Ronald Reagan y la “mayoría silenciosa”: cuatro décadas después

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Hace cuarenta años, Ronald Reagan (1911-2004), juramentó como cuadragésimo presidente de los Estados Unidos. Su llegada al poder, junto a la Margaret Thatcher en Inglaterra, en 1979, fue el inicio de la llamada “revolución neoconservadora”, la misma que tuvo grandes repercusiones a lo largo del mundo, que condujeron al final de la “guerra fría” y al surgimiento de un “Nuevo Orden Mundial”, después de 1989.

Cuando Reagan triunfo en 1980, sorprendió a muchos. Pocos creían que un discurso político ultraconservador podría tener eco en los Estados Unidos, sobre todo después de la extendida revolución contracultural de fines de los años sesenta y comienzos de los setenta. Sin duda, las transformaciones sociales habían calado hondo en una parte de la sociedad norteamericana. Pero no en todos. Pues una importante porción de estadounidenses no se sentía representado por aquel progresismo contracultural. Así, el futuro presidente, se asentó en ese grupo al que denominó “mayoría silenciosa”, y convirtiéndose en su voz. Y, en un contexto de crisis, la crisis del welfare state, el candidato republicano propuso el retorno a los valores fundacionales de los Estados Unidos: responsabilidad individual en la esfera económica y moral práctica sustentada en la ética protestante. De este modo, Reagan y sus estrategas, lograron convertir el discurso conservador (anti progresista) en una posibilidad de renovación popular.

La campaña de Reagan se asentó sobre una agenda religiosa de motivaciones políticas, convocando a las poderosas iglesias evangélicas norteamericanas para llevar a cabo una cruzada contra el comunismo ateo (encarnado en el “imperio del mal”, la URSS) y contra el “socialismo liberal” de los demócratas. Sobre ciertas premisas integristas, planteo la necesidad de restablecer las relaciones entre religión y sociedad, sabiendo que la “mayoría silenciosa” sospechaba de la secularización y sus efectos sobre la cultura. En ese sentido, no está demás recordar que el teocentrismo político y la política secularizada son igualmente “ficticias”.

Lejos del discurso académico e ilustrado, Reagan movió los sentimientos pro patria, pro familia y pro propiedad de millones de norteamericanos, aquellos que no les motivan grandes transformaciones culturales y, más bien, prefiere el orden y la seguridad a fin de acceder a los beneficios que el capitalismo ofrece. Por esta retórica aparentemente simplista, pero enormemente eficaz, Reagan fue juzgado como un líder limitado por sus opositores, quienes se burlaban de él por su sonora ignorancia en muchos temas. Sin embargo, venció. Y, en 1984, fue reelecto.

Asimismo, apoyado por diversos grupos de poder empresarial, centró su campaña contra la burocracia estatal y el “exceso de intervencionismo gubernamental” en la economía y en la sociedad. “El estado no es la solución a nuestros problemas. El estado es el mayor problema”, fue la sentencia que utilizó en innumerables ocasiones durante su campaña y quedó grabada en su discurso de posesión presidencial.

Lejos del discurso académico e ilustrado, Reagan movió los sentimientos pro patria, pro familia y pro propiedad de millones de norteamericanos, aquellos que no les motivan grandes transformaciones culturales y, más bien, prefiere el orden y la seguridad a fin de acceder a los beneficios que el capitalismo ofrece. Por esta retórica aparentemente simplista, pero enormemente eficaz, Reagan fue juzgado como un líder limitado por sus opositores, quienes se burlaban de él por su sonora ignorancia en muchos temas. Sin embargo, venció. Y, en 1984, fue reelecto.

Una de las cosas que enseñó la campaña de 1980 es que no hay que dejar por sentado que las transformaciones culturales, bastante publicitadas, son aceptadas por todos. Y que el supuesto monopolio de la corrección política liberal y secular, genera simpatías en toda la sociedad. Hay muchas personas que anhelan un orden imaginado estructurado desde la seguridad familiar, religiosa y patriótica. El triunfo de Ronald Reagan demostró que, bajo determinadas circunstancias, el progresismo pacifista “hippie” y las diversas contraculturas eran  parte del pasado y que, como todo lo humano, estaban sometidos a la tiranía del tiempo.

Sobre el autor o autora

Ricardo L. Falla Carrillo
Candidato a Doctor en Humanidades por la UDEP y Magister en Filosofía por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, con mención en Historia de la Filosofía. Además es Bachiller y Licenciado en la misma disciplina académica por la Facultad de Teología Pontificia y Civil de Lima. Asimismo, cuenta con un Diploma de Gestión Social por la Pontificia Universidad Javeriana de Bogotá. Tiene más de 20 años de experiencia universitaria. Las áreas de investigación: historia de las ideas, historia intelectual, historia de las teorías del arte, relaciones entre sociedad y conocimiento. Director del Programa de Humanidades de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya, la universidad jesuita del Perú, desde 2014. También fue Director del Departamento de Humanidades de la misma universidad entre 2011 y 2014. Además es docente contratado de la Universidad ESAN desde 2011.

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