Consideraciones acerca de la ostentación

En su obra teatral El Fabricante de Deudas, el escritor limeño Sebastián Salazar Bondy (1924-1965), construye uno de los personajes mejor logrados de la dramaturgia peruana: Luciano Obedot. Este protagonista y su familia viven una situación social que está más allá de sus propias posibilidades económicas, alardeando de un estilo de vida que les es cada día más difícil de sostener. En la desesperación, Luciano Obedot y su esposa negocian un matrimonio entre su única hija, Pitusa, y un noble mucho mayor que la joven, el Marqués de Rondavieja, que, a la larga, resultará un aristócrata venido a menos. Toda esta trama sucede dentro de un contexto en que la familia Obedot vive perseguida por acreedores y en permanente riesgo de perder lo que poseen. Así, El Fabricante de Deudas se constituye en una metáfora integral de una existencia material desmesurada, lejana a cualquier atisbo de cordura, donde llevar una vida inmersa en la apariencia es una conducta normalizada, pero, a la postre, trágica.

Es sabido que los seres humanos establecemos de manera personal o cultural, determinadas nociones sobre lo que consideramos una persona de éxito. Para muchos, una vida exitosa es aquella que ha logrado el máximo de estatus social por medios económicos. Es decir, que ha alcanzado un lugar de privilegio en la estructura societal, gracias a los beneficios que otorga la acumulación de riqueza. Sobre todo, porque se asume que la libre elección está fuertemente condicionada por la tenencia de dinero. Además, porque la felicidad es vinculada, en ese esquema de vida, al acopio de riqueza.

La convicción que el dinero nos hace auténticamente libres, está fuertemente arraigada en las sociedades modernas desde hace un par de siglos, una vez que fueron abolidas democráticamente – de forma paulatina- las diferenciaciones por nacimiento. A Alexis de Tocqueville, célebre pensador francés del siglo XIX, le llamó la atención cómo los norteamericanos tenían la propensión a tratar de emular a sus vecinos, motivados por un fuerte sentimiento de envidia. Pues en un mundo político y social igualitario (como era el de la naciente democracia americana), el único modo de hacerse visible, de distinguirse,  era a través de los beneficios materiales que acarrea tener dinero. Así, la envidia era el motor que originaba el deseo de acumulación y, por lo tanto, de superación material e individual.

Por todo ello, la posesión desmesurada de dinero es tan atractiva. No solo porque posibilita comprar todo lo que se puede elegir y, a la postre, querer. También, porque le permite a los humanos diferenciarse del resto de los mortales, siendo la diferenciación un rasgo que ha acompañado a la humanidad a lo largo de su historia. De este modo, el millonario o multimillonario, sustituyó al sacerdote, al guerrero, al aristócrata, al sabio, como sujeto de valoración general yse empezó a medir –  bajo criterios monetarios – el éxito social.

Sin embargo, no se trata de una simple acumulación de riqueza. Es, sobre todo,la posesión del dinero que permite adquirir, de forma ilimitada, todo cuanto la enorme e inmensa oferta de bienes y servicios,ofrece. El “paraíso del supermercado” que Erich Fromm describió magistralmente el La Soledad del Hombre, empezó a construirse a partir de los años veinte del siglo pasado y se ha manteniendo como el centro de gravedad del sistema social.

En efecto, llegó un momento que la economía sustentada en la satisfacción de necesidades fue eclipsada por la economía basada en los deseos, los mismosque apenas pueden ser satisfechos en plenitud,  porque son crecientes e ilimitados. Por ello, toda la economía contemporánea tiene como elemento articulador transformar los deseos en necesidades y, de este modo, garantizar la expansión inacabada del consumo de bienes y servicios. El consumidor no solo se transforma en una “máquina deseante”, parafraseando a Delueze y a Guattari, sino en un “transformista” de su microcosmos personal,alguien que es capaz de construir, incesantemente, una personalidad plural y móvil a través de consumo.

En una economía de deseos, se puede construir y reconstruir una imagen o varias imágenes del sujeto. El dinero le hace creer al consumidor que puede recrear su personalidad. Es decir, pareciera que se puede permutar de un modo a otro en virtud del dinero. Por eso, la necesidad de evidenciar aquello que se posee es muy grande: inmuebles, autos, lugares de distracción, de diversión, etc. El estilo de vida que se sustenta en la construcción soñada de una personalidad incomparable. El dinero ofrece, comentando al modo de Marshall Berman, una forma de aventura de ser modernos, pertenecer al torbellino de los procesos de una cultura en constante mutación, gracias a la posibilidad del consumo; reinventarnos, ser valorados y dejar nuestras propias fuentes originarias.

Todo esto lo sabemos desde que se nace en una sociedad sustentada en el consumo y en los efectos visibilizadores del mismo. Reconocemos que el acceso a determinados bienes y servicios modifica nuestro estatus en la sociedad en la cual nos desarrollamos. El modo cómo somos percibidos es un aliciente importante en nuestra propia valoración. En una sociedad capitalista o en una economía de mercado (como queramos llamarla), las diferencias originarias se pueden modificar si se posee dinero y si se hace evidente el poder de elección que este ofrece. Por ello, se trata de dar a conocer a otros los que somos capaces de hacer con el dinero, es decir, se hace alarde y exhibición de ese poder.

“Así, el alarde también posee una dimensión racial y cultural. Es decir, se trata de imitar la pauta étnica y cultural del que es asumido como ‘superior'”.

Ahí donde el éxito social es ponderado en términos exclusivamente económicos, es evidente que esa ostentación se de en el plano económico. En el Perú, por sus características socioeconómicas, no se han creado las condiciones para el desarrollo de una extensa clase media ilustrada, tampoco para la consolidación de una clase alta con niveles necesarios de ilustración. Por ello, los sectores altos y medios de este país, han adolecido de otros referentes de valoración social que no sea el económico. En el imaginario de la mayoría de los miembros de las capas altas y medias del Perú, los únicos elementos de distinción social están vinculados a los beneficios de la acumulación de riqueza. Así, un rasgo genérico que identifica a estos sectores sociales es la falta de otros horizontes formativos y, por lo tanto, de hábitos de vida fundados en el conocimiento general (cultura general) y de experiencias cosmopolitas. En suma, son sectores de un poder sustentado en el dinero, que hacen alarde de ese poder, pero no son clases dirigenciales.

En todas las sociedades humanas, las clases populares tienden a reproducir los hábitos de los sectores medios y altos. Las conductas de aquellos que tienen poder económico, son emuladas porque se les considera ejemplares; no en el sentido moral normativo, sino en el plano de las costumbres. En ese sentido, si los sectores sociales altos y medios manifiestan desprecio o poco interés por el conocimiento intelectual, cultural o artístico, es muy probable que los otros grupos sociales asuman que ese desinterés es una pauta de comportamiento social normalizado. Asimismo, si los sectores más encumbrados en la estructura social, hacen solo alarde u ostentación de su poder económico, es muy probable que los grupos menos favorecidos aprendan a considerar que la única forma de evidenciar una conducta socialmente válida sea alardeando de la posesión económica.

Por ello, el alarde es una conducta social aprendida de aquellos que se consideran “lo más importantes” de una comunidad, de una sociedad. El que hace ostentación de una posición de privilegio, actúa reproduciendo conductas aprendidas de aquellos que se asume como dignos de emular. Y en un país donde el estatus social no ha estado condicionado solo por aspectos económicos, sino que también ha estado marcado por cuestiones raciales y culturales, los modos de reproducción social han estado fuertemente influenciados por las cuestiones señaladas. Así, el alarde también posee una dimensión racial y cultural. Es decir, se trata de imitar la pauta étnica y cultural del que es asumido como “superior”.

Un ejemplo interesante de práctica ostentosa a partir de la imitación racial y cultural, fue el caso del dictador africano Jean-Bédel Bokassa, quien se hizo “coronar” Emperador de Centroáfrica. En 1976, la antigua colonia francesa se convirtió en “imperio” cuando el dictador congoleño tomó esa excéntrica decisión. Bokassa instauró una monarquía al modo europeo, en uno de los países más pobres de África. El alarde de lujo y el derroche de la faustuosa ceremonia imperial, se hizo muy conocida en su momento y fue un claro ejemplo de pompa de riqueza y poder, imitando la conducta del que se asume superior.

En el alarde, en la presunción de poder y riqueza, hay cuestiones evidentes y también aspectos ocultos. Evidente, es la manifestación de poder que se quiere hacer visible en actos concretos de poderío y de dominio. Oculto, es el complejo de inferioridad que hay detrás de ese alarde. El deseo de emular a quien se considera superior. Lo dramático es cuando aquello que se considera digno de imitación, es tan vacío e inconsistente que genera reproducciones sociales fallidas, desmesuradas y torpes. Desmesura y torpeza en el alarde, como se evidenció en caso del congresista peruano Bienvenido Ramirez, quien se ufanó de su acercamiento al Poder Ejecutivo ante el parlamentario Moisés Mamani. Todo ello en medio de la última crisis política, donde la ostentación y su miseria se hicieron presentes. 

(REVISTA IDEELE EDICIÓN N° 279, JULIO DEL 2018)

Sobre el autor o autora

Ricardo L. Falla Carrillo
Candidato a Doctor en Humanidades por la UDEP y Magister en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con mención en Historia de la Filosofía. Además es Bachiller y Licenciado en la misma disciplina académica por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Asimismo, cuenta con un Diploma de Gestión Social por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Tiene más de 20 años de experiencia universitaria. Las áreas de investigación: historia de las ideas, historia intelectual, historia de las teorías del arte, relaciones entre sociedad y conocimiento. Director del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la universidad jesuita del Perú, desde 2014. También fue Director del Departamento de Humanidades de la misma universidad entre 2011 y 2014. Además es docente contratado de la Universidad ESAN desde 2011.

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