Sin políticos en un país cansado

El tablero de la segunda vuelta electoral.

Escrito por Revista Ideele N°297. Abril 2021

El desprestigio de la clase política es tal que los candidatos que pasaron a la segunda vuelta no sumaron más del 20% de los votos del universo de electores en el país. Castillo, 10%. Fujimori, 8%.

No hay sorpresa en estos resultados. Las encuestas venían mostrando sostenidamente que ninguno de los punteros despertaba afiliaciones significativas (Forsyth, Lescano, López, etc.) y el resto no podía recuperar entusiasmos recientes (Fujimori, Acuña, Urresti, Mendoza, Guzmán, etc.). Estos resultados mostraron, una vez más, aunque con mayor dramatismo, la precariedad del sistema de partidos y el vacío de representacion tantas veces estudiados.

La profunda desconfianza que determina las relaciones entre gobernantes y gobernados, y a la vez entre conciudadanos (Barómetro, 2019), no ha desaparecido de una semana a otra. Este es el terreno sobre el cual se jugarán las estrategias electorales, así como las emociones políticas más elementales, esto es, la convicción y el miedo.

Exponerse tiene para ambos pros y contras. Los contras de Keiko son harto conocidos. Los contras de Castillo están por descubrirse ante la opinión pública. No es casual que el último fin de semana haya evitado las entrevistas extendidas en la radio y la televisión. No es casual, tampoco, que haya bajado el tono confrontacional de sus declaraciones y responda con generalidades ante las preguntas específicas o técnicas.

El triunfo del profesor Castillo

El repentino entusiasmo que encendió Castillo días antes del sufragio tampoco es nuevo. Ese nicho ya había sido representado por Mendoza (2016), Humala (2011) y Toledo (2001). Asimismo, este fenómeno de salto sorpresivo de un candidato ya había sucedido, por ejemplo, con Fujimori en 1990 y hace poco con Muñoz en los comicios de Lima metropolitana en 2018.  

Los componentes de este espontáneo entusiasmo son más o menos conocidos, forman un voto contra el ninguneo y el abandono social. Expresan:

  • un generalizado llamado por el reconocimiento social,
  • una antigua demanda de inclusión e integración, especialmente de los sectores pobres y lo sectores medios precarizados, y
  • un evidente hartazgo contra las élites políticas y económicas.

Pedro Castillo se ha constituido en un lienzo donde una mayoría del país viene pintando una ilusión. Y léase “ilusión” en sus dos acepciones más recurrentes: como deseo y como espejismo. Veamos. Si 6 de 10 peruanos no sigue las noticias sobre el acontencer político, inclusive en época electoral (GFK, IEP, Barómetro), podemos sugerir que Castillo no es suficientemente conocido, ni él ni sus propuestas. Si un candidato se dispara cuando un tercio de la población decide su voto en la última semana (Ipsos, Datum, IEP), vale inferir que dicha candidatura estaría funcionando como una proyección de ciertas demandas sociales.

De hecho la encuesta del IEP sugiere que antes que un voto de “izquierdas” o contra el “modelo neoliberal” (como se apuran a afirmar algunos académicos), se trata de un respaldo en búsqueda de alguien nuevo, ajeno a la clase política, que se comprometa por fin a cambiar la abandonada situación de la gente. Ya hemos vivido esto. El tiempo parece circular.

Ya sabemos que terruquear no sirve o sirve como boomerang. Ya sabemos que subestimar o insultar a los electores es más grave aún porque refuerza ese sentimiento de exclusión que precisamente le da sentido a la candidatura del profesor Castillo. Y ya sabemos que defender el “modelo” se ha vuelto absurdo en un país estresado, cansado y harto del sistema político.

La campaña del sindicalista Castillo

La fortaleza de Castillo es, sin embargo, su debilidad. La mayoría aún no conoce sus propuestas, sino el eco de un mensaje provinciano de hartazgo y cambio. Castillo no estuvo en los radares de la primera vuelta, ni en las encuestas ni en las editoriales de la prensa. Es decir, él se estaría  beneficiando de un prejuicio positivo: viene del pueblo (maestro, rondero y campesino,) y va hacia él (la oportunidad de contar con un líder nacional “como yo”).

A favor de Castillo se estan sumando los segmentos electorales que: a) esperan una propuesta de izquierdas, antimodelo y confrontacional, b) encuentran en él una salida a su irrenunciable antifujimorismo, o c) valoran que su candidatura sea radicalmente reivindicativa.

De hecho los dos primeros segmentos son más pequeños (pues son segmentos politizados), mientras que el tercero es más vasto dado su contenido social. Por lo menos eso sugerieren las encuestas cuando preguntan por las razones del voto y por los atributos más valorados de ambos candidatos (Datum e IEP).

Ciertamente, la exposición de Castillo y de los voceros de su candidatura será clave, especialmente de Cerrón, quien no escondía -más bien parecía disfrutar- su protagonismo y elocuencia comunista. Lo mismo los apoyos y las alianzas que están cosechando mucho antes de cultivarlas (gremios de trabajadores, organizaciones sociales, organizaciones de izquierda, etc.). La forma cómo se plantee la campaña será decisiva de cara a un electorado que buscará conocerlo, fidelizarse o disculparlo frente a un enemigo mayor (la mafia fujimorista, los poderes fácticos, etc.).

El gran desafío de Castillo es cómo conciliar su discurso de la primera vuelta (tan dependiente del ideario de Perú Libre) con las expectativas sociales y los fantasmas  politicos y económicos de un electorado que tiende a votar por personas antes que por programas o doctrinas.

La viabilidad de la candidatura de Castillo también dependerá de cómo muevan sus fichas Keiko y los voceros del fujimorismo, así como los otros actores, civiles y privados, que ya decidieron apoyar su candidatura inmediatamente, como en el caso de Castillo, sin condiciones ni mejoras programáticas.

La campaña de la Fujimori sin carisma

Keiko ya es archi conocida. El alejamiento con sus electores de 2016 fue drástico. Si pasó a la segunda vuelta es porque sus competidores resultaron más minúsculos que ella (no pasaron del 7% del voto emitido).

Su antivoto sigue siendo sólido. Se trata de un rechazo que ella misma generó en el último quinquenio y que resulta más fuerte que el antifujimorismo de las últimas dos décadas. La forma como ella dilapidó el capital politico que construyó desde 2011 muestra que su liderazgo ha sido torpe e insolvente y no sé sabe si habrá aprendido lo suficiente para reconstituir su futuro político (a juzgar por la estrategia implementada en estas dos primeras semanas, no habría aprendido mucho y estaría a punto de liquidar, incluso, el legado del fujimorismo).

Acaso esta vez le toque jugarse la carta del mal menor frente a un populismo bolivariano sin experiencia, sin preparación y, por lo visto, carente de salidas consistentes al descalabro nacional actual. Para lo primero ella tendría que convertirse en un emisor con credibilidad; para lo segundo, Castillo tendría que cometer algunos errores garrafales.

Si Keiko Fujimori busca kilometraje necesita una bandera afirmativa. Acaso esa bandera sea criticar al modelo que su padre logró impulsar con éxito, pero que hoy se encuentra evidentemente agotado para las mayorías nacionales (58% considera necesarios “algunos cambios” y apenas el 5% “mantenerse igual”, IEP).

De esta forma tendría que proponer reformas profundas, drásticas, inesperadas por  parte del fujimorismo, aplicables sin necesidad de un engorroso proceso constituyente, robándole así a Perú Libre las banderas de la inclusión y el reconocimiento social, mostrando que su gobierno sería más eficaz y menos peligroso que el difuso “cambio total del modelo”. Ya lo hizo antes Alan García cuando utilizó, para superar a Ollanta Humala, la consigna del cambio responsable.

Ya sabemos que terruquear no sirve o sirve como boomerang. Ya sabemos que subestimar o insultar a los electores es más grave aún porque refuerza ese sentimiento de exclusión que precisamente le da sentido a la candidatura del profesor Castillo. Y ya sabemos que defender el “modelo” se ha vuelto absurdo en un país estresado, cansado y harto del sistema político.

Perspectivas

Hacia el 2021 todo es más grave y más aún en plena pandemia: un estado fallido, una sociedad desigual y dividida, unas élites defendiendo un statu quo impopular y millones de familias en estado de quiebra, económica y moral.

Al inicio de la segunda vuelta Castillo luce sólido en todo el país y casi empatado en Lima… pero alrededor del 40% de los electores todavía no decide su voto y otro 15% podría cambiar su decisión actual. Y entre los indecisos predominan, de nuevo, como en la primera vuelta, las mujeres más pobres, del campo y la ciudad (Datum e IEP). A pesar de la notable diferencia en las encuestas, no todo está dicho. Habrá que estar atentos a cómo ambas candidaturas afinan sus mensajes y sus gestos.

El equipo de Keiko, y peor aún sus seguidores de la “Lima moderna”, no salen del redundante mensaje anticomunista, en vez de dirigirse a las mayorías populares. Tampoco bastará con disculparse, tiene que reinventar su liderazgo con propuestas que le hagan sentido al campo y la ciudad. Mientras tanto, el equipo de Castillo y Cerrón no parece interesado en dirigirse al “centro” para defender o ampliar la ventaja obtenida automáticamente. Lo suyo es marcar inequívocamente distancias con el stablishment.

Exponerse tiene para ambos pros y contras. Los contras de Keiko son harto conocidos. Los contras de Castillo están por descubrirse ante la opinión pública. No es casual que el último fin de semana haya evitado las entrevistas extendidas en la radio y la televisión. No es casual, tampoco, que haya bajado el tono confrontacional de sus declaraciones y responda con generalidades ante las preguntas específicas o técnicas.

Uno de los grandes desafíos de Castillo será mostrar solvencia para la gestión pública y respaldo organizacional. Si bien los días posteriores al 11 de abril se le veía confiado y hasta envalentonado, durante la segunda semana el profesor Castillo ha buscado atemperar sus irrenunciables propuestas con retóricas difusas y alusiones a la setentera “idea crítica” sobre el Perú (tan presente en el magisterio peruano).

Keiko tiene experiencia electoral. Castillo tiene experiencia sindical. Es de esperar que ambos estén organizando mejor sus cartas antes de mostrarlas sobre la mesa. Los que estamos afuera no podemos adivinar. Nunca se sabe.

Sobre el autor o autora

Sandro Venturo Schultz
Sociólogo y comunicador. Director de Toronja.pe

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