¿Estamos ya en un proceso revolucionario?

Escrito por Revista Ideele N°295. Diciembre 2020

Según la historiadora Cecilia Méndez, las marchas que hicieron caer el gobierno de Manuel Merino y las que consiguieron la derogatoria de la “ley Chlimper” demuestran que estamos viviendo nada menos que una revolución: “El país tenía una reserva democrática que nadie pudo predecir. Lo impensable se hizo posible. Como sucede con todas las revoluciones –y que no quepa duda que estamos viviendo una—la historia dio un vuelco de 180 grados”.[1]

No me voy a poner antojadizo con el término revolución, asumo simplemente que Méndez se refiere a un proceso político que avanza hoy hacia la superación del neoliberalismo. Me alegra que alguien en un diario importante del Perú se atreva a hablar de revolución. Pero más allá de mis afectos, hay que preguntarse si de verdad estamos en ese proceso.     

Comencemos poniendo las marchas contra Merino en contexto. Estas son parte de una secuencia que incluye las marchas del No a Keiko en el 2011 y el 2016, del No a la revocatoria de Susana Villarán, del rechazo a la “repartija” en el BCR, el TC y la Defensoría, y del apoyo a los fiscales de Lava Jato y los Cuellos Blancos, así como a Martín Vizcarra en la disolución del congreso. En todas ellas hubo un núcleo de ciudadanos (con un fuerte contingente de jóvenes y de mujeres de clase media) que ha recibido el apoyo de los distintos partidos y organizaciones de izquierda, de algunos políticos de derecha y de buena parte de los medios de comunicación. Se trata de un bloque que se concentra en la lucha contra la corrupción y que desde allí se esmera en proteger la institucionalidad democrática y apoyar los procesos de reglamentación emprendidos por el Estado. Y dado que este bloque no se dirige a cambiar el modelo económico, lo he llamado en un artículo pasado (publicado en este mismo medio) el republicanismo neoliberal.[2]

También adelanté en ese artículo que el principal límite del republicanismo neoliberal es que se desentiende del hecho que el neoliberalismo es un obstáculo a la lucha contra la corrupción y al deseo de que la democracia funcione para todos. Vizcarra fue, por ejemplo, una figura que durante meses abanderó la lucha contra los corruptos, pero pronto se descubrió que él era uno de ellos y se confirmó durante la pandemia que podía respaldar las medidas más drásticas contra los trabajadores. El bloque republicano-neoliberal no ha podido aún visualizar que la defensa de la democracia como estado de derecho no coincide necesariamente con la apuesta por la democratización de la sociedad.

Por supuesto, una cosa es el núcleo y otra el bloque: una el movimiento espontaneo de la ciudadanía y otra el sentido que le dan los políticos y los medios. Pero no hay que apresurarse a concluir que el deseo del movimiento de cambiar el sistema económico neoliberal es falseado por una maquinaria política y mediática. Hay que reconocer más bien que el mismo movimiento alberga a una multiplicidad de actores que no confluyen en una sola consigna. Así, en las marchas contra Merino, hubo un grupo considerable de jóvenes que lucharon por una Nueva Constitución, pero también otros que lo hicieron en la defensa del estado de derecho o de los procesos normativos en el Estado (de la SUNEDU, por ejemplo), o contra una derecha autoritaria y conservadora (el espectro del fujimorismo), o como un simple rechazo indignado a la politiquería del congreso en plena pandemia.

No ha habido en las marchas contra Merino un pueblo esgrimiendo una idea política. Ha habido una multitud congregada en torno al rechazo a un exceso autoritario o corrupto. Y es la ausencia en ellas de un carácter más afirmativo lo que ha permitido a los políticos y a los medios inscribirlas dentro del republicanismo neoliberal. Es más, los medios parecen bastante confiados de poder efectuar esta inscripción. De allí que puedan ocurrir hechos anecdóticos como ver a la señora Rosa María Palacios saliendo al aire a crispar los ánimos con la esperanza de que el rechazo a la vacancia presidencial se traslade a las plazas. Algún programa cómico tiene que imitarla vistiendo una vincha roja (a lo Toledo).

Sin embargo, es cierto que en la marcha contra Merino se oyó más que nunca antes la consigna “Nueva Constitución”. Inti Sotelo salió a marchar precisamente por esto. Pero ni bien cayó Merino, y Sagasti se puso la banda recitando el poema de Vallejo, los medios y los políticos de derecha abandonaron a su suerte este reclamo de una parte de la multitud. Y digo una parte porque con el cambio de gobierno solo quedó un grupo reducido en la plaza con una mínima cobertura televisiva. Los medios no recogieron demasiado lo que pasaba en la calle, pero lo que pasaba en la calle tampoco los obligó a recogerlo.

No obstante, la caída de Merino se tradujo espontáneamente en las marchas contra la ley Chlimper en el sur y el norte del Perú. Se habrá notado que estas marchas no han sido tan celebradas como las primeras. Los medios las han visto con preocupación y la señora Rosa María Palacios (otrora cómoda con su vincha roja) las ha caracterizado como una vieja estrategia maoísta de agudizar las contradicciones que han empleado los golpistas del congreso: es decir, los “rojos” del Frente Amplio y la derecha recalcitrante. Interesante explicación, sobre todo para los estudios psicoanalíticos, ya que en ella coinciden el delirio conspirativo paranoico y el más burdo cinismo “racionalista”.

A fin de cuentas es natural que el paro agrario genere aprehensión. Los reclamos de los trabajadores agrícolas exceden el marco del republicanismo neoliberal y fácilmente podrían constituirse en política de clase. El bloque republicano-neoliberal no podía hacerlas suyas, pero sí parte de su núcleo ciudadano salió a apoyarlas en las calles. No fue una marcha multitudinaria como aquella que propició la caída de Merino, pero al menos la parte más consistente y activa de la ciudadanía pasó del rechazo a la afirmación. Hay una diferencia entre gritar “Fuera los corruptos” y proponer una Nueva Constitución.

Aún así, esta consigna no es del todo clara. Puede querer decir que se necesita superar el neoliberalismo o, simplemente, como lo sugiere Julio Guzmán, solucionar los vacíos legales que permiten a congresistas corruptos vacar a un presidente. Sin duda quienes demandan en las calles la Nueva Constitución están a favor de lo primero. Pero de todos modos el movimiento necesita ser más específico en cuanto a lo que desea para que al final del proceso no acabe con una Nueva Constitución progresista que nadie cumple, o con una Nueva Constitución del 93 pero sin vacíos legales, o sencillamente con las manos vacías.

El núcleo ciudadano necesita arribar a un mínimo programa que se traduzca en un conjunto de consignas claras. Hay que decir (como lo hace Verónika Mendoza entre otros) que se necesita una Nueva Constitución para empoderar a los trabajadores formales e informales, apoyar a los pequeños productores agrícolas, fortalecer a las empresas nacionales y estatales, proteger el medio ambiente, garantizar mínimamente la salud, etc. Y esto implica superar la alianza con la derecha “ilustrada” (neoliberal y progresista en temas de política identitaria) contra la derecha bruta y achorada (neoliberal y conservadora en temas de política identitaria). No quiero decir que no se deban hacer alianzas con la derecha “ilustrada”. Las alianzas son el ABC de la política, pero sí tener en claro que la relación con ella tiene que ser de “alianza y lucha” a fin de calcular cómo la gesta democrática pueda conducirse más allá del republicanismo neoliberal.

Por supuesto, es más fácil decir que hacer. Hay toda una maquinaria montada para traducir los movimientos sociales dentro de la voluntad reguladora/institucionalista de la derecha. Pero es allí donde debe forjarse una nueva organización política que le dé consistencia a la multitud y a la vez sea lo suficientemente porosa para adquirir sus sentidos de esta. No quiero decir que se necesita un partido leninista que conecte las demandas de las masas con la Historia. Ni tampoco que haya que contentarse con proclamas de apoyo cuando las masas toman las calles. Quiero decir que la nueva organización política (o las nuevas) tiene(n) que vincular más estrechamente los movimientos sociales.

Sin duda ha habido un vínculo espontaneo entre las marchas contra Merino y el paro agrario. El éxito de las marchas hizo posible el paro y este ha ayudado a consolidar una parte del núcleo ciudadano limeño como anti-neoliberal. Se está formando espontáneamente cierto consenso a nivel nacional en torno a la necesidad de cambiar el modelo económico. Y –hay que decirlo– no se ha necesitado el concurso de partidos u organizaciones para ello. Pero no estamos aún en el proceso revolucionario que Méndez supone ya en marcha. Las revoluciones no se crean solo con sentimientos y/o sentidos compartidos sino con la capacidad de actuar en conjunto. Se necesita un plus de organización.

Estamos, creo, al comienzo de algo, pero muy al comienzo. Se ha abierto una ventana de posibilidad y las elecciones están a la vuelta de la esquina, pero no será en ellas donde se haga posible lo imposible. Se pueden hacer muchas cosas ocupando los más altos puestos del ejecutivo y un buen número de curules en el congreso. Pero si se consigue tejer vínculos operativos entre los jóvenes de las marchas, los trabajadores formales e informales, los pequeños productores agrícolas, las rondas campesinas, etc., entonces la revolución estará realmente en marcha y no importará mucho quién gane las elecciones.   


[1] Cecilia Méndez, “Calles, constituciones y revoluciones”. Diario La república. 7/12/2020.

[2] Juan Carlos Ubilluz, “Sobre el surgimiento del republicanismo neoliberal y sus límites”. Idelle Núm. 290.

Sobre el autor o autora

Juan Carlos Ubilluz
Doctor en Literatura

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