

Si en realidad escandaliza el cuestionamiento de cinco expresidentes de la República, por enriquecimiento ilícito, no debemos olvidar que la historia peruana se halla nutrida de lacra similar. Ya el Liberador Bolívar, al iniciarse la República, había establecido la pena de muerte contra los que se enriquecían robándole al Estado y contra los jueces que se abstuviesen de imponerla. Los dos primeros presidentes: José dela RivaAgüeroy Sánchez Boquete y José Bernardo Tagle, éste último, escondido que falleció víctima de una epidemias, en el Real Felipe, fueron declarados traidores a la patria, e igualmente, con motivo de la guerra con Chile, el general Agustín Belaunde y el general Miguel Iglesias. Acusados de corrupción, aunque impunes: Piérola, Pezet, firmante del infamante Tratado Vivanco-Pareja, Benavides, Manuel Prado y Echenique, el de la “orgía presupuestaria”, Leguía, el de la frase “para mis enemigos la ley, para mis amigos todo” y su lugarteniente Juan Leguía “el tigre de uñas largas”  entre otros, aparte de la extensa lista de generales que amparados en los tanques, jamás pudieron ser sancionados por sus tropelías.

El reciente suicidio de un expresidente es otro desenlace dramático que infelizmente se halla vinculado a la corrupción, lacra  nada novedosa en la historia del país.

Durante la historia republicana, fueron fuentes de robo, el guano, el salitre, el caucho, el petróleo, los ferrocarriles y las multimillonarias obras públicas con plazos interminables por decenas de años, como Tinajones, Chavimochic, Olmos, Gallito Ciego, el Tren Eléctrico, etc. convertidas en vetas permanentes de corrupción.  Hubo muchos Odebrecht, como Dreyfus, Lomer,  Peruvian Guano Company, Grace, Meiggs, Satandar Oil Company, Peikard S.A, Novelty Suppley, etc etc. Penoso destino del país, la proclividad a la rapiña, origen de tantas fortunas forjadas en el Perú hasta con la venta del territorio patrio, de la que sólo quedan como tristes recuerdos, humillantes botines denominados “tratados de paz”.

Pero, aparte de todas estas consideraciones, fue lo acontecido el día de su sepelio del ex presidente, derivado de determinadas subalternas conductas de hipocresía y oportunismo, propias de la descomposición moral, la baja ralea, el oportunismo de trapaceros que en el velatorio fueron a llorar, a tiempo de frotarse las manos por el advenimiento del  reparto de liderazgos, de conquistas y canonjías ¿De qué se apenaban los que junto al féretro pronunciaron encendidos homenajes, precisamente todos los que en vida, entre otros, le formularon acusaciones constitucionales en el Congreso, y posteriormente de rodillas juraron ante él, como ministros, embajadores o aliados en procesos electorales, en actitud similar a los que ciertos actuales seguidores se postraron de hinojos a sus pies, después de  haberlo  calificado de hampón político y endilgarle todos los epítetos inimaginables, mientras permanecía refugiado en Colombia, adonde había viajado, facilitado por el salvoconducto de favor que recibió, a la espera de la prescripción de su proceso penal en 1985-90? Quizá se  trata de la más clara expresión de la descomposición de nuestra corroída sociedad.

Sobre el autor o autora

Alan Benavides Romero
Periodista redactor y fotógrafo de derechos humanos y conflictos sociales.

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