Enseñando desde el confinamiento

Escrito por Imagen: Internet Revista Ideele N°295. Diciembre 2020

Si tuviera que elegir la emoción que he vivido en el dificilísimo trabajo de profesor este año 2020, o si se quiere, si tuviera que seleccionar la actitud o la habilidad que me ha acompañado en las clases de confinamiento, o más bien, para ser más preciso, si tengo que elegir la idea que he tenido en la cabeza todos los días antes de empezar una clase a la distancia, pues mi salvavidas ha sido éste: «Cuando puedas elegir entre tener razón y ser amable, elige ser amable». Fácil de decir, difícil de hacer.

Encontré la frase al leer con mi hijo la novela Wonder, una novela breve que inicia cuando August, un pequeño valiente de diez años, con una deformidad de nacimiento en el rostro y cráneo, irá por primera vez a la escuela. A los papás les ha costado esta decisión, por momentos piensan que es llevar un cordero al matadero, pero, a la vez, saben que el gran August tiene que pisar la realidad, que le irá bien. En la escuela –en la realidad- encontrará experiencias maravillosas, hará amigos, aunque también conocerá el gusano del desprecio. Entretanto, en el primer día de clases, un entusiasta profesor de Lengua escribe en el pizarrón aquella frase: «Cuando puedas elegir entre tener razón y ser amable, elige ser amable».

La clase, vi, no podía ser más esa monserga con la que los profesores atormentamos, sin darnos cuenta, porque la repetimos para nuestro propio deleite. Los estudiantes ya no están atornillados a las carpetas, y, si con nuestras palabras los enviábamos a los brazos de Morfeo, ellos, desde sus casas, como un mecanismo de defensa, sencillamente bajan el volumen y nos dejan con nuestros soliloquios tragicómicos.

Yo, en mi primera clase en pandemia, en el papel de profesor, a las 8:30 de la mañana, enclavado en mi guarida, mi biblioteca, empezaba con una profunda inhalación. Muy pronto vi que nadaba en tinieblas. No había manera de animar a los estudiantes a encender sus cámaras. Toqué una puerta, “Hola, Pedro… ¿Pedro?”. Después con otra carnada, “¿Y a ti, Teresa, te convencen las ideas de Epicuro? Al minuto me di cuenta de que mi situación era la de un náufrago, “¿Hay alguien ahí?” Sin poder ver los gestos de nadie, en la oscuridad de la noche polar, apretando los dientes para no seguir imitando un monólogo de Samuel Beckett, no me quedaba sino, con expectativa cerval, escuchar otras voces. Con la oreja pegada al parlante, como olvidado dentro de un pozo, en ese océano de silencio, quería atrapar aunque sea la mínima modulación de voz, identificar una partícula de presencia humana. Lo logré. Auscultando cualquier chistido, cogía con los dedos esa chispita que a veces me regalaba un estudiante, soplando para que no se apagase, como un desesperado cavernícola buscando calor. Reto a cualquiera a trabajar así.

La clase, vi, no podía ser más esa monserga con la que los profesores atormentamos, sin darnos cuenta, porque la repetimos para nuestro propio deleite. Los estudiantes ya no están atornillados a las carpetas, y, si con nuestras palabras los enviábamos a los brazos de Morfeo, ellos, desde sus casas, como un mecanismo de defensa, sencillamente bajan el volumen y nos dejan con nuestros soliloquios tragicómicos. El caso es que, antes de la pandemia, entre tener razón y ser amable, sin duda, elegía ir a la vena: esto es así, esto es asá. Borrar, tachar, ilustrar. Sin ser un nostálgico del siglo XIX, esa era, pensé, el objetivo del maestro. En aras de la eficiencia ahorraba la gentileza. Calculo al ojo que, en cuestión de porcentajes, en mis clases yo aplicaba 70% de razón y 30% de amabilidad. Pero cuando cayó la pandemia todo cambió. Me hice pequeñito. Un 10% de razón y un 90% de mí se dedicó a ser amable (o perdón, a tratar de serlo).

El resultado me sorprendió. Los estudiantes comenzaban a involucrarse y aquella noche polar desaparecía. El tacto, la gentileza, daban sus frutos. Les mostraba a los escolares, por ejemplo, apotegmas de Lao Tse y me volvían a gustar las ocurrencias que uno tiene a los quince años. Había una dosis de juego, de incertidumbre, de no saber cuáles serían las conclusiones de la clase. Esa amabilidad significaba, también, anticipar cada clase, con ejercicios de escritura, lecturas breves, trabajo en grupos y, como mi voz lo petrificaba todo, comprendí que yo debía ser lacónico y la voz cantante la de los estudiantes. Acabando el año queda claro que no hemos avanzado veloces como el año anterior, sino mucho más lento, pero, ahora que lo pienso mejor, ¿en los años anteriores habré avanzado de verdad? ¿Habré comunicado, con eficacia, contenidos y habré desarrollado habilidades en los estudiantes? ¿Haber aprobado mi curso lo garantizaba? Además, quienes lograron leer “La montaña mágica”, ¿se animarían a un nuevo reto? En fin, estas preguntas que me desvelaban no iban a disiparse poco a poco, así que logré reducirlas a una. Cuando yo ejercía con el fuste de la razón, de las evidencias sólo negadas por los ciegos, ¿qué habré estado enseñando en el fondo? Porque yo, lo poco que he ido aprendiendo a lo largo de mis años, lo fui aprendiendo a mi ritmo y a mi estilo, ni un día antes, ni un día después. Y de quienes aprendí inmensamente fue de aquellos que manejaron el escurridizo arte de atar sin cuerdas y sin nudos. Fácil de decir, difícil de hacer. Pero vale la pena intentarlo.

Sobre el autor o autora

Héctor Ponce
Filósofo. Docente del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya.

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