A diez años del premio Nobel de Vargas Llosa

Créditos: Agencia Andina

Escrito por Revista Ideele N°294. Octubre 2020

Conocí a Mario Vargas Llosa hace cerca de cincuenta años en Arequipa, durante mis primeros ciclos universitarios a principios de los setenta en un pequeño teatro llamado Aquelarre, donde dictó una conferencia sobre su libro ‘García Márquez: Historia de un deicidio’. A mi hermano Jorge y a mí nos llevómi padre, quien trabajaba con Jorge Cornejo Polar en la Universidad de San Agustín, que organizó el evento. Me di con la sorpresa de un excelente expositor que resumió con brillantez esa monumental obra crítica, quizá la mejor que se ha escrito sobre el escritor colombiano. Al terminar, nuestro progenitor nos presentó a Mario, quien nos trató con cordialidad, sencillez y cercanía. Sin embargo, sólo atinamos a saludarlo y fuimos reprendidos luego por no haberle comentado nada sobre sus novelas, que a esas alturas ya habíamos leído. Nos faltó un poco de mundo para hacerlo. De repente hubiera ayudado que nos lo sugirieran con antelación. Después lo vi casualmente en algún restaurante en sus esporádicas visitas a Arequipa y siempre fue cordial y cercano.

Siempre he admirado su fidelidad a si mismo al apostar ser escritor con todos los riesgos que implicaba y su honestidad intelectual de decir lo que piensa, pero no entendí, hasta bastante después, su alejamiento de sus ideales juveniles, atribuyéndolo al proceso de auto justificación que vivimos casi todos los seres humanos. Tuvieron que pasar muchos años y leer muchas de las entrevistas que se le han hecho —en especial la del brasileño Ricardo Setti— para que me percatara de que fue más bien su experiencia vital, la de conocer personalmente la Unión Soviética, su cercanía con el caso Padilla, la invasión de Checoslovaquia, etc., las que lo llevaron a convencerse de las ventajas de las sociedades abiertas frente a la tristeza de vivir en las totalitarias.

Desde La ciudad y los perros, que me gustó tanto, he seguido leyendo todas y cada una de sus obras apenas se publicaban y he sido testigo de cómo escribía cada vez mejor. Por descuido, se me escapó en su momento, ‘¿Quién mató a Palomino Molero?’, que leí después. Considero que su obra mayor es ‘La guerra del fin del mundo’, una novela total, para usar su propio lenguaje, que es más ambiciosa que ‘La conversación en La Catedral’, otro de sus grandes logros. En ‘Las guerras de este mundo’, un evento que organizó la Universidad Católicapara rendirle homenaje hace varios años, donde me firmó casi todos los ejemplares que tengo de sus obras, me atreví a preguntarle delante de los asistentes ¿cuál de las dos prefería él?, pero su respuesta me dejó con los crespos hechos, porque dijo que por la relación que tenía con sus novelas, quizá podría contestar en una reunión de amigos, pero prefería no hacerlo en público[1]. En esa ocasión, también le pregunté —creo que incomodándolo— sobre Jesús de Nazareth, por las reminiscencias a este personaje que en mí habían tenido ciertas líneas de ‘La guerra del fin del mundo’, teniendo en cuenta su público agnosticismo. Aunque al principio recordó la recomendación inglesa de no hablar de religión, terminó aceptando mi lectura.

Recuerdo que algunos años antes, cuando paseábamos en bicicleta por Miraflores, pasamos frente a su casa del Malecón en Barranco y lo vimos sentado en su estudio mirando el mar. Marta, mi esposa y que en ese entonces era solo mi enamorada, no se le ocurrió mejor idea que saludarlo con la mano. De inmediato y con la amabilidad que lo caracteriza se paró y sonriendo nos hizo grandes adioses. La última vez que estuve con él personalmente, hace ya varios años, fue en una exposición de las fotos de Irak de su hija Morgana en una galería miraflorina donde me dedicó su libro Diario de Irak. con la afabilidad y simpatía de siempre.

Todas sus obras, unas más que otras, me han gustado, pero todavía sigo creyendo que la que indiqué es la mejor y coincido con Ricardo González Vigil en considerarla una de las mayores novelas del idioma. Sin embargo, la explicación de la Academia Sueca para el Nóbel: “cartografía de las estructuras del poder y sus mordaces imágenes de la resistencia, sublevación y derrota del individuo”, estaba más cerca de ‘La conversación en La Catedral’ y ‘La fiesta del chivo’, aunque es verdad que al final corresponde a varias de sus novelas. De las últimas, me gustaron mucho ‘El paraíso en la otra esquina’, ‘Travesuras de la niña mala’, ‘El sueño del celta’ (que no tuvo buena recepción en alguna crítica) y la última ‘Tiempos recios’, que es una denuncia contra la injerencia norteamericana en Latinoamérica. Toda su obra crítica me parece monumental, pero tengo una cierta predilección por ‘La tentación de lo imposible’, porque Los miserables de Víctor Hugo es para mi algo muy especial.  

Si bien es cierto que en el gobierno de Toledo se le condecoró y desagravió por las absurdas acusaciones que todavía algunos ciegos mantienen, ese Nóbel, me permitió recordar que Mario nunca dijo nada de Fujimori entre 1990 y el 5 de abril de 1992, cuando se vio obligado moralmente a defender la democracia y a pedir el bloqueo internacional para sostenerla. Quienes se arrimaban entonces al poder, prefirieron atribuirlo a sus supuestas heridas por la derrota electoral, olvidando que ya entonces Vargas Llosa estaba por encima de la Presidencia de la República y que fue candidato sólo porque la coyuntura y las circunstancias lo obligaron. No terminamos de agradecerle por su valiente actuación, que no calculó las malintencionadas interpretaciones que aprovecharon, además, del uso que dio al tratado de doble nacionalidad que existe con España desde los tiempos en que estaba prohibido tener más de una.    

Aparte de su infatigable defensa del Informe de la ‘Comisión de la Verdad y Reconciliación’, tan injustamente vituperado y que leyó integralmente, como muy pocos, otro favor que le debemos antes del Premio y quizá uno de los motivos por los que la Academia Sueca se decidió, finalmente, a dárselo, fue su renuncia a la Presidencia de la Comisión del ‘Lugar de la Memoria’ —lamentable por lo demás— que obligó a la derogación del Decreto Legislativo 1097, con que se quería contrabandear la impunidad.

Quiero terminar con tres frases con las que coincido y que se publicaron cuando el 2010 se anunció el Nobel. La primera de Le Monde que decía que el premio se otorgó “a un hombre involucrado con su tiempo”, la segunda del mexicano Juan Villoro quien afirmó que “a esas alturas el Premio honraba más al Nóbel que a Vargas Llosa”, y la última, del chileno Alberto Fuguet, porque de alguna manera la sentí yo al enterarme, “es lo más parecido para mí a que mi equipo gane un Mundial”.


[1] Después recordé que en la entrevista con Ricardo Setti el mostró su predilección por ‘La guerra del fin del mundo’.

Sobre el autor o autora

Alan Benavides Romero
Periodista redactor y fotógrafo de derechos humanos y conflictos sociales.

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