El poder de las humanidades

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A lo largo de la presente de reflexión se esbozarán una serie de argumentos que tienen como finalidad ponderar la importancia de las humanidades, para la toma de decisiones políticas y económicas; en la medida que ofrecen una perspectiva de análisis y de interpretación de la realidad que incorpora el estudio de lo particular y de lo especifico. Todo ello a partir de las teorías y métodos de investigación de las humanidades y de las disciplinas sociales.

El poder de las humanidades, al interior de los sistemas del conocimiento y su necesaria concordancia con los sistemas sociales y políticos, radica en un hecho fundamental: permite la elaboración de un pensamiento complejo, capaz de comprender los procesos y hechos del mundo en su diversidad e interconectividad. En una época que se caracteriza por la aleatoriedad y la fractalidad de la estructura sociocultural y sus múltiples interrelaciones (hasta el límite de lo observable), se hace manifiesto el imperativo epistemológico de reincorporar los estudios humanos y sociales en la organización sistémica del conocimiento. Pues, en la medida que la realidad se nos muestra con innumerables e impensadas dificultades, se hace necesario aprender a ubicar los problemas para poder determinar las soluciones acertadas.

La reinserción de las humanidades en la trama social del saber no quedaría circunscrita a la dimensión formativa. Tampoco al importante disfrute gnoseológico y estético. Más bien, porque la inclusión de las teorías, métodos y campos de investigación humanísticos y sociales, proporciona innumerables elementos teóricos y metodológicos para la acción instrumental del conocimiento en su relación con el ejercicio del poder. En efecto, en la medida que el saber técnico y operacional se concentra atendiendo problemáticas específicas, las humanidades se enfrentan a problemas de complejidad multidireccional. Es decir, tienden a observar las realidades en sus interconexiones múltiples, asumiendo los hechos y los procesos como realidades en los que confluyen varios aspectos.

La lógica de la investigación humanística

Un rasgo de la fortaleza metodológica de las humanidades es su tendencia a contextualizar las situaciones que a simple vista perecieran universales. En la lógica de la problematización e investigación humanística, se busca delimitar la realidad espacio temporal del fenómeno a investigar, señalando su particularidad. Así, por ejemplo, si es necesario abordar un acontecimiento o proceso del mundo económico, como una recesión, la perspectiva histórico social nos permitirá tener en cuenta que tal evento económico obedece a circunstancias especiales, que son irreductibles a otras circunstancias. Es decir, en la lógica situacional que forma el suceso, intervienen aspectos únicos. Y, por lo tanto, la manera de plantear soluciones posibles, deberían tomar en cuenta esos elementos específicos.

Quienes piensen que las humanidades son un decorado estético o un rezago nostálgico del pasado académico, desconocen las características del conocimiento y de qué manera funciona.

En lógica de la investigación humanística se parte por situar el objeto de estudio por sus rasgos característicos, ya sea un poema, una pintura, un evento histórico, una costumbre o una elaboración intelectual. Si es un suceso del pasado, deberá ser contextualizado en su dimensiones políticas, culturales e ideológicas, tratando de situarlo a la luz de otras circunstancias concomitantes. De igual forma, si se trata de una costumbre actual, se busca comprender su funcionalidad tomando en cuenta el devenir temporal de las mentalidades que la formaron. Algo similar ocurre cuando se analiza un texto literario o filosófico. Se le ubica al interior de una tradición, se identifican los elementos biográficos de los autores, vinculándolos con el ecosistema cultural y con las expectativas estéticas o epistemológicas que se desarrollan o se desarrollaron a su alrededor.

La investigación humanística trata de evitar las extrapolaciones mecánicas, porque sus objetos de estudios son variables y se encuentran condicionados por elementos que se sobreponen. Por ejemplo, para interpretar una pintura, se deben tomar en cuenta los aspectos técnicos en la ejecución de la obra, pero, también, los cánones artísticos que permitieron su elaboración. Asimismo, los valores estéticos dominantes en la comunidad de artistas y en el público receptor de la obra. Incluso, cuestiones relativas al mercado y a sus canales de distribución. De ahí que sea poco probable la generalización o la explicación de una obra o evento a partir de leyes universales.

Evidentemente, hay otras disciplinas académicas que precisan poseer grandes marcos teóricos de implicancia y explicación universal. La materia, las magnitudes, la vida, etc., requieren – por su naturaleza específica- construir teorías que consignen mayores o menores niveles de predictibilidad. Pues, ya sea desde una visión mecánica, relativa o cuántica, los científicos de la naturaleza precisan concebir el mundo a partir de regularidades que garanticen la extrapolación de eventos. El poder de las ciencias naturales (y sus aplicaciones tecnológicas), radica en esa posibilidad prospectiva. Desde la Revolución Científica hasta nuestros días, las ciencias de la naturaleza nos han proporcionado una ingente cantidad de saberes que nos ha permitido entender nuestro mundo y ampliar el dominio humano sobre el mismo[1]. Por sus efectos, la importancia de las ciencias naturales, unidas a las ciencias abstractas (como la matemática), nos han proporcionado un poder real, al extremo que no podemos concebir nuestro mundo sin su presencia.

Sin embargo, el poder, las instituciones sociales, las costumbres, las normas morales, las creencias religiosas, la producción artística e intelectual, etc., difícilmente pueden ser abordados desde la lógica de las ciencias naturales, bajo premisas matemático axiomáticas, porque son entidades específicas, sometidas a sus propias características. Ciertamente hay innumerables vasos comunicantes entre naturaleza y cultura, porque una de las características del universo es la apertura entre los mundos físicos y humanos[2]. Pero, por una cuestión funcional, diferenciamos ambos ámbitos y descubrimos que precisan formas de abordajes diferenciados.

El poder de las humanidades en la política y en la economía

El tipo de poder que proviene de las humanidades y de los estudios sociales debe ser entendido como un poder epistémico y no fáctico. Es decir, una manifestación del poder del conocimiento crítico y discursivo que ofrece un conjunto de criterios teóricos y metodológicos que pueden tener una influencia positiva en la organización política y la estructura económica. Las políticas de estado y las públicas, por razones lógicas, surgirían de un conjunto de problematizaciones que son identificadas a partir de la observación de lo concreto social y cultural. Cada país es una realidad específica, posee una historia particular, donde se han formado instituciones políticas, económicas y culturales, siguiendo patrones determinados. De ahí que para la elaboración del diagnóstico problematizador será necesario utilizar la ingente información que proviene de la investigación humanística y social. Cuando se desoye al conocimiento humanista, y se pretende utilizar soluciones surgidas en otros contextos histórico culturales, se pueden ahondar los problemas incidiendo en su dificultad.

La extrapolación mecánica de otras experiencias se ha realizado, a menudo, sin el necesario escrutinio crítico. Así, determinados modelos gestión de económica, educativa y cultural, se suelen aplicar sin considerar las características específicas del espacio social a la que están destinadas. Por ello, la lógica de la investigación humanística provee a las políticas de estado, tanto sociales como económicas, de un marco teórico conceptual que, gracias al ejercicio crítico, pueden llegar a ser más eficaces y tener una mayor incidencia positiva que aquellas que se extrapolan de otros contextos sin mayor cuestionamiento.

El poder de las humanidades en mundo universitario

Para que las políticas de estado y de gobierno aprendan a integrar a las humanidades en su trama de acción, deben revalorarse las disciplinas humanísticas y sociales al interior del mundo universitario. No sólo como parte de la formación integral (“humanista”, como un criterio ético-pedagógico), sino como fortaleza epistémica. Es decir, como fuente teórica y metodológica que incide en la conformación intelectual del profesional universitario. En efecto, si un abogado, una economista, un ingeniero, una psicóloga, un arquitecto, una médica, un administrador, etc., incorpora la lógica de la investigación humanística, tendrá una mayor capacidad para entender las relaciones efectivas entre lo general y lo particular, entre lo único y múltiple, entre lo evidente y lo complejo. En suma, a la lógica instrumental de su saber-hacer, se añade un poder de captación de lo real que acoge un marco de análisis e interpretación realmente eficaz.

Quienes piensen que las humanidades son un decorado estético o un rezago nostálgico del pasado académico, desconocen las características del conocimiento y de qué manera funciona. La inteligencia humana es un sistema complejo de interacciones naturales y culturales, posee una enorme capacidad de adaptación a fin de resolver problemas. Antes de enfrentar una dificultad, evalúa las características específicas, tomando contacto con experiencias previas e inventa soluciones imaginativas si no tiene registro anterior. En suma, la inteligencia humana es inventiva y adaptativa. Justamente, las humanidades, en su poder epistémico, potencia la imaginación crítica y la imaginación hipotética, enseñándonos a contextualizar, a guardar registro de los procesos, a leer con profundidad y a establecer nuestro saber a través con conceptos fundamentales, con los cuales organizamos la experiencia[3].

El estudio de las humanidades no se agota en los importantes temas que abordan. Lejos de instrumentalizar el saber humanístico, se trata de ponderar su eficacia al momento de enriquecer la episteme de las profesiones y, formar visiones del mundo que reconozcan la complejidad de la sociedad y cultura humana. Si el ejercicio del poder se puede evaluar por sus consecuencias, entonces, mientras más controlados sean sus efectos, mayores serán sus beneficios sobre las estructuras societales. Quien entienda el poder que puede emanar de la mentalidad humanista, podrá elaborar otra ruta hacia la “riqueza de las naciones”.

(Revista Ideele N°294. Octubre 2020).


[1] Fue el filósofo inglés Francis Bacon (1561-1626), el primero que ponderó el poder que proviene de las ciencias naturales.

[2] El importante filósofo de la ciencia Karl Popper (1902-1994), enfatizó la interdependencia y apertura entre los mundos físicos, mentales y culturales, en su “teoría de los tres mundos”.

[3] La función de los conceptos históricos humanísticos, ha sido muy bien fundamentada por el historiador alemán Reinhart Koselleck (1923-2006), en su historia conceptual.

Sobre el autor o autora

Ricardo L. Falla Carrillo
Candidato a Doctor en Humanidades por la UDEP y Magister en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con mención en Historia de la Filosofía. Además es Bachiller y Licenciado en la misma disciplina académica por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Asimismo, cuenta con un Diploma de Gestión Social por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Tiene más de 20 años de experiencia universitaria. Las áreas de investigación: historia de las ideas, historia intelectual, historia de las teorías del arte, relaciones entre sociedad y conocimiento. Director del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la universidad jesuita del Perú, desde 2014. También fue Director del Departamento de Humanidades de la misma universidad entre 2011 y 2014. Además es docente contratado de la Universidad ESAN desde 2011.

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