“Yo te voy a contar lo que hemos pasado”. Vivir una pandemia luego de un derrame de petróleo en los márgenes del Estado

Escrito por Crédito de imagen: RPP. Revista Ideele N°294. Octubre 2020

“Yo te voy a contar lo que hemos pasado”. Flor de María Paraná, madre indígena de Cuninico, empieza así su relato sobre lo que ha significado enfrentar la pandemia de la Covid-19 para su comunidad, ubicada en el distrito de Urarinas, en Loreto. Sus palabras parecen simples, pero encierran una historia agotadora que no empieza en marzo de este año. La pandemia llegó luego de un derrame de petróleo, ocurrido en el 2014, que causó estragos en los cuerpos de las personas, las fuentes de agua y los bosques amazónicos. Y también llegó luego de una epidemia de dengue, enfermedad endémica en la zona. A pesar de esta violencia histórica y estructural, Flor de María y las personas no hablan sólo del sufrimiento y la incertidumbre, sino también de las acciones que las mujeres, las familias y la comunidad realizaron para sobrevivir.

Seis años atrás, las personas habían observado con desconcierto cómo una “mancha negra”, compuesta por petróleo y peces muertos, se deslizaba por la quebrada de Cuninico hasta la cuenca baja del río Marañón. Kilómetros arriba se había producido una rotura en el Tramo I del Oleoducto Norperuano, que atraviesa el territorio de Cuninico. Como en muchas comunidades kukama kukamiria que habitan los ecosistemas de várzea -llanuras inundables-, las actividades de subsistencia como la pesca, la recolección y la agricultura y la sociabilidad cotidiana, como bañarse, lavar la ropa o jugar, se vinculan al río. Este inunda gran parte de la comunidad en época de creciente, solo que ahora lo hace con agua contaminada.

Una secuela de enfermedades respiratorias, alergias en la piel, caída de cabello y pérdida de embarazos ha seguido a la contaminación petrolera. Sin saberlo, las mujeres usaron el pescado y el agua de la quebrada para preparar sus alimentos y bañaron a sus hijos en el río. Los hombres se habían sumergido en capas de petróleo sin protección, tratando de encontrar la rotura, bajo la indicación de los ingenieros de Petroperú. Los cuerpos de agua del río y la sangre de las personas tienen metales pesados que sobrepasan los límites permitidos, según han reportado la OEFA y el Ministerio de Salud.[1]

En estos meses de pandemia, la figura del Estado ha mantenido a Cuninico en sus márgenes, como lo había hecho durante el derrame de petróleo. Los planes y programas aprobados para atender a las comunidades afectadas por los derrames petroleros han reducido a los ancianos indígenas a sujetos “pobres” y “vulnerables”, necesitados de programas sociales y de ayuda económica. Lo mismo hace la estrategia multisectorial impulsada por el Ministerio de Cultura y el plan de intervención del Ministerio de Salud para la atención de los pueblos indígenas que fueron aprobados tardíamente. En la práctica, aún no articulan a los promotores de salud, ni incorporan la medicina natural en la atención de la Covid-19.

Han transcurrido seis años y la remediación a cargo de la empresa estatal Petroperú no ha concluido. Desde la perspectiva de Petroperú, la presencia de la petrolera ofrece “oportunidades” de trabajo a los hombres en la remediación y apoyo económico para los proyectos productivos de las mujeres que son promovidos por el Estado. Este, por su parte, ha respondido con proyectos de saneamiento e infraestructura inadecuados e incompletos, como la instalación de piletas que funcionan por horas. Una inversión ínfima a cambio del uso del territorio comunal para la explotación de petróleo. Si el Estado hizo algo, fue en respuesta a las demandas judiciales entabladas por la comunidad de Cuninico y su organización de cuenca, la Federación de Pueblos Cocamas Unidos del Marañón-FEDEPCUM- en las que la atención en salud desde una perspectiva intercultural ha sido central.

De poco sirvió el modelo de atención en salud integral e intercultural para las cuencas afectadas por la contaminación petrolera aprobado en el 2017[2] y el plan de atención en salud para Cuninico y las comunidades cercanas del 2019.[3] Cuando la pandemia llegó a Cuninico, el recién llegado equipo médico del módulo de atención en salud y los centros de salud de Maypuco -la capital de hecho del distrito de Urarinas- y la ciudad de Nauta no contaban con equipos de bioseguridad. El módulo contaba con 33 pruebas rápidas para aproximadamente 700 personas y un balón de oxígeno donado por el Vicariato Apostólico de Iquitos. Los planes, orientados a la vigilancia epidemiológica y sanitaria, no tuvieron un impacto significativo en la forma cómo mujeres, hombres y niños resistieron a la pandemia.

Sin embargo, Cuninico sigue sobreviviendo y resistiendo. Las mujeres y la comunidad sobrevivieron al derrame mediante acciones cotidianas, como el recojo  de agua de lluvia, el cultivo de biohuertos, la venta de comida y la búsqueda de proyectos productivos y la conformación de organizaciones. Estas luego se tornaron en acciones políticas que contribuyeron en las mesas de negociación y los procesos judiciales, como voces autorizadas. “Las mujeres ya no hemos sido calladas, hemos dicho nuestra realidad que nosotros sufrimos y las mujeres tienen derecho a hablar en una reunión… de escuchar y opinar”, nos dice Flor de María. Así como las mujeres y la comunidad se organizaron para sobrevivir al derrame y exigir sus derechos ante el Estado, lo hicieron para enfrentar la pandemia.

Las voces de estas personas, situadas en los márgenes del Estado, siempre han sido fuertes y merecen ser escuchadas. Ellas nos hablan de cómo han organizado sus vidas y han tomado decisiones comunales durante la pandemia. Son sus voces las que nos presentan en los podcast Nuestras Historias desde Cuninico[4] -donde las mujeres junto con los varones nos cuentan sus experiencias mediante Facebook- y cuyo texto y lectura inicial presentamos a este artículo. Se trata de personas que comprenden que el Estado no llegará o si lo hace, lo hará mal, y que algo deben hacer para resistir, porque finalmente eso es sobrevivir. Sus voces dan cuenta de cómo las políticas estatales fallan, una y otra vez, en reconocer lo que son, lo que valen y lo que saben aún en contextos tan críticos como la pandemia de la Covid-19.

Lo que sus voces nos cuentan

En Cuninico se había luchado para evitar la pandemia, pero como el petróleo derramado, el virus llegó a través de su principal medio de vida: el río. La consigna “nadie sale, nadie entra” se manejó en muchas comunidades del Bajo Marañón. Más allá de los protocolos de bioseguridad diseñados por el Ministerio de Salud, la comunidad elaboró sus propios protocolos comunales. Al frente de Cuninico existe una isla, conocida como “banda”, donde se construyeron casas para que los comuneros retornantes pasen un periodo de aislamiento de 21 días. Las familias se organizaron para alimentarlos y recibieron atención médica del módulo de atención de Cuninico. Sin embargo, el virus ingresó  a la comunidad. “Esta enfermedad ha llegado a la comunidad por medio del transporte fluvial que traía parte de la alimentación o cuando se ha enviado encomiendas a un familiar en la ciudad que necesitaba ayuda. Creemos que ese ha sido el medio de contagio”, nos comenta Wadson Trujillo, el apu (jefe) de Cuninico.

Ante la enfermedad, la primera reacción fue el miedo. Para Marlita Salinas, vicepresidenta de la Asociación de Mujeres Indígenas de Cuninico-ADMIC, si el petróleo los había dejado enfermos, una pandemia mundial podría hacerles aún más daño. “Estamos enfermos, nuestras defensas están bajas por los metales pesados. Ahora viene esta enfermedad, nos va a matar”, recuerda que decían en la comunidad. “Yo he entrado en pánico, yo creo me he enfermado antes que venga el virus”, sigue Marlita.

Flor de María Paraná agrega que había incertidumbre sobre cómo se curarían y alimentarían si sus medios de vida habían sido seriamente dañados por el derrame petrolero. La pesca y la caza cuyos productos se consumían o comerciaban se han ido abandonando debido a la escasez de los peces y animales. Los pequeños negocios o tiendas han incrementado, al igual que el uso del dinero. Todo esto ha producido importantes cambios en la alimentación de las personas, que sufren desnutrición crónica y anemia. “Nadie se preocupó antes por nuestra salud y tampoco en la pandemia. Otra cosa hubiera sido si no tuviéramos contaminación, si tuviéramos alimentación. Hasta ahora nosotros no estamos sanos”, añade la madre indígena.

La siguiente reacción que hubo en Cuninico fue colectiva, que es como se conciben las acciones en las comunidades amazónicas. Algunas restricciones provocaron que al inicio estas se vieran impactadas, como las asambleas comunales. “Ya no se hacía reunión con la comunidad, sino con las autoridades principales y cuidando el protocolo, la distancia, ya no estábamos en el local todos unidos como siempre, porque la costumbre aquí es estar unidos”, nos dice César Mozombite, el vice apu de la Cuninico. Sin embargo, con el paso del tiempo, la distancia física y social no pudo mantenerse. La enfermedad de los familiares fue una situación que activó las redes familiares y comunales, y la cercanía se tornó indispensable para el cuidado con plantas medicinales.

Marlita Salinas y otras mujeres decidieron sobrevivir recuperando los conocimientos de sus plantas medicinales para emplearlos en el tratamiento de los síntomas de la Covid-19. La preocupación de Marlita compartida con su madre, Amelia Lancha, una de las fundadoras de Cuninico, la hizo ser consciente de las oportunidades que ofrece el bosque. “Hija, nosotros tenemos el mejor oxígeno del mundo, que son las plantas, la naturaleza”, le recordaba Amelia a Marlita, para tranquilizarla. La señora Amelia había enfrentado epidemias que diezmaron los pueblos kukama kukamiria en décadas pasadas. El sarampión se trataba con lancetilla e ishango colorado, la viruela con quitamoro tomado fresco y la gripe con verbena negra, aceite de lagarto o de zorro o semilla de sandía machacada. El bosque y las huertas proporcionaban “la medicina vegetal [que] era como una farmacia”, pero que, el derrame de petróleo hizo más escasa y poco efectiva para tratar las enfermedades que produjo la contaminación.

Conscientes de que no habría tratamiento médico, las personas consideraron a la Covid-19 como una simple gripe. Entonces recurrieron a su medicina natural, llamada “medicina vegetal”, y a medicamentos esenciales, como el paracetamol, para tratar los síntomas de la enfermedad. Marlita nos cuenta que, siguiendo los consejos de “los antiguos”, emplearon “el ajo, la cebolla, el limón, eucalipto, usaban el yantén, la lancetilla, la malva, el agua de coco buenísimos porque tiene antibióticos puros, sanos, que no dañan los órganos” y que ayudan a contrarrestar los resfríos.

Si la enfermedad era colectiva, la cura también iba a serlo. “Todos por igual nos hemos ayudado aquí, no he tenido miedo porque alguien está enfermo, no hemos dicho ‘no hay que verle’. Al contrario, todos nos hemos ayudado”, nos dice Lidia Guerra, exfiscal de Cuninico. El trabajo de ayuda mutua que se había debilitado durante el derrame, recobró nuevo vigor. La siembra y cultivo de las  chacras estaba disminuyendo y la ayuda mutua de las “mingas” se estaba sustituyendo por el pago de un jornal. Con la esperanza de que todos se recuperasen, las familias y los vecinos se organizaron para ayudar. “Cuando una mujer, una mamá, tiene en casa a todos enfermos, y no podía ir nadie [a la chacra], iba otra familia a traer sus platanitos y se los daba”, nos cuenta Talita Paraná, presidenta de ADMIC.

Junto con las mujeres, los promotores y promotoras de salud -que se habían sentido impotentes durante el derrame- tuvieron un rol importante en la atención de los enfermos. Ellos ya habían enfrentado enfermedades endémicas y otras epidemias, como el cólera, con sus conocimientos sobre medicamentos, los botiquines comunales y las medicinas naturales. “Los últimos años también trabajamos bastante en los huertos medicinales, que no se perdiera lo bueno que tenían ellos de medicinas vegetales, como le llaman”, comenta la madre María Perfecta Vila, que trabajó en la formación de promotores en la misión de Santa Rita de Castilla.

Conforme las personas se iban recuperando, las recetas eran compartidas vía Whatsapp, Messenger o por teléfono con los familiares que se encontraban en las ciudades de Lima, Iquitos, Tarapoto y Yurimaguas. Estos, a su vez, exigían en las oficinas estatales que brindaran atención a las comunidades. “Yo pedía a los del Ministerio de Salud que vayan, que manden las medicinas, las pruebas rápidas. Se los pedía a gritos”, dice Agnita Saboya, presidenta de la Organización de Mujeres Indígenas del Marañón (Ordemim) que padeció la enfermedad en Iquitos. El Estado también obvió sus demandas que exigían su atención.

Lo que llegó a Cuninico fue la comisión de una iglesia evangélica que vacunó a parte de la población con ivermectina de uso veterinario, prohibida expresamente por el Ministerio de Salud.[5] Algunas personas, sintiéndose desamparadas, hicieron caso a las noticias que circulaban en los medios y aceptaron la vacuna que les produjo náuseas y ansiedad. “Como no teníamos ni por parte del Ministerio de Salud, o sea nos hemos sentido desprotegidos y abandonados por el Ministerio, porque ni siquiera nos decían si será bueno o no es bueno.”, nos explica Galo Vásquez, promotor y presidente de la FEDEPCUM. Es así que decidieron trabajar de forma más estrecha con el equipo médico del módulo.

Ha sido el trabajo sin distancia social, aunque a veces física, lo que ayudó a Cuninico a enfrentar la pandemia. “Es un trabajo articulado de tanto el equipo médico capacitado, como también con nosotros, con nuestros ancianos, con nuestros padres, nuestras madres que conocen de la medicina vegetal hemos podido juntos luchar hasta vencerla a esta enfermedad”, opina Galo Vásquez. Los abuelos y las abuelas, las personas consideradas más vulnerables en la pandemia, han sido la guía de las comunidades para sobrevivir: “Con la guía de mi madre, nosotros sabemos qué es bueno porque ellos se han sanado, la guía la dan los antiguos”, nos insiste Marlita.

En los márgenes del Estado una y otra vez

En estos meses de pandemia, la figura del Estado ha mantenido a Cuninico en sus márgenes, como lo había hecho durante el derrame de petróleo. Los planes y programas aprobados para atender a las comunidades afectadas por los derrames petroleros han reducido a los ancianos indígenas a sujetos “pobres” y “vulnerables”, necesitados de programas sociales y de ayuda económica. Lo mismo hace la estrategia multisectorial impulsada por el Ministerio de Cultura[6] y el plan de intervención del Ministerio de Salud[7] para la atención de los pueblos indígenas que fueron aprobados tardíamente. En la práctica, aún no articulan a los promotores de salud, ni incorporan la medicina natural en la atención de la Covid-19.

Lo dice Flor de María con sus palabras certeras: “…las comunidades indígenas somos como unos cuidadores, vigilantes de la tubería porque pasa por nuestra comunidad. En vez de que nosotros seamos más atendidos, ellos se hacen de rogar, parece que nosotros no sentimos, no vivimos, no somos personas como ellos”. Estas nos hablan de un Estado que, como el Oleoducto, pasa por las comunidades, pero no ingresa plenamente en ellas. Por el contrario, resultó ser unos de los principales vectores de contagio en las comunidades nativas. La comunidad, sin embargo, le sigue recordando su capacidad de sobrevivencia y resistencia, y su condición de ciudadanos: “…nos considera quizás para ellos como animales (…) y no debe ser así porque somos peruanos, porque somos personas también”, nos dice Galo Vásquez.

En las voces de las mujeres y las de los varones que compartieron sus historias con nosotras, siempre notamos un espacio de esperanza en que la relación con el Estado mejore: “A mí me gustaría más que el Estado, que nos daría más oportunidad a nosotros para poder analizar las plantas y qué beneficio tiene cada planta y nosotros tener más conocimiento también porque nosotros tenemos conocimientos, pero no es suficiente. Como alguien tiene un doctor en sus manos o una clínica, así también pues nosotros tuviéramos seguros de nuestra vida, de nuestra salud porque tenemos en nuestras manos”, nos dice Marlita Salinas. Los invitamos a escuchar lo que estas mujeres y varones tienen que decirnos en los podcast Nuestras Historias desde Cuninico, sin relecturas y desde sus propias voces.

* Este artículo y la serie de podcasts  “Nuestras historias desde Cuninico” son parte del proyecto “Desde los márgenes del Estado peruano: corporalidades, contaminación e identidades étnicas en pobladores Kukama del bajo Marañón”, Proyecto CAP 2019-0703 con financiamiento de la Dirección de Gestión de la Investigación, Vicerrectorado de Investigación, Pontificia Universidad Católica del Perú. Agradecimientos especiales a las y los pobladores y autoridades de la comunidad de Cuninico, distrito de Urarinas, Loreto.


[1]  Informe “Niveles de riesgo de exposición a metales pesados e hidrocarburos en los habitantes de las comunidades de las cuencas de los ríos Pastaza, Tigre, Corrientes y marañón del departamento de Loreto 2016”, del Ministerio de Salud, Instituto Nacional de Salud y el Centro Nacional de Salud Ocupacional y Protección del Ambiente para la Salud-Perú. En https://observatoriopetrolero.org/wp-content/uploads/2019/08/Informe-Toxicol%C3%B3gico-y-Epidemiol%C3%B3gico-del-MINSA-para-Cuatro-Cuencas.pdf

[2] Documento técnico “Modelo de Atención de Salud Integral e Intercultural de las Cuencas de los Ríos Pastaza, Corrientes, Tigre, Marañón y Chambira en la Región Loreto 2017-2021”. Resolución Ministerial 594-2017/MINSA, 24 de julio de 2017.

[3] “Plan Integral de intervención para la atención de las personas, vigilancia epidemiológica y vigilancia sanitaria en las comunidades nativas de Cuninico, Nueva Santa Rosa, San Francisco y Nueva Esperanza – de la Micro Red de Salud Maypuco, región Loreto 2018 -2021”. Dirección Regional de Salud del Gobierno Regional de Loreto, 9 de septiembre de 2019.

[4]“Nuestras Historias desde Cuninico. El Podcast. En https://www.facebook.com/Nuestras-historias-desde-Cuninico-117582996749472

[5] Véase https://elpais.com/sociedad/2020-06-19/un-grupo-evangelico-peruano-inyecta-un-medicamento-veterinario-a-miles-de-personas.html

[6] “Estrategia Multisectorial para protección de los pueblos indígenas u originarios en el marco de la emergencia sanitaria por el COVID-19”, Decreto Legislativo 148, 10 de mayo de 2020.

[7]  “Plan de Intervención del Ministerio de Salud para Comunidades Indígenas y Centros Poblados Rurales de la Amazonía frente a la emergencia del COVID-19”. Resolución Ministerial N° 308-2020-MINSA, 21 de mayo de 2020.

Sobre el autor o autora

María Eugenia Ulfe
Profesora principal en el Departamento de Ciencias Sociales y directora de la Maestría en Antropología Visual y de la Maestría en Antropología en la Escuela de Posgrado de la PUCP. Dirige el Grupo de Investigación Interdisciplinario en Memoria y Democracia. Es profesora honoraria visitante en la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.

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